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Médicos sin Fronteras

Imagen © Jesús Abad Colorado

Etiquetas: , , , , , , , » Publicado: 18/04/2016

Refugiados en Samos, Grecia: “Nos tratan como a delincuentes”

Desde la entrada en vigor del Acuerdo entre la Unión Europea y Turquía el pasado 20 de marzo, los hotspots o centros de acogida y de registro instalados en las principales islas griegas se han convertido en centros de detención donde los refugiados y migrantes quedan atrapados. Acá, sus testimonios.

El acuerdo firmado el 20 de marzo con Turquía fue presentado por la Unión Europea como “la forma de frenar la crisis de los migrantes”.

Los hotspots que se instalaron en octubre en las principales islas griegas estaban inicialmente pensados para servir como centros de acogida y registro para los solicitantes de asilo. A través de ellos, muchas de estas personas podían vislumbrar la esperanza de llegar a tener un futuro digno en Europa. Sin embargo, a día de hoy, estos lugares se han convertido en auténticos centros de detención gestionados por la policía y por el ejército griego. Desde el 20 de marzo, toda persona que llega a Grecia a través del Egeo es conducida de inmediato a uno de ellos.

En el centro de Samos hay actualmente más de 700 solicitantes de asilo encerrados. Son de Pakistán, Bangladesh, Afganistán, Siria, Irak, Sudán, Líbano, Argelia, Marruecos y Egipto. Muchos de ellos son mujeres y niños.

La mayoría de estos migrantes y refugiados cruzaron el Egeo después del 20 de marzo. Otros llegaron a Grecia antes de esa fecha, pero han sido llevados igualmente al centro, o bien porque no son sirios o iraquíes, o bien porque son menores de edad no acompañados. Estos últimos se supone que deberían ser llevados a un centro específico que se ha habilitado en Creta, pero lo cierto es que al día de hoy este centro apenas acoge a unas pocas docenas de niños. El resto de los menores que han llegado a Grecia se encuentra en una situación muy vulnerable, están solos, y no reciben atención alguna.

A los solicitantes de asilo que ya estaban en Grecia les dijeron que serían enviados a un campamento de refugiados en Atenas, de acuerdo con el mecanismo de reubicación del Reglamento de Dublín. Este texto establece que los refugiados tienen derecho a ser reubicados en uno de los ocho países de que elijan dentro de la Unión Europea. Sin embargo, no parece haber ninguna garantía de que se vaya a respetar en modo alguno su elección.

La mayoría de quienes están en Samos no sabe lo que le deparará el futuro. Muchos de ellos contaban que habían pasado mucho tiempo retenidos en Turquía y que fueron liberados ese mismo día 20 de marzo, cuando ya no sabían qué hacer con ellos.

El 4 de abril, en una operación conjunta de las autoridades griegas y turcas, 124 migrantes y refugiados que estaban en Lesbos (procedentes mayoritariamente de Pakistán), y otros 66 que estaban en Quíos, fueron devueltos en un barco a Dikili, en Turquía. Aquella fue la primera devolución llevada a cabo tras la firma del vergonzoso acuerdo entre la UE y Turquía. Muchas de las personas con las que he hablado probablemente correrán la misma suerte.

Khadija, una mujer siria de 42 años de edad y originaria de Idlib está retenida en el centro de detención de Samos con sus cuatro hijos. “¿Qué nos va a pasar ahora? Después de haber sobrevivido a una guerra, no me puedo creer que nos vayan a matar aquí, en Europa. Mi marido murió en 2013 en el ataque con barriles bomba que destruyó nuestra casa. Después de aquello fuimos de pueblo en pueblo buscando un lugar que pareciera seguro. Estoy desesperada, por eso me llevé a mis hijos a Turquía”, me decía indignada.

“Allí en Turquía tenía varios trabajos, pero tengo cuatro hijos y me costaba mucho lograr salir adelante. Decidí venir aquí en busca de seguridad y un futuro mejor. Y sin embargo, míranos: encerrados detrás de una valla reforzada con alambre de espino. Como si fuéramos delincuentes. Es injusto”.

Acompañado de su esposa embarazada de 7 meses y de sus dos hijos, Waleed, salió de Irak en febrero de 2016, un año y medio después de que el Estado Islámico se hiciera con el control de su ciudad, Mosul. Tardaron un mes en llegar a Samos. Antes de llegar allí, vivieron un corto pero traumático periodo de detención en Turquía y ahora se encuentran detenidos de nuevo, aguardando desesperadamente a que alguien les proporcione alguna información.

