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Umberto Eco

Escritor. Autor de la novela "La misteriosa llama de la reina Loana”, junto con “Baudolino”, “El nombre de la rosa” y de “El péndulo de Foucault”.

Etiquetas: , , » Publicado: 26/03/2012

Los rumores sobre la muerte del libro son exagerados

Defender la idea de un futuro largo para el libro no significa negar que ciertas obras de referencia son más fáciles de cargar en una tableta, o que las personas que padecen de hipermetropía encuentran más fácil leer un periódico en un aparato electrónico que les permite aumentar el tamaño de la fuente del texto a voluntad.

Tenía la esperanza de que para estas fechas el escándalo hubiera muerto, pero el debate acerca de si los lectores electrónicos de libros desplazarían a los libros tradicionales sigue con toda intensidad, específicamente si los contratos de publicación de libros destinados al Kindle, iPad y otros lectores electrónicos son un preludio para la muerte definitiva de los libros y las librerías. Los periódicos han dedicado planas enteras de su cobertura de las artes a este tema: recuerdo un diario que dio un gran espacio a una foto de los “bouquinistes” o vendedores de libros instalados a lo largo de las riberas del Sena, y a un artículo en el que se afirmaba que estos vendedores de libros (usados) están destinados a desaparecer. Por supuesto, el escritor no mencionó que, si las casas editoriales realmente cesaran de publicar, emergería un próspero mercado para volúmenes antiguos, y los puestos callejeros como los de París –el único lugar donde uno podría encontrar los libros del pasado– disfrutarían de una nueva vida.

En un sentido este debate se inició hace más de 30 años con el primer uso generalizado de la computadora personal. Pero la llegada del lector electrónico de libros generó renovadas inquietudes. Eventualmente, el guionista Jean-Claude Carrière y yo nos hartamos de tratar de contestar individualmente todos los comentarios fatalistas y publicamos una larga conversación el año pasado con el provocativo título de “Esto no es fin del libro”.

Hay una gran diferencia entre la experiencia de sostener y hojear un libro leído hace años, descubrir los pasajes subrayados y las notas que uno anotó en los márgenes –una experiencia que trasporta al lector y le permite revivir viejas emociones– y la de leer la misma obra en la pantalla de una computadora, en tipo Times New Roman de 12 puntos.

Defender la idea de un futuro largo para el libro no significa negar que ciertas obras de referencia son más fáciles de cargar en una tableta, o que las personas que padecen de hipermetropía encuentran más fácil leer un periódico en un aparato electrónico que les permite aumentar el tamaño de la fuente del texto a voluntad, o que nuestros hijos podrían evitar dañarse la columna vertebral si no tuvieran que cargar mochilas escolares excesivamente pesadas. Tampoco aseguraría yo que la versión en papel de “La Guerra y La Paz” es universalmente más divertida de leer en la playa que en su versión electrónica. (Personalmente, estoy convencido de que sí lo es, pero los gustos varían, y mi única esperanza es que aquellos con gustos diferentes al mío no tengan que padecer una falla en la energía).

Pero ya tenemos pruebas de que los libros tendrán una larga vida, en la forma de volúmenes que fueron impresos hace más de 500 años y se encuentran aún en excelentes condiciones, así como pergaminos que han sobrevivido durante 2.000 años. En contraste, no tenemos prueba de que un medio electrónico pueda persistir en la misma forma. En el lapso de 30 años, el disco blando o “floppy” fue reemplazado por un disco más pequeño con una cubierta rígida, que a su vez fue reemplazado por el CD, que fue desplazado por la memoria USB. Ninguna computadora es construida hoy en día para leer un disco blando de los años 80, así que no sabemos si lo que fue escrito en determinado disco hubiera durado 25 años, ya no digamos 500. Es mejor anotar nuestras memorias en papel.

