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  • Rafael Gómez Pinto

Rafael Gómez Pinto

Académico de la Facultad de Derecho de la Universidad Central.

Etiquetas: , , , , , , » Publicado: 08/01/2016

Elogio de los Jueces

En esta obra, Piero Calamandrei, siendo un profesor eminente y maestro del derecho procesal, se quita las gafas de académico y pone sobre sus hombros la toga del abogado. En una época en que es corriente criticar a la justicia, es preciso recordar a Calamandrei que los jueces “gozan de más virtudes que defectos”.

Luego de leer el Libro ‘Elogio De Los Jueces’, del jurista Italiano Piero Calamandrei, publicado por la Editorial El Foro de Buenos Aires, quiero compartir con ustedes acotadas ideas de esta magnífica obra, que ha dado la vuelta al mundo y es ahora un motivo que cobra especial sentido recordarla, ya que la evolución del derecho sobrepasa límites de contención entre abogados y jueces. Luego de leer este libro, se produce una magia en que ambos siendo abogados se sienten en paz consigo mismos, hallando en esta obra, un común reencuentro, ya que litigar y fallar son cosas diferentes, aunque persiguen una finalidad idéntica, cual es la de contribuir a hacer más justicia.

En esta obra se da el caso que Calamandrei siendo un profesor eminente y maestro del derecho procesal, se quita las gafas de académico y pone sobre sus hombros la toga del abogado, y mirando a los ojos a sus jueces, les dice con voz pausada y serena, sin espíritu de adulación, pero con sincero ánimo admirativo, todo aquello que los jueces merecen que se les diga. Si el libro se hubo de llamar Elogio, fue porque de lo dicho surgían más palabras laudatorias que voces de censura.

En un discurso sobre el presupuesto de la justicia que pronunció Calamandrei en la Cámara de Diputados el año 1948, tuvo la oportunidad de recordar, en honra de la Magistratura, un episodio que demuestra con qué discreción y con qué valiente naturalidad identificaron en su conciencia algunos magistrados la Justicia y la Resistencia. Evoco con las mismas palabras de Calamandrei, que dijo: “Quiero contaros, para terminar, el caso de un pretor de Toscana (no voy a decir el nombre), que durante el periodo de ocupación Alemana, en 1944 recibió del prefecto del lugar una comunicación por la que se le ordenaba detener a los padres de los jóvenes que no se alistaran y no obedecieran los bandos firmados con aquel nombre que conocéis. La comunicación del prefecto decía así: Mis órdenes no se discuten. En la provincia soy yo el representante del Gobierno y tengo plenos derechos. Le recuerdo, por si lo ha olvidado, que nos hallamos en fase de revolución, y muy aguda. Consideraré su negativa como un acto de sabotaje, y en consecuencia tomaré medidas también contra usted en caso que no se ejecute mis órdenes.

El Pretor señores lectores contestó así: “Lamento no poder a Usted dar la conformidad que de mí solicita, porque utilizar las cárceles judiciales para detener a inocentes, es contrario a la ley y a las costumbres italianas. Desde que sirvo al Estado en la administración de Justicia no he hecho jamás nada contrario a mi conciencia. Dios es testigo de que no hay jactancia en mis palabras”. (Saco aplausos)

Una voz en el centro, grita: ¡El nombre del Magistrado!

Calamandrei responde: “El Magistrado era un abogado al igual que usted y no le digo su nombre, porque de esos abogados los hay en la Magistratura a centenares; de esos abogados que en tiempos de sucia materialidad en que vivimos han elegido la misericordia honrada para servir al ideal de justicia. No se olvide que en esos Magistrados tenemos puesta toda nuestra fe”.

Estas son las razones por las que Calamandrei dedicó su obra, precisamente para elogiar a la multitud anónima de los jueces, en vida aún, dignos de aquellos sabios y silenciosos fallos que impulsados por la vocación, acaban de franquear los umbrales de la Magistratura y a quienes les está encomendada la tarea de hacer cada vez mejor las cosas. Es decir, de hacer más humana la justicia, porque el derecho por sí solo, es frío como una letra muerta.

La gracia de esta obra es que no es un entretenimiento literario, sino que este “Elogio a los Jueces” lo ha escrito un abogado. De esta forma, como es corriente criticar a los jueces en general y escuchar comentarios a propósitos de casos penales que hay una suerte de puerta giratoria para los delincuentes, es preciso recordar a Calamandrei que los jueces “gozan de más virtudes que defectos”.

Tiene toda la razón, porque para ser un gran juez, no sólo debe saber bastante de derecho, sino que debe reunir grandes virtudes, que se traducen en un sabio criterio jurídico que se adquiere por la experiencia, el estudio, la inteligencia y por sobre todo prudencia y equilibrio propia de un juez, para saber resolver un litigio, cautelando previamente uno de los principios rectores de todo procedimiento como es la bilateralidad de la audiencia para que el juez conozca los argumentos de ambas partes.

Los jueces según Calamandrei hablan y escriben demasiado, hablan y escriben no para defender el interés del cliente, sino para dar a entender que saben más que los jueces y para convencer que tienen la razón. De ahí que un pleito baladí, que en 5 minutos se despacharía, encomendado a los abogados, se hincha como un globo. Si no hubiera abogados, según Calamandrei, habría menos pleitos; y hasta posiblemente, no habría ninguno. Porque los pleitos los fabrican los abogados con sus sofismas.

En fin, parte de razón tiene Calamandrei. Tanto jueces como abogados hablamos y decimos mucho, ya sea en escritos o sentencias, y es de esperar que seamos cada vez más proactivos, para enaltecer la justicia.

Comentarios del artículo: Elogio de los Jueces - Publicado: a las 7:00 am

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