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Rodrigo Castillo

Abogado y coleccionista de arte

Etiquetas: , , , » Publicado: 27/06/2012

Señores, denme permiso…

Durante años me he preguntado cómo se logra conciliar éticamente, no económicamente, el liberalismo, la confianza en el mercado, con la realidad absurda de la extrema pobreza. De la extrema desigualdad. De la falta de oportunidades, de la miseria que se transmite de una generación a otra como si se tratara de un destino.

Señores denme permiso pa decirles que no creo, lo que dicen las noticias, lo que cuentan en los diarios…

Me cuentan que a las 7 de la tarde del jueves 21 de junio, Nelson Shcwenke fue atropellado por un automóvil en la esquina de Bilbao con Ricardo Lyon. Llegó al hospital con muerte cerebral y su familia decidió desconectarlo del respirador automático la noche del 22.

No conocí a Nelson Shcwenke. No lo vi en persona más que de lejos, en algún concierto en los años 80. No tengo una relación personal ni con él ni con su familia, y sin embargo, enterarme de su muerte (de una muerte tan tonta, injustificada, gratuita) me ha conmovido como pocas veces lo logra la partida de alguien a quien sólo hemos conocido por su trabajo.

Schwenke y Nilo nos recordó, nos recuerda, nos recordará, que la desigualdad, la pobreza, la miseria, el egoísmo, no son sólo palabras, cifras, conceptos que ocurren a otros, en algún lugar desconocido e inalcanzable. Porque yo también creo que saben donde duerme esos niños. Lo sabemos todos nosotros. Congelados en el frío, unidos al pavimento… colgados de las cornisas comiéndose a la justicia, para darle tiempo al diario que se ocupe del deporte….

Saber que ha muerto Nelson Schwenke, aunque no lo creo, me ha traído a la memoria, como seguramente le ha pasado a tantos y tantas, el rostro pacífico, la sonrisa serena, las letras profundas y terribles de ese dúo de cantautores de Valdivia que como pocos supieron interpelarnos con sus mensajes.

Recuerdo en cada detalle muchas de sus letras. Sé que las canté a los gritos en peñas, fogatas y protestas. Recuerdo instantes de mi vida en las que cada frase tuvo ese sentido único que produce un mensaje que parece haber sido escrito para hablarnos a cada uno, de nuestra propia realidad, de nuestra propia vida. De esa manera qué sólo consiguen quienes interpretan a través del arte a una generación completa.

Y es eso lo que me duele tanto. Saber que al morir Nelson Schwenke, muere también una parte de mí. Muere también una parte de mis amigos y mis sueños. Mis culpas. Mis contradicciones.

No creo lo que dicen la noticias, lo que cuentan en los diarios, lo que entiendo por miseria lo que digo por justicia, lo que entiendo por cantante, lo que digo a cada instante, lo que dejo en el pasado, las historias que he contado, o algún odio arrepentido…

Schwenke y Nilo nos recordó, nos recuerda, nos recordará, que la desigualdad, la pobreza, la miseria, el egoísmo, no son sólo palabras, cifras, conceptos que ocurren a otros, en algún lugar desconocido e inalcanzable. Porque yo también creo que saben donde duerme esos niños. Lo sabemos todos nosotros. Congelados en el frío, unidos al pavimento… colgados de las cornisas comiéndose a la justicia, para darle tiempo al diario que se ocupe del deporte….

Escucho una y otra vez algunas de las canciones más bellas de este dúo, y me siento insultado. Me siento agredido. Por mi propio egoísmo. Por mis propias miserias. Por mi incapacidad de mirar hacia donde están los niños y volver a comprender que una sociedad sólo puede ser construido en paz, cuando todos somos responsables.

Schwenke y Nilo critica la economía de mercado. La responsabiliza de volver la vista y negarse a mirar las vitrinas que adornan las poblaciones, o mirar hacia la calle donde juegan esos niños, a pedir monedas de hambre, aspirando pegamento, pa calmar tanto tormento, que les da la economía… Hasta es cierto que da risa.

Trato de mirarme a mí mismo y poner en duda todo aquello en lo que creo. Lo hago con toda la fuerza, la rabia, la pena, la mínima dosis de honestidad de la que soy capaz después de tantos años. No es un secreto que creo en la libertad. Que durante años he practicado y he enseñado que esa economía a la que criticaba Nelson Schwenke sigue siendo el camino más corto para superar la pobreza. Por eso no pretendo insultar su memoria travistiendo mis propias ideas o intentando darles un contexto en el que él y yo hablemos de lo mismo. No. No pienso igual que Nelson Schwenke, tenemos respuestas distintas a una misma pregunta.