Además, hay una gran diferencia entre la experiencia de sostener y hojear un libro leído hace años, descubrir los pasajes subrayados y las notas que uno anotó en los márgenes –una experiencia que trasporta al lector y le permite revivir viejas emociones– y la de leer la misma obra en la pantalla de una computadora, en tipo Times New Roman de 12 puntos. Incluso si admitimos que aquellos que sienten placer en tales cosas son una minoría entre los 7.000 millones (y contando) habitantes del planeta, siempre habrá entusiastas para mantener un próspero mercado de libros. Y si ciertos libros desechables –los best-sellers para leer en el tren, horarios de ferrocarriles o colecciones de chistes– desaparecen de las librerías y viven sólo en los lectores electrónicos, es mejor así. Piense en todo el papel que se ahorraría.

Hace años me quejé del hecho de que en todas las viejas y oscuras librerías del pasado, cualquiera que entrara a curiosear era enfrentado por un severo caballero que exigía saber que era lo que deseábamos. El desconcertado cliente, intimidado, probablemente se retiraba inmediatamente. Encontré más alentador visitar las nuevas librerías-catedrales donde una persona podía sentarse durante horas y hojear todo lo que quisiera. Pero ahora, si los lectores electrónicos van a absorber todo el mercado disponible de libros, esas librerías del pasado quizá servirán para algo: podrían convertirse en lugares donde los aficionados irán para buscar el tipo de libros que no se desechan.

Finalmente, debemos recordar que, a lo largo del tiempo, ha habido incontables ejemplos de innovaciones populares que amenazaron con reemplazar a sus predecesores, pero no lo lograron. La fotografía no ha dado por resultado el fin de la pintura (cuando mucho, quizá ha desalentado los paisajes y retratos y alentado el arte abstracto). La cinematografía no ha causado la muerte de la fotografía, la televisión no ha matado al cinema y los trenes coexisten perfectamente bien con los autos y los aviones.

Así que quizá tenemos una diarquía: leer en papel y leer en pantallas, lo cual, con acceso suficiente, podría llevar a un incremento astronómico en el número de gente que aprenda a leer. Y eso, ciertamente, es progreso.

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Etiquetas: , , » Publicado: 13/03/2012

¿Qué está ocurriendo con el mundo?

Pero quizá, por otra parte, los malos tiempos están llegando ahora, particularmente si, como lo señala la tradición, una de las señales más reveladoras del fin de los días es que el mundo estará de cabeza.

En el pasado, por ejemplo, los pobres viajaban en tren y sólo los ricos podían darse el lujo de volar: ahora, viajar en avión es más barato (y los asientos más baratos hacen pensar en los vagones de ganado durante la guerra), en tanto que los viajes en tren ofrecen tipos de servicio más caros, exclusivos y lujosos que nunca antes.

Dejemos de lado, por el momento, las interpretaciones alarmistas del calendario maya y todas esas profecías del día del Juicio Final. Lo que sabemos con seguridad es que, día tras día, los diarios están anunciando un futuro que se ve cada vez más deprimente: océanos desbordantes, estaciones del año que desaparecen y (dentro de muy poco, al parecer) impagos económicos, tanto así que el hijo de mis amigos, de 10 años, después de escuchar a sus padres hablarle del destino del mundo, rompió a llorar y preguntó: “¿Es que no hay nada agradable en el futuro?”.

Para consolarlo, yo podría citar numerosas profecías catastróficas a lo largo de la historia, dado que en siglos pasados era bastante común hacer tales predicciones terribles. He aquí un pasaje del teólogo francés Vincent de Beauvais, en el siglo XIII: “Después de la muerte del Anticristo… el juicio final será precedido por múltiples señales reveladas en el Evangelio… En el primer día, el océano aumentará 40 cúbitos sobre las montañas y su superficie se elevará como un muro. En el segundo día, se hundirá tan profundamente que será difícil verlo. En el tercer día, monstruos marinos aparecerán en la superficie del océano y sus rugidos se elevarán hasta el firmamento. En el cuarto día, el mar y todas las aguas se incendiarán. En el quinto día, el pasto y los árboles exudarán un rocío de sangre. En el sexto día, los edificios se desplomarán. En el séptimo día, las rocas se estrellarán unas contra otras. En el octavo día, habrá un terremoto universal. En el noveno día, la Tierra se aplanará. En el décimo día, los hombres emergerán de las cuevas y vagarán, sordos y mudos. En el undécimo día, los huesos de los muertos emergerán nuevamente. En el duodécimo día, las estrellas caerán. En el décimo tercer día, los sobrevivientes morirán y resucitarán con los muertos. En décimo cuarto día, los cielos y la tierra arderán. En el décimo quinto día, habrá un nuevo Cielo y una nueva Tierra, y todos resucitarán”.

