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Pablo Ortúzar

Antropólogo Social (U. de Chile) y Director de Investigación del IES.

Etiquetas: , , , , , » Publicado: 09/04/2012

Avanzar bajo las propias banderas

Jaime Guzmán achaca al mundo democratacristiano, a la doctrina de sus mejores exponentes, cuatro debilidades fundamentales: su debilidad frente al comunismo, su carácter mesiánico, su utopía de la ‘tercera posición’ y su complejo antiderechista.

En una columna del Diario Financiero, el senador Hernán Larraín expuso su punto de vista respecto a la reforma tributaria. Dice en ella que para aliviar los conflictos sociales debe hacerse una reforma tributaria profunda que genere una estructura tributaria justa, apelando a la idea de que entre el liberalismo y el estatismo existe un tercer camino, que es el del Estado subsidiario, el que atribuye al pensamiento de Jaime Guzmán y define como aquel que interviene todo lo que la sociedad requiera. El objetivo de esta reforma, señala, sería acortar las brechas, las desigualdades, que considera que el mero crecimiento económico no puede acortar, especialmente a nivel educacional.

Hernán Larraín Fernández debe ser de los hombres más inteligentes y preparados que hoy ocupan un lugar en el sitial privilegiado del debate republicano, donde representa a la UDI, partido al que ingresó al ser remecido por el cobarde asesinato de su fundador, Jaime Guzmán Errázuriz, en manos de terroristas de izquierda. Lo que dejó atrás, al tomar esta decisión, fue una apacible vida académica que lo perfilaba como uno de los mejores profesores de derecho de la Universidad Católica y un pasado político vinculado al ala derecha del centro democrático, tal como testimonia su excelente libro “Ideología y democracia” que aparece en 1988 de la mano de la editorial democratacristiana “Andante”.

Larraín hace ver con claridad que hoy el principio liberal de igualdad ante la ley, consagrado por Hayek como fundamental para una sociedad libre, que implica una distribución pareja de deberes y derechos entre los ciudadanos y la aplicación procedimental de iguales normas para todos (lo que Hayek entiende por “justicia”), no se cumple correctamente bajo nuestra actual estructura tributaria, ya que la carga impositiva proporcional es superior para los individuos pobres que para los ricos, lo que es injusto y merece corrección en nombre de los principios de una sociedad libre y no en contra de ellos.

El senador Larraín, entonces, es un conservador clásico con un gran compromiso social y, además, un hombre de carácter. La mixtura de elementos que muestra lo acercan a la mejor versión de lo que en su momento (cuando él recién nacía) fue el falangismo, respuesta conservadora y católica al shock de los cambios sociales. También lo exponen a sus mismos errores, los que en su momento fueron evidenciados por la implacable crítica de Jaime Guzmán.

¿Cuáles eran esos errores según Guzmán? Un buen resumen se encuentra en la transcripción de una conferencia titulada “Análisis crítico de la Democracia Cristiana Chilena” dictada en 1983 e incluida en el compilado “El miedo y otros escritos” que apareció, editado por Arturo Fontaine, en la edición de Otoño de 1991 de la revista Estudios Públicos del CEP, hoy disponible en formato virtual en la página web de aquel think tank.

En esa conferencia Guzmán achaca al mundo democratacristiano, a la doctrina de sus mejores exponentes, cuatro debilidades fundamentales: su debilidad frente al comunismo, su carácter mesiánico, su utopía de la ‘tercera posición’ y su complejo antiderechista.

De esas cuatro debilidades me interesa rescatar aquí el análisis que hace de la tercera mencionada: la utopía de la ‘tercera posición´. Guzmán inicia su exposición al respecto diciendo: “hay una tercera crítica, una de las más delicadas y profundas de todas, que a mí me merece el pensamiento democratacristiano chileno y que es su doctrina comunitaria en lo económico-social que (…) más que un ideal me parece una utopía”. Luego de señalar que la propiedad comunitaria existe libremente en el sistema llamado capitalista, pero que es una cosa muy distinta tratar de imponerla, el autor fija su posición en forma contundente:

“No hay más que dos alternativas básicas de sistema económico. O uno (llamado capitalista) que se funda en la propiedad privada de los medios de producción, en la iniciativa particular como motor básico del desarrollo y en la coexistencia de empresas libremente estructuradas por sus impulsores y que actúen en un marco de igualdad jurídica y competitiva donde ciertamente no prevalecerán las empresas comunitarias, o bien otro sistema básico que es el colectivismo, con propiedad estatal de los medios de producción y una economía centralmente planificada. Podrá haber – y ciertamente las hay- muchas variantes de cada uno de estos dos sistemas básicos. Pero lo que no existe ni es viable es la tercera posición de una sociedad comunitaria (…) lo fundamental al respecto está en denunciar que la Democracia Cristiana erosiona un sistema que existe y funciona (el capitalista) para remplazarlo por una utopía impracticable, con el necesario efecto práctico de abrir las compuertas a la única otra alternativa real  que es el colectivismo socialista y totalitario”.