Durante años me he preguntado cómo se logra conciliar éticamente, no económicamente, el liberalismo, la confianza en el mercado, con la realidad absurda de la extrema pobreza. De la extrema desigualdad. De la falta de oportunidades, de la miseria que se transmite de una generación a otra como si se tratara de un destino.

Siete niños en el mundo ya no tienen que comer. Sólo tres en este día alimentándose bien.

En estos momentos, en que todo me duele tanto, no tengo ninguna respuesta que me parezca a la altura del alma de Nelson Schwenke. Todas las excusas en las que creí y creo, se niegan a salir de mis labios. Todo lo que he enseñado me parece tan artificial que no sería capaz de ponerlo aquí junto a su memoria. Tal vez sólo pueda gritar, llorar, susurrarme a mí mismo, que todo aquello en lo que creemos quienes piensan como yo, sólo tiene sentido si podemos construir otro mundo. Si esas ideas realmente nos permiten superar nuestros propios egoísmos y miserias. Esos ideales no pueden permitirnos, ni en un mal sueño, excusarnos diciendo es el mejor de los mundo posibles de construir…  que es todo cuanto estos campos pueden ahora producir…

Tal vez ese sea el mensaje. Mientras siete niños en el mundo ya no tengan que comer, no podremos dormir… no podremos descansar… Sin importar en qué ideas creamos o cuál sea nuestra respuesta.

En cambio, tú, Nelson Schwenke, tú, descansa en paz.

Comentarios del artículo: Señores, denme permiso… - Publicado: a las 11:51 am

Etiquetas: , , » Publicado: 31/05/2012

Cuando el arte cambió

Tal vez uno de los mejores ejemplos de esta evolución sea la de un solo artista quien, qué duda cabe, logró en una vida hacer progresar el arte desde lo conocido, hasta un umbral impensable antes de su trabajo. Nos referimos a Pablo Picasso.

En una columna anterior comentaba que una de las características del arte contemporáneo es su renuncia a la capacidad y posibilidad de representar la realidad. Sin embargo, para llegar a ese punto, que se consolida de manera más o menos categórica en la década de los 60’s, necesitamos retroceder algunas décadas para establecer el momento en que el arte deja de intentar siquiera reproducir de la manera más vívida posible la belleza.

Sé que para muchos de nosotros esto parece una contradicción.

Si el arte no refleja belleza, entonces ¿qué sentido podría tener?

Como siempre, en materia de apreciación estética, la respuesta es difícil. Durante siglos el propósito más o menos declarado de las manifestaciones artísticas fue la reproducción de la naturaleza, y la técnica evolucionó para que ese intento fuera cada vez más perfecto. En contraste, en cambio, las principales polémicas se manifestaban en los temas de las obras. Temas clásicos o escenas griegas eran permitidos y apreciados. Temas profanos, como una mujer en el baño, eran considerados escandalosos, aún cuando en ambos casos lo que presenciamos es la escena de una mujer desnuda ejecutada con gran maestría.

Sin embargo, más o menos al tiempo en que se inventa la fotografía (1839), la labor del artista como perfecto “imitador” de la realidad, se ve superada por la posibilidad técnica de conseguir un retrato “perfecto” de las cosas sin la necesidad de maestría o talento artístico.

Este hecho es fundamental para la historia del arte, pues a partir de ese momento, comenzamos a observar un tránsito acelerado desde obras aún academicistas (es decir, aún basadas en criterios relativamente fijos y enunciados por academias) hacia un arte que rompe con los cánones establecidos para buscar algo nuevo, distinto. Algo que no pudiera simplemente ser captado por el lente de la cámara.

En este camino, es el “impresionismo” el primer movimiento artístico de quiebre, y la obra de Claude Monet, “Impresión: Sol Naciente” de 1872, la primera pintura “impresionista” de la historia.

A partir de ese momento, y cada vez con más fuerza, los artistas comienzan a explorar las fronteras de su trabajo, y de manera gradual aunque consistente a alejarse de la “realidad” como objeto de sus obras para centrarse en aquello que subyace a esta realidad. Lo que queda luego de haber conocido. Y lo que queda no es una “fotografía”, sino la expresión de un instante. La imagen o el recuerdo. La idea, la forma.