Yo podría citar numerosas profecías catastróficas a lo largo de la historia, dado que en siglos pasados era bastante común hacer tales predicciones terribles. He aquí un pasaje del teólogo francés Vincent de Beauvais, en el siglo XIII: “Después de la muerte del Anticristo… el juicio final será precedido por múltiples señales reveladas en el Evangelio… En el primer día, el océano aumentará 40 cúbitos sobre las montañas y su superficie se elevará como un muro. En el segundo día, se hundirá tan profundamente que será difícil verlo. En el tercer día, monstruos marinos aparecerán en la superficie del océano y sus rugidos se elevarán hasta el firmamento…”

Como puede verse, incluso en fecha tan remota como el siglo XIII, la gente ya estaba pronosticando tsunamis y otros efectos del cambio climático que nos amenaza hoy en día.

Si se me permite pasar por alto los siguientes seis siglos de proclamaciones fatales, he aquí a Honorato de Balzac en 1839: “La industria moderna, trabajando para las masas, continúa destruyendo las creaciones del arte antiguo, las obras del cual eran tan personales para el consumidor como para el artesano. En la actualidad tenemos productos; ya no tenemos obras”.

Según la advertencia de Balzac, la gente creadora de esos “productos” carentes de cualquier valor artístico hubieran incluido al poeta Giacomo Leopardi, quien escribió “La Ginestra” (“La escoba”) en 1836, y Alessandro Manzoni, quien, más o menos por esa época, estaba trabajando en una segunda edición de “Los novios”. En 1839, Chopin estaba componiendo su Sonata para piano No.2 en B-flat Menor, Opera 35. Cerca de 20 años después, Flaubert publicó “Madame Bovary”. En la década de 1860 hicieron su aparición los Impresionistas, y en 1879 ocurrió la publicación de “Los hermanos Karamasov” de Fyodor Dostoyevsky. Evidentemente, es parte de nuestra naturaleza sentir un gran temor por el futuro.

Pero quizá, por otra parte, los malos tiempos están llegando ahora, particularmente si, como lo señala la tradición, una de las señales más reveladoras del fin de los días es que el mundo estará de cabeza.

En el pasado, por ejemplo, los pobres viajaban en tren y sólo los ricos podían darse el lujo de volar: ahora, viajar en avión es más barato (y los asientos más baratos hacen pensar en los vagones de ganado durante la guerra), en tanto que los viajes en tren ofrecen tipos de servicio más caros, exclusivos y lujosos que nunca antes.

En la misma forma, hubo un tiempo que los acaudalados vacacionaban  en la Riviera Adriática, en Riccione –o, en el peor de los casos, en Rimini- mientras que las islas del océano Indico estaban habitadas por poblaciones profundamente pobres o eran destinadas a albergar colonias penales. Hoy, los políticos de alto rango van a Las Malvidas, y Rimini queda reservada para los “muzhiks” rusos que sólo recientemente fueron liberados de su servidumbre.

¿Qué es lo que está ocurriendo con el mundo?

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Etiquetas: , » Publicado: 08/02/2012

El acertijo del asesino en la puerta

El clásico acertijo del “asesino en la puerta” fue planteado por San Agustín, quien era un rigorista: un pobre hombre busca refugio en tu casa, y tú accedes a ocultarlo en tu hogar. Al cabo de un rato el asesino llega y pregunta acerca del paradero del hombre que está buscando. ¿Qué es lo que haces?