¿Por qué resultaría importante traer a colación ésto y qué tiene que ver con la entrevista del senador Larraín? Ocurre que la interpretación que el senador parece hacer del principio de subsidiariedad de Guzmán hace creer que el planteamiento construido por el político asesinado sería una posición intermedia entre estatismo y capitalismo, lo que no es así. Y no es así justamente porque Guzmán avanza desde una idea como esa, la corporativista, a la defensa del libre mercado con la convicción intelectual de que dicha “posición intermedia” no existía y que quien la buscaba no hacía sino trabajar para el socialismo. Como bien señala el actual senador, el principio de subsidiariedad establece la primacía del sujeto humano respecto al Estado, y, obviamente y al mismo tiempo, la primacía de las organizaciones intermedias, entre el sujeto y el Estado, respecto al Estado. Así, la intervención estatal no se legitima “cuando la sociedad lo requiera”, sino que como un último recurso, ojalá transitorio, cuando no existan respuestas posibles por parte del sujeto o las organizaciones intermedias. Esto lo hace perfectamente compatible con el liberalismo económico serio en todas sus vertientes, el que jamás se ha planteado desde una “estadofobia” irracional, como podría pensarse a partir de la caracterización que de él hace Larraín.

¿Significa esto que lo que afirma el senador en la entrevista es por completo equivocado?

No, sin duda. El señor Larraín hace ver con claridad que hoy el principio liberal de igualdad ante la ley, consagrado por Hayek como fundamental para una sociedad libre, que implica una distribución pareja de deberes y derechos entre los ciudadanos y la aplicación procedimental de iguales normas para todos (lo que Hayek entiende por “justicia”), no se cumple correctamente bajo nuestra actual estructura tributaria, ya que la carga impositiva proporcional es superior para los individuos pobres que para los ricos, lo que es injusto y merece corrección en nombre de los principios de una sociedad libre y no en contra de ellos.

Tampoco significa que una educación que entregue oportunidades a todos los ciudadanos para explotar sus capacidades y buscar su mejor destino no sea un fin loable. Sólo significa que vincular ese anhelo con el crecimiento del Estado como si hubiera una relación obvia entre ellos merece, al menos, ser sometido a la crítica racional.

Comentarios del artículo: Avanzar bajo las propias banderas - Publicado: a las 11:59 am

Etiquetas: » Publicado: 30/01/2012

Elites, democracia y pactos oligárquicos

Si las elites dejan por comodidad que los populistas vociferantes capturen y administren sin contrapeso el aparato público, si cejan en educar a los hijos para la exigencia y la responsabilidad, si se alejan de las formas de vida del país y sus necesidades… las elites se van arrinconando en jaulas de oro hasta que desaparecen.

Toda sociedad humana que haya existido, ha tomado forma gracias a minorías organizadas que compiten por el poder, el  prestigio y el privilegio. Estas minorías, buscando la legitimidad entre los más o bien sometiéndolos por la fuerza, son conocidas como elites. Una elite está organizada en función de vínculos personales e intransferibles. Son relaciones de confianza forjadas en la presencia y la interacción antes que en el interés o la funcionalidad. La identidad común y los criterios de identificación compartidos le dan a cada minoría su carácter particular.

Si uno busca cualquier minoría organizada, encontrará las mismas prácticas. Líderes sindicales, centros de alumnos, directivas de cualquier cosa: todos trabajarán para los demás, con ahínco y valor en el mejor de los casos, pero siempre con un ojo puesto en reproducir la condición ventajosa que han logrado y que se confunde, sincera y engañosamente a la vez, con los intereses colectivos.

La modernidad democrática no termina con las elites, lo que sería imposible sin terminar con todo orden social. En vez de ello las limita, ya que, en un movimiento, destruye las categorías de personas (funde con el todo social a las elites nobiliarias) y otorga derechos iguales a todos los ciudadanos. Así, el destino de los fuertes queda más atado que nunca al de los débiles y no pueden ya los primeros disponer a su antojo de los segundos, como había llegado a suceder en regímenes absolutistas. Pero, más interesante que aquello, se abre la puerta como nunca a la competencia electoral entre elites, en desmedro de las sangrientas guerras del pasado.