Es así como nos encuentra el siglo XX, con una arte que no persigue la similitud ni privilegia la semejanza con lo que existe, sino que explora cada vez más profundamente en los sentidos del espectador. Colores, texturas, imágenes inacabadas. El pincel deja de usarse con delicadeza para que el resultado sea pulcro, y por el contrario comienza a buscarse cada vez más el regreso a las formas básicas.

Tal vez uno de los mejores ejemplos de esta evolución sea la de un solo artista quien, que duda cabe, logró en una vida hacer progresar el arte desde lo conocido, hasta un umbral impensable antes de su trabajo.

Nos referimos a Pablo Picasso.

Como podemos ver en esta serie de autorretratos, desde su período azul (1901), hasta el último que efectuara poco antes de su muerte en 1973, podemos ver como evoluciona no sólo su técnica, sino especialmente su idea acerca de lo relevante. De lo que se requiere para que una pintura o un dibujo exprese la idea, el sentido, la emoción que el artista desea manifestar.

Por supuesto, muchos pensarán, y con razón, que el primero de los tres es el más bello, tanto por la perfección de la técnica como por su colorido, y sin embargo los tres son obras maestras que reflejan, en distintos momentos de un mismo genio artístico, su particular visión acerca del objeto del arte.

Como podemos ver, el arte cambió cuando la perfección ya no fue capaz de ir más lejos. Cuando el genio y el talento para reflejar la belleza de la realidad fue superado por la tecnología y el artista debió refugiarse en aquello que no es posible repetir ni copiar con el lente de una cámara.

A partir de entonces, y claramente influido por el genio de los impresionistas primero, y de las diversas vanguardias, después, el arte contemporáneo ha continuado cruzando las fronteras hasta el punto de hacerse irreconocible a sí mismo. Al punto de provocarnos, conmovernos, angustiarnos o generarnos rechazo, dolor, asco o nostalgia.

Comentarios del artículo: Cuando el arte cambió - Publicado: a las 1:36 pm

Etiquetas: , , » Publicado: 22/05/2012

La Crisis del Arte Contemporáneo en Chile

En Chile, el nivel y la extensión del coleccionismo de arte contemporáneo son mínimos, y se centran en unos pocos nombres (…) pues la mayoría no se atreve a invertir en algo que no conoce y que nadie con suficiente autoridad puede validar para darle alguna idea de si esa obra tiene o tendrá alguna vez un valor si no económico, al menos histórico.

Una de las grades dificultades para opinar acerca del Arte Contemporáneo que se genera en cualquier lugar del mundo es la falta de perspectiva, de distancia, de historia. El arte de cada época muchas veces requiere de un largo tiempo para asentarse y lograr su validación, de manera que aquello que destaca hoy muchas veces no resistirá el paso del tiempo y en cambio ciertas obras o artistas que han logrado poco o ningún reconocimiento en su propia época, son redescubiertos por la historia y consiguen un espacio que podía parecer imposible en su propio contexto.

Uno de los motivos de esta realidad es que, aunque parezca difícil de explicar, una obra de arte casi nunca es objetivamente buena o mala. Valiosa o desechable. Su apreciación, en cambio, normalmente se genera por la validación que de ella se hace por terceros. Por un conjunto de “otros” que a través de distintas acciones le confieren a la obra o al artista valor histórico, estético o comercial.

¿Quiénes son esos terceros?

Nuevamente se trata de una pregunta difícil. Primero, porque no los hay de un solo tipo, y segundo, porque incluso la capacidad de esos terceros para conceder valor a una obra varía en el tiempo de acuerdo a complejas interrelaciones en que la opinión de unos afectan la de otros, y la de todos ellos en conjunto, son a su vez afectadas por el tiempo y la distancia.

Uno de los motivos de esta realidad es que, aunque parezca difícil de explicar, una obra de arte casi nunca es objetivamente buena o mala. Valiosa o desechable. Su apreciación, en cambio, normalmente se genera por la validación que de ella se hace por terceros.

Cuando se trata de arte no contemporáneo, muchas veces son los historiadores del arte, los museos y en general los expertos académicos los que han ido lentamente estabilizando el juicio del tiempo respecto del valor de obras y artistas. Con el beneficio de la distancia y la perspectiva de lo que ya conocemos, podemos hoy comprender la relevancia de un artista e incluso de una obra para transitar entre épocas o para generar cambios en la comprensión que hasta cierto momento tuvimos acerca del arte.