Hace no mucho tiempo, siguiendo las huellas de Jonathan Swift y su panfleto “The Art of Art of Political Lying”, publicado en 1712,
escribí acerca de los grandes mentirosos
y mencioné la vieja disputa entre moderados rigoristas. Los primeros conceden que, en última instancia, es aceptable decir algunas mentiras (por ejemplo, en aras de la diplomacia o la cortesía), en tanto que el segundo grupo siempre ha mantenido que no se debe mentir: ni siquiera para salvar la vida de una persona.

El clásico acertijo del “asesino en la puerta” fue planteado por San Agustín, quien era un rigorista: un pobre hombre busca refugio en tu casa, y tú accedes a ocultarlo en tu hogar. Al cabo de un rato el asesino llega y pregunta acerca del paradero del hombre que está buscando. ¿Qué es lo que haces? El sentido común nos dice que debemos mentir y decirle al asesino que ignoramos el paradero del otro hombre, o que lo vimos encaminarse hacia otra parte. Pero el rigorista te dirá que, dado que no debemos mentir bajo ninguna circunstancia, debes confesar al asesino que el hombre está oculto en tu propia casa. Naturalmente, con el tiempo han cambiado las convenciones al respecto, y este acertijo parece menos severo hoy en día: una persona puede simplemente abstenerse de dar la información al asesino, sin  mentir abiertamente. No obstante, en general los rigoristas nunca han abandonado su completa oposición a mentir.

“Por tanto, quien diga una mentira, por más bien intencionada que ésta pueda ser, debe responder por las consecuencias, por más imprevisibles que éstas sean, y cumplir la condena por ellas incluso ante un tribunal civil”.

Esto nos lleva a Immanuel Kant, uno de los más renombrados defensores de la posición rigorista.

Kant, quisiera señalar, fue también una de las grandes mentes en la historia de la filosofía. Pero en ocasiones emitía declaraciones que, como Homero, nos dejan desconcertados todavía hoy en día. Una de las más conocidas de ellas fue su condena de la música como una forma inferior de arte, en “The Critique of Judgement” (1790). La música no es más que un arte “agradable”, escribió, porque “sólo juega con las sensaciones”, a diferencia de las artes “formativas”, como la pintura, la escultura y la arquitectura, que dejan una “impresión más duradera”. También señaló que la música altera a aquellos que no desean escucharla: la comparó con el pañuelo perfumado que los hombres acostumbraban llevar en los bolsillos y sacaban de vez en cuando, forzando a otros a inhalar involuntariamente su aroma.

Sin embargo, en el tema del asesino que pregunta si el hombre que pretende convertir en su víctima está en tu casa, Kant ofreció un argumento extraordinario. En “In a Supposed Right to Lie From Altruistic Motives” (1797), escribió: “Si por decir un mentira has prevenido un asesinato, te has hecho legalmente responsable por todas las consecuencias; pero si te ha atenido rigurosamente a la verdad, la justicia no puede castigarte en modo alguno, cualesquiera que sean las consecuencias imprevistas. Después de que has contestado honestamente la pregunta del asesino acerca de si su víctima potencial está en casa, puede suceder que ésta haya huido de la casa para no toparse con el asesino, y en consecuencia el asesinato no se comete. Pero si hubieras mentido y dicho que no estaba en casa cuando realmente se había escapado sin que tú lo supieras, y si el asesino se lo hubiera encontrado al salir y lo hubiera matado, tú podrías ser acusado justamente de su muerte. Porque si hubieras dicho la verdad tal como la conocías, quizá el asesino hubiera sido aprehendido por los vecinos mientras buscaba en la casa y en consecuencia el crimen se hubiera prevenido. Por tanto, quien diga una mentira, por más bien intencionada que ésta pueda ser, debe responder por las consecuencias, por más imprevisibles que éstas sean, y cumplir la condena por ellas incluso ante un tribunal civil”.