Todas las ideologías populistas que prometen hacer “iguales a todos los hombres” e impedir la libre organización, competencia y reproducción de las elites no esconden sino, inconsciente o conscientemente, como en el caso leninista, una super elite controladora del Esta6do en ciernes. En el caso de la educación, principal espacio de articulación y reproducción de toda elite, esto es particularmente cierto. Esta fue exactamente la acusación de Robert Michels, quien formulara la famosa “ley de hierro de la oligarquía”.

De este modo, cualquier persona con algo de  inteligencia, carácter y buena suerte puede aspirar a articularse de algún modo con uno de estos grupos y fundir su descendencia con ellos. Del mismo modo la ineptitud, tontera, falta de carácter o mala suerte puede terminar por amenazar con la desvinculación a los miembros de un grupo. En los puntos intermedios entre el ascenso y el descenso es que se forjan, justamente, extensiones de las elites.

La competencia por articularse con una elite, no salir de ella o pasar a ser parte de otra sumada a la competencia entre las propias minorías organizadas dentro de cada minoría organizada y a la disputa entre grupos hacen vigoroso el orden democrático. Y el orden democrático, a su vez, evita que esa competencia sea en desmedro de los más débiles y desvinculados, quienes, por el contrario, se ven beneficiados por ella.

Así, cada República se convierte en un complejísimo y dinámico entramado de vínculos, pactos, redes y alianzas sometidas a una constante competencia y regulación cuyos límites están dados por las leyes.

El Estado, por su parte, no es en caso alguno neutro en la medida en que es conducido hacia un lado u otro por gobiernos que representan y encarnan a minorías organizadas. Y es justamente esa una buena razón para no creerle a quienes pretenden hacernos creer que la comunidad es lo mismo que el Estado y que la mayor concentración de poder en el aparato público asegura el bien común.

Todas las ideologías populistas que prometen hacer “iguales a todos los hombres” e impedir la libre organización, competencia y reproducción de las elites no esconden sino, inconsciente o conscientemente, como en el caso leninista, una super elite controladora del Esta6do en ciernes. En el caso de la educación, principal espacio de articulación y reproducción de toda elite, esto es particularmente cierto. Esta fue exactamente la acusación de Robert Michels, quien formulara la famosa “ley de hierro de la oligarquía”.

El mayor riesgo del orden democrático y su relación con las elites, sin embargo, viene del declinar de la voluntad aristocrática de éstas (en sentido aristotélico, es decir, su vocación en pos del bien común) y su remplazo por pactos mediocres de no agresión entre las distintas minorías organizadas. Así ha ocurrido en otras partes de Latinoamérica, donde los grupos económicamente más poderosos pactan con mesocracias grises y violentas un orden populista basado en falsas promesas de igualdad en el cual los más damnificados son los pobres que deben agachar la cabeza clientelarmente para hacer valer sus derechos ante el Estado. La mesocracia, por su parte, captura vía impuestos una tajada del dinero de los más ricos y éstos, a cambio, reciben la protección de sus intereses, viviendo incluso, muchas veces, lejos del país, haciendo honor a la famosa frase de Edmund Burke que dice que “para que triunfe el mal, lo único necesario es que los hombres buenos no hagan nada”.

La protección respecto a esta corrupción de su función exige a las elites mantener un ideal aristocrático orientado a la libertad que asegure el estado de derecho. Tal ideal debe reflejarse en las costumbres y en las exigencias necesarias para forjar el carácter y el sentido de responsabilidad en sus hijos y en un compromiso abierto con instituciones que permitan que los mejores elementos de otros grupos sociales puedan desarrollar sus capacidades y virtudes en pos de la República.

Si se declina en esa voluntad, si dejan por comodidad que los populistas vociferantes capturen y administren sin contrapeso el aparato público, si cejan en educar a los hijos para la exigencia y la responsabilidad, si se alejan de las formas de vida del país y sus necesidades, si no viven con más preocupación que la económica, si no protegen con celo las instituciones, si no defienden lo que creen justo en público aunque implique enemistades, si no se involucran en política y alejan a sus hijos de ella como si fuera la lepra, si piensan que el mínimo moral que exige la ley es un máximo, las elites se van arrinconando en jaulas de oro hasta que desaparecen.

¿Tienen hoy nuestras élites esa voluntad de persistir?

Comentarios del artículo: Elites, democracia y pactos oligárquicos - Publicado: a las 11:16 am

La Nación

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