En cambio, cuando hablamos de artistas vivos, especialmente de artistas jóvenes, desde los años 60´s y especialmente a partir de las décadas de los 80’s y 90’s la brújula a cambiado de manera radical. Hoy en día, es probable que los actores más relevantes a la hora de validar la obra de un artista sean los distintos agentes del mercado del arte.

Coleccionistas, galeristas (marchantes), asesores artísticos y casas de subasta se interrelacionan, unos con otros, para construir la validación (o la falta de ella) de un nuevo artista, de manera que sus posibilidades de “triunfar” dependen en gran medida de la capacidad de estos agentes para construirle un mercado a sus obras.

Para que esto ocurra, se apela también a otros actores que no forman parte directamente del mercado, como museos, críticos, revistas especializadas y comisiones de premios.

En otra ocasión profundizaremos acerca de las interacciones entre los distintos actores del mundo de arte, sin embargo, ustedes ya se estarán preguntando en este punto el por qué del nombre de esta columna. Qué relación existe entre esta larga explicación acerca de las condiciones para la validación del arte contemporáneo y su supuesta crisis en nuestro país.
La respuesta es sencilla. En Chile no contamos, prácticamente, con ninguno de los ingredientes que a nivel internacional se requieren para generar esta aludida validación de las obras y artistas vivos.

En Chile, el nivel y la extensión del coleccionismo de arte contemporáneo son mínimos, y se centran en unos pocos nombres hace rato manoseados (sin que implique esto una crítica a aquellos) pues la mayoría de las personas no se atreven a invertir en algo que no conoce y que, por sobre todo, nadie con suficiente autoridad es capaz de validar para darle alguna idea de si ese pedazo de tela, fotografía, escultura o instalación tienen o tendrán alguna vez un valor si no económico al menos histórico. La crítica, por su parte, además de pobre en volumen y alcance, se mantiene en códigos academicistas que resultan tediosos o hasta incomprensibles y que poco y nada contribuyen a la validación de los artistas.

En Chile casi no existe un mercado para el arte contemporáneo, en circunstancias que en el mundo es justamente el mercado el que otorga valor a las obras y artistas.

Algunas de las galerías que habían hecho una apuesta más profunda por generar espacios de exhibición y promocionar a sus artistas, como Animal o Moro, cerraron sus puertas en los últimos 2 o 3 años y tal vez lo más valioso que podemos encontrar hoy es una cierta consolidación de nuestra novel Feria de Arte Contemporáneo (ChaCo).

En los últimos 4 años, hemos transitado desde un “renacimiento” prometido para nuestro arte, con la publicación de “Copiar el Edén”, primer libro destinado justamente a generar un catalogo razonado y “validador” de lo más interesante de la escena artística posterior a los años 70’s, a una nueva depresión en la industria que nos lleva a mirar todo con desconfianza y escepticismo.

Sin embargo, nada he dicho sobre la calidad del arte contemporáneo chileno o de sus artistas. No he incluido ese aspecto en esta tesis pesimista, pues afortunadamente no es parte del problema.

En nuestro país hay tan buenos artistas como en cualquier parte del mundo y de hecho, algunos de ellos han dado el paso necesario de salir de nuestras fronteras para encontrarse con ese universo que les dará la oportunidad de batirse con sus armas en un ambiente mucho más competitivo y aterrador de lo que nadie supondría. Acerca de cómo toma Chile el éxito de estos embajadores en el mundo real hablaremos luego. Esto sí es parte del problema.

 

Comentarios del artículo: La Crisis del Arte Contemporáneo en Chile - Publicado: a las 12:40 pm

Etiquetas: , » Publicado: 15/05/2012

El Estado del Arte

Imaginemos un simple urinario: invertido y firmado por un artista. Luego hagamos una búsqueda en google y pongamos la frase: “Tiburón Arte”. Luego en el mismo buscador escribamos: arte + excrementos. En cada caso nos encontraremos con algunas de las obras de arte contemporáneo más importantes o al menos más polémicas de los últimos 60 años.

Hacer el intento de hablar de arte en un medio de comunicación masivo resulta especialmente desafiante, justamente, porque de un modo u otro quienes generan arte (los artistas) y los que enseñan, opinan o coleccionan arte parece que nos esforzáramos en hacer todo lo posible por comunicarnos a través de códigos, lenguajes y alusiones tan complejas, crípticas y teóricas, que simplemente apartamos a las personas normales y les negamos desde el inicio la posibilidad de apreciar las obras.