Espero que el propio buen Kant nunca haya sido castigado por mentir debido a “motivos altruistas”. En cuanto a su fe en esos hipotéticos vecinos, si tuvieran el mismo valor que Kant, entonces la víctima potencial estaría condenada.

¿Por qué estoy narrando nuevamente esta historia, que hubiera sido generoso (para el legado de Kant) olvidar? Siempre me siento fascinado por la estupidez, pero cuando expresiones de estupidez aparecen en los escritos de hombres verdaderamente grandes, es como ser sacudido por una visión redentora: el hecho de que incluso los genios pueden decir tonterías es una fuente de gran consuelo para el resto de nosotros, que ponemos en duda nuestro sentido común cada día.

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Etiquetas: » Publicado: 28/01/2012

La cultura es nuestra única identidad

Este artículo de Gianni Riotta, publicado por Le Monde, es el resultado de la conversación del autor con Umberto Eco, en que el escritor manifiesta su visión sobre Europa y su futuro.

Umberto Eco acaba de regresar a su estudio de Milán tras un viaje a París, donde Nicolás Sarkozy le impuso las insignias de comendador de la Legión de Honor, tercer grado jerárquico de esta orden. “Era en el momento en que Francia luchaba por no perder su (calificación crediticia) triple A, pero Sarkozy igual decidió entregármela en persona, cosa que agradecí. Pero debo decir que también me emocionó mucho cuando me condecoraron en Grecia con la gran cruz del Dodecaneso: la entrega de la insignia se efectuó en la gruta de Patmos, ¡donde San Juan escribió el Apocalipsis!”, exclama, riendo, el escritor y semiólogo italiano. “Por lo demás, una de las ventajas de Europa es que el presidente alemán Christian Wulff y el primer ministro español Mariano Rajoy, a los que ni siquiera conozco, me felicitan por mi cumpleaños. Ahora somos europeos por la cultura, tras haberlo sido durante años por las guerras fratricidas”.

A través de las ventanas del estudio de Umberto Eco se destaca la masa amenazante del castillo de los Sforza, cuyas torres y almenas recuerdan las guerras del continente desde la época del castrum portae Jovis, la fortaleza de la puerta de Júpiter, que ya se encontraba allí en el siglo XIV, en los tiempos del castillo de los Visconti y los Sforza, destruido durante la efímera república ambrosiana en 1447. Leonardo da Vinci y Bramante trabajaron entre sus muros. Los turistas vienen ahora a admirar La Pieta Rondanini de Miguel Ángel. “Frente a la crisis de la deuda europea”, prosigue Eco, “y hablo como alguien que no conoce nada de economía, debemos recordar que sólo la cultura, más allá de la guerra, constituye nuestra identidad. Durante siglos, franceses, italianos, alemanes, españoles e ingleses se dispararon a sola vista. Estamos en paz desde hace menos de 70 años y nadie repara ya en esa obra maestra: imaginar hoy que estalle un conflicto entre España y Francia o Italia y Alemania no provoca más que hilaridad. Estados Unidos necesitó la guerra civil para unirse verdaderamente. Espero que la cultura y el mercado nos bastarán”.

“Cuando propuse en una cumbre de alcaldes europeos mi idea de un Erasmus ampliado a los artesanos y otros profesionales, un alcalde galés exclamó: ‘¡Mis administrados no lo aceptarán jamás!’ Y mientras hablaba hace unos días en la televisión inglesa, el presentador se puso a contradecirme, preocupado como él estaba por la crisis del euro, la Europa supra-nacional y el hecho de que los gobiernos técnicos de Lucas Papademos en Grecia y de Mario Monti en Italia no habían sido ‘elegidos’, por lo que no eran ‘democráticos’. ¿Qué debía responderle yo? ¿Qué nuestro gobierno fue aprobado por el parlamento y propuesto por un presidente de la república elegido por ese parlamento? ¿Qué en todas las democracias hay instituciones no electivas, la reina de Inglaterra, la Corte Suprema estadounidense, y que nadie las considera no democráticas?”

“Erasmus debiera ser obligatorio”

El ex ministro alemán de relaciones exteriores Joschka Fischer dijo en un discurso ante la universidad Humboldt de Berlín, en el año 2000, que “el euro es un proyecto político”; dicho de otra manera, que sin integración europea la moneda común no será suficiente. Umberto Eco bebe su café, pensando en esta frase. (…) “En 2012”, dice, “la identidad europea se ha propagado, pero es shallow: utilizo a propósito esta palabra inglesa, que no corresponde completamente al término superficial y se encuentra a medio camino entre superficie y profundo. Debemos enraizarla antes de que la crisis la destruya por entero. Las publicaciones económicas se refieren poco al programa de intercambios inter-universitarios Erasmus, pero Erasmus creó la primera generación de jóvenes europeos. Para mí, es una revolución sexual: un joven catalán encuentra a una joven flamenca, se enamoran, se casan y se convierten en europeos, al igual que sus hijos. Ese programa debiera ser obligatorio, no sólo para los estudiantes sino también para los taxistas, los plomeros, los obreros. Pasarían así cierto tiempo en los países de la Unión Europea para integrarse”.

La idea es seductora, pero en la prensa popular alemana, así como en el seno de los partidos populistas de todas partes, en Finlandia, Hungría, Italia o Francia, el orgullo europeo parece ceder el paso al populismo, a la hostilidad hacia los otros países de la UE. “Es por eso que califico a nuestra identidad como shallow. Los padres fundadores de Europa, Konrad Adenauer, Alcide De Gasperi, Jean Monnet, pudieron haber viajado menos (De Gasperi hablaba alemán solamente porque nació en el imperio austro-húngaro), no disponían de la Internet para leer la prensa extranjera. La Europa que ellos construyeron fue una reacción a la guerra, compartían los recursos para construir la paz. Hoy, debemos trabajar en la elaboración de una identidad profunda”.

El sitio de Dios

Umberto Eco reflexiona en torno de lo que el historiador inglés Geoffrey Barraclough llama “la larga guerra civil europea”, desde el comienzo de la primera guerra mundial en 1914 a la caída del muro de Berlín en 1989, una división profunda a la que la UE y el euro pusieron fin, pero que requiere tiempo y paciencia para cicatrizar: “Cuando propuse en una cumbre de alcaldes europeos mi idea de un Erasmus ampliado a los artesanos y otros profesionales, un alcalde galés exclamó: ‘¡Mis administrados no lo aceptarán jamás!’ Y mientras hablaba hace unos días en la televisión inglesa, el presentador se puso a contradecirme, preocupado como él estaba por la crisis del euro, la Europa supra-nacional y el hecho de que los gobiernos técnicos de Lucas Papademos en Grecia y de Mario Monti en Italia no habían sido ‘elegidos’, por lo que no eran ‘democráticos’. ¿Qué debía responderle yo? ¿Qué nuestro gobierno fue aprobado por el parlamento y propuesto por un presidente de la república elegido por ese parlamento? ¿Qué en todas las democracias hay instituciones no electivas, la reina de Inglaterra, la Corte Suprema estadounidense, y que nadie las considera no democráticas?” Los síntomas de esta identidad frágil, diagnosticada por Umberto Eco, eran ya visibles antes de la crisis de la deuda. Cuando la Constitución europea fue rechazada por referendo, ese texto (escrito por políticos, al que ningún hombre de la cultura fue autorizado a ayudar), abstracto, jamás discutido con los ciudadanos. O bien cuando los billetes en euros no fueron impresos con la efigie de grandes hombres y mujeres, pero con imágenes de panoramas tan desprovistos de emoción como un cuadro de De Chirico.