Este singular desinterés de parte de los actores del mundo cultural por la inteligibilidad, no tanto de las obras, sino del discurso que las acompaña, contrasta, en cambio, con la masividad con que el público visita los museos de arte a lo largo del mundo. Lugares como el Prado, el Louvre o la National Gallery, pero también el MOMA, la Tate Modern o el Centro Pompidou, se encuentran entre los más importantes atractivos turísticos de sus respectivas ciudades y son visitados por decenas de millones de seres humanos cada año. A las personas SI les interesa el Arte.

Una obra puede y debe ser considerada como arte en función de la intención del artista, al reconocimiento de la comunidad y en definitiva, de acuerdo al merito de cada pieza. ¿Eso significa que debe gustarnos o conmovernos un montón de excremento sobre una bandeja que se expone en el MOMA? ¡Tampoco! Mantenemos la libertad de opinar lo que queramos. De sentir indiferencia, asco, desagrado o incluso de negarle a la obra su condición artística.

Esta realidad algo incoherente ha acompañado a las manifestaciones artísticas, especialmente las artes visuales (dibujo, pintura, fotografía, instalaciones, etc.) desde hace siglos. Sin embargo, se ha vuelto particularmente cierta en los últimos 50 o 60 años, décadas en las que definitivamente transitamos desde el arte como expresión (figurativa o abstracta) de la belleza de lo que nos rodea, a un arte que renuncia a su capacidad de representar realidades (y mucho menos belleza) para centrarse en ideas, conceptos o discursos.

Hoy, observar una obra de arte, no es siempre sinónimo de una experiencia estética grata. A veces, por el contrario, muchos artistas se sentirían (y se sienten) derechamente ofendidos si frente a su obra alguien se detuviera a decir: ¡Es hermosa!

Los motivos por los que hemos llegado a este punto son diversos, y para explicarlos se requeriría mucho más espacio del que dispongo, sin embargo tal vez la pregunta más recurrente que escuchamos de parte de las personas normales frente al arte contemporáneo es:

¿Eso es arte?

Imaginemos un simple urinario: invertido y firmado por un artista. Luego hagamos una búsqueda en google y pongamos la frase: “Tiburón Arte”. Luego en el mismo buscador escribamos: arte + excrementos.  En cada caso nos encontraremos con algunas de las obras de arte contemporáneo más importantes o al menos más polémicas de los últimos 60 años. Y seguramente nos seguiremos preguntando si eso es o no arte.

La respuesta es muy difícil. Hay importantes académicos y expertos que consideran que, de un modo u otro, esas formas de arte son las únicas que tienen sentido en nuestra sociedad actual, mientras otros señalan que derechamente nada de eso es arte. Y sin embargo, a esas obras se les dedican cerros de libros. Ganan concursos. Están expuestas en algunos de los museos más importantes del mundo y, como el Tiburón de Damien Hirst, llegan a venderse en millones y millones de dólares.

¿Hay una respuesta correcta a la pregunta acerca de qué es arte? La respuesta es no. Una obra puede y debe ser considerada como arte en función de la intención del artista, al reconocimiento de la comunidad y en definitiva, de acuerdo al merito de cada pieza. ¿Eso significa que debe gustarnos o conmovernos un montón de excremento sobre una bandeja que se expone en el MOMA? ¡Tampoco! Mantenemos la libertad de opinar lo que queramos. De sentir indiferencia, asco, desagrado o incluso de negarle a la obra su condición artística. Sin embargo, no debemos olvidar que los gustos y criterios igualmente evolucionan, y que la primera obra cubista de la historia, las Señoritas de Avignon, de Pablo Picasso, fue considerada en su época horrenda, de mal gusto, escandalosa y también se le negó su carácter artístico.

En esta columna, en adelante, seguiremos hablando de arte contemporáneo. Chileno y extranjero. Intentaré hablarles de mis opiniones e interpretaciones. Intentaré hacer algo de crítica, en el sentido más obvio de la palabra. Simplemente mi opinión sobre obras, artistas, exposiciones y movimientos. Espero que algunos de ustedes quiera acompañarme en este viaje.

Comentarios del artículo: El Estado del Arte - Publicado: a las 2:26 pm

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