¿Se remontará el problema al tema del sitio que le corresponde a Dios? ¿A la religiosidad, que se incrementa en el siglo XXI en Estados Unidos mientras disminuye cada vez más en Europa? “Es así. En esa época, Juan Pablo II todavía vivía, se discutió mucho si había que mencionar en la Constitución europea las raíces cristianas del continente. Los laicos seculares se impusieron y no se hizo nada, pese a las protestas de la Iglesia. Existía sin embargo una tercera vía, por cierto más difícil, pero que hoy nos daría fuerza: incorporar en la Constitución todas nuestras raíces, greco-romanas, judías, cristianas. Detrás de nosotros se encuentran tanto Venus como el crucifijo, la Biblia y las mitologías nórdicas, de las cuales nos acordamos con la tradición del árbol de Navidad o a través de las fiestas de Santa Lucía, San Nicolás y Santa Claus. Europa es un continente que supo ser el crisol de numerosas identidades, a las que fundió sin confundirlas. En esta particularidad, que yo calificaría de única, reside su provenir. En cuanto a la religión, hay que estar atentos. Son numerosos quienes no van más a misa, pero sucumben sin embargo a las supersticiones. ¡Y cuántos no practicantes llevan en sus portadocumentos la piadosa imagen del Padre Pío!”.

Demasiadas lenguas y culturas

Padre de la semiología, especialista en la cultura de masas, autor tanto de ensayos muy de punta y confidenciales como de best-sellers mundiales, desde El Nombre de la Rosa (1980) hasta el más reciente El Cementerio de Praga (2011), Umberto Eco, con sus 80 años de edad cumplidos hace poco, no es pesimista: “Pese a todos sus defectos, el mercado globalizado tiene el mérito de hacer más improbable la guerra, incluso entre Estados Unidos y China. Jamás habrá un Estados Unidos de Europa según el modelo norteamericano, un solo país con una sola lengua (aún cuando en Estados Unidos el alemán amenazó por un tiempo la supremacía del inglés, atacado hoy por el español). Tenemos demasiadas lenguas y culturas (…). La Web nos enfrenta con las otras y, aunque no hablemos necesariamente el ruso, podemos consultar los sitios rusos; tenemos conciencia de la existencia de los otros. Sigo pensando que desde Lisboa a Varsovia no hay más distancia que entre San Francisco y Nueva York. Seguiremos siendo una federación, pero indisoluble”. Y sobre esos billetes, entonces, ¿qué efigies habría que poner para recordarle al mundo que no somos europeos de poco calado, sino europeos profundos? “Tal vez no las efigies de políticos, ni de los condottieri que nos han dividido, ni a Cavour ni a Radetzky; sino más bien a hombres de la cultura que nos han unido, de Dante a Shakespeare, de Balzac a Rossellini. Dado que Pierre Bayard tiene razón en cuanto a que todos conocemos libros que ni siquiera hemos leído y tenemos reflejos de culturas que ignoramos, es así cómo la cultura europea se hará, poco a poco, más profunda”.

Comentarios del artículo: La cultura es nuestra única identidad - Publicado: a las 11:40 am

Etiquetas: , , , , » Publicado: 20/01/2012

David Letterman: voz del pueblo

A veces me pregunto cómo los políticos estadounidenses promedio (quienes ocasionalmente llegan tan alto en sus carreras como George W. Bush) pueden cometer tantos errores con respecto a Europa, Africa y Asia. Quizá simplemente debamos preguntarle a Letterman.

De vez en cuando leo en los diarios acerca del buen trabajo que desempeña David Letterman como anfitrión de programas de debate o charla en Estados Unidos. Tan bueno, de hecho, que el “Late Show With David Letterman” ahora puede ser visto en todo el mundo, Italia inclusive. Es evidente que estos periodistas tan fascinados con Letterman nunca vieron la personalidad fantástica que era Johnny Carson, en su programa ya entrada la noche (un presentador que, creo yo, fue la inspiración para Maurizio Constanzo, anfitrión del primer programa italiano de debates). Carson fue anfitrón de “The Tonight Show” en NBC de 1962 a 1992: era un gran programa, rebosante de ironía y sofisticación: comparado con Carson, Letterman parece rutinario y acartonado en su actuación.

La última vez que vi su programa, Letterman estaba hablando con un invitado acerca de la crisis en el Oriente Medio, y pidió al hombre que le explicara por qué –salvo las insurrecciones recientes de la Primavera Árabe– los pueblos árabes aceptan la vida bajo dictadores o jeques que se enriquecen con las reservas locales de crudo mientras oprimen económica y políticamente a sus pueblos.

¿A qué se debe, preguntó Letterman, que esos pueblos aceptan tal destino? Después de todo, allá en 1620, los Padres Peregrinos sintieron que sus derechos de puritanos estaban siendo oprimidos en Inglaterra, de forma que equiparon el Mayflower y emigraron a América, estableciendo en Nueva Inglaterra el primer núcleo de un país democrático.

El entrevistado pareció tan aturdido por la pregunta que tuvo problemas hasta para dar la más obvia de las respuestas: que había relativamente pocos Peregrinos (creo que eran 102) y que tenían a su disposición un continente que estaba casi vacío; en tanto que hay mil millones de musulmanes en el mundo actualmente, y los que están oprimidos pueden, en el mejor de los casos, emigrar sólo a países y ciudades densamente poblados que no están en condiciones de recibir tales cantidades de refugiados.

Hace unos años, en una conferencia en Florencia, una persona que trabajaba en el Pentágono o en la Casa Blanca (no recuerdo cual), después de haber disfrutado de una excelente cena de pescado, fue informado que el pescado venía del Mediterráneo, y procedió a preguntar si el Mediterráneo era un mar salado.

Yo hubiera añadido que los Padres Peregrinos eran un grupo bastante sofisticado de personas que provenían de Inglaterra, donde, desde hacía algún tiempo, ya había existido una noción de los derechos políticos de los ciudadanos. ¿Cómo puede ser realista pensar que el mismo destino espera a las enormes poblaciones de árabes emigrantes hoy en día? No tienen idea de a dónde pueden ir– y, lejos de contar con un Mayflower, lo más que pueden esperar es ponerse en manos de inescrupulosos marineros traficantes. Lo que es más, no están en conflicto con sus creencias religiosas, ni tienen la menor idea de lo que es una democracia al estilo occidental.

Al escuchar la entrevista de Letterman, mi quijada se desplomó. ¿Puede acaso este personaje tan famoso, cuyas entrevistas tienen el potencial de ayudar a la gente a obtener alguna comprensión del mundo en el que vivimos, realmente tener idas tan infantiles acerca de lo que ocurre más allá de las fronteras de Estados Unidos?

No obstante, Letterman estaba expresando una actitud mental común entre los estadounidenses –no entre sus intelectuales sino entre esas masas inmensas que habitan en el centro del país-, donde los diarios locales informan extensamente acerca de un becerro nacido con dos cabezas, mientras presentan una cobertura vaga acerca del resto del planeta. Lugares donde el New York Times no puede ser entregado, o sólo puede ser encontrado en unos cuantos lugares de alto nivel y al doble de su precio normal. Lugares donde, hace años, las llamadas de larga distancia e internacionales sólo podían hacerse a través de una operadora; lugares donde, cuando alguien pidió una vez a una joven operadora que lo comunicará con un número de teléfono en Roma, se le preguntó a cuál Roma deseaba habla, porque hay una en Georgia, una en Nueva York, una en Indiana y una en Tennessee, para no mencionar otras que no puedo recordar. Al descubrir que había también una Roma en Italia, la operadora sólo pudo expresar su total asombro.

Hace unos años, en una conferencia en Florencia, una persona que trabajaba en el Pentágono o en la Casa Blanca (no recuerdo cual), después de haber disfrutado de una excelente cena de pescado, fue informado que el pescado venía del Mediterráneo, y procedió a preguntar si el Mediterráneo era un mar salado.

A veces me pregunto cómo los políticos estadounidenses promedio (quienes ocasionalmente llegan tan alto en sus carreras como George W. Bush) pueden cometer tantos errores con respecto a Europa, Africa y Asia. Quizá simplemente debamos preguntarle a Letterman.

(Artículo de The New York Times Syndicate para Nación.cl)

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