Marietta Provopoulou, directora general de MSF en Grecia, opina que “las cosas podrían haber sido diferentes, podrían al menos haber sido organizadas. Estamos asistiendo a un verdadero fracaso de la Unión Europea, que no es capaz de dar cabida a un millón de personas con respeto y dignidad”.

“Ya no hay compasión en este mundo. Míranos, mira a mis hijos”, exclamaba Waleed. “Hago lo que puedo para estar bien, pero ¿crees que esta es la forma de tratar a un ser humano? Se supone que deben protegernos, no encerrarnos en una jaula como si fuéramos animales salvajes. Nadie nos ha dicho nada de cuándo procesarán nuestra solicitud de asilo. Mi mujer está embarazada; ella no debería estar encerrada en un lugar sucio y abarrotado como este. Y por si fuera poco, todas las ONG han decidido irse, lo cual nos deja en manos de la policía”, explicaba Waleed sin poder contener ya las lágrimas.

En otras partes de Grecia, la situación es igualmente complicada. Hay alrededor de 51.000 personas atrapadas en el país, ya sea en centros de detención, en los campos de refugiados o en los asentamientos informales. Unas 11.000 personas han decidido quedarse en Idomeni esperando una hipotética apertura de la frontera con Macedonia, a pesar de que las autoridades insisten en que ésta permanecerá cerrada.

Marietta Provopoulou, directora general de MSF en Grecia, me explica los sentimientos que le provoca esta situación: “Las cosas podrían haber sido diferentes, podrían al menos haber sido organizadas. Estamos asistiendo a un verdadero fracaso de la Unión Europea, que no es capaz de dar cabida a un millón de personas con respeto y dignidad. Un millón de personas no son muchas si pensamos en el tamaño y la población que tiene este continente. Cada uno de estas personas lleva tras de sí una historia personal de sufrimiento personal. Han hecho todo lo que estaba en sus manos para tratar de salvar su vida y la de sus familiares y fueron en busca de un futuro mejor lejos de la guerra y de las persecuciones. Cualquiera en su situación haría lo mismo”.

Omer, de Pakistán, fue entrevistado en el centro de detención de Samos, en Grecia, el 25 de marzo de 2016: “Nos sentimos igual que si estuviéramos en la cárcel. Nos tratan como a delincuentes. No nos informan de lo que ocurre y de lo que van a hacer con nosotros. La mayoría de la gente está muy asustada”

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Waleed salió de Irak acompañado de su esposa embarazada y de sus dos hijos, en febrero de 2016, un año y medio después de que el Estado Islámico se hiciera con el control de su ciudad, Mosul. Foto: Mohammad Ghannam/MSF

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Etiquetas: , , , , , , » Publicado: 08/04/2016

Pesadillas de Kunduz, el hospital de MSF atacado por EEUU

Evangeline Cua, cirujana filipina, estaba trabajando en el hospital de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Kunduz, Afganistán, cuando fue destruido por ataques aéreos estadounidenses el pasado 3 de octubre. Evangeline comparte su historia de esa horrible noche.

Anoche sucedió de nuevo.

El cirujano que me estaba ayudando en el quirófano y yo corríamos sin dirección en la oscuridad total. Las enfermeras que hacía apenas unos momentos estaban junto a nosotros habían salido del edificio desafiando la descarga de disparos que caían desde el cielo. Tosía, medio ahogada por la nube de polvo que cubría pasillos y salas. Sentía la boca llena de arena detrás de la máscara quirúrgica como si alguien me hubiera obligó a comer tierra. Podía escuchar cómo mi respiración rasgaba al entrar y salir el aire. El humo que salía de una habitación cercana dificultaba ver dónde estábamos.

El fuego resbalaba sobre el techo en un extremo del edificio mientras bailaba y brillaba en la oscuridad de la noche alcanzando las ramas de los árboles cercanos. La unidad de cuidados intensivos estaba ardiendo. En el exterior, solo el zumbido constante que venía desde arriba señalaba la presencia de algo. ¿Un avión? ¿Un ataque aéreo? ¿Por qué el hospital? ¿Por qué nosotros? Entonces, sin previo aviso, otra ensordecedora explosión sacudió el edificio. El techo se vino abajo sobre nosotros y las últimas luces se apagaron enviándonos a la oscuridad total. Grité de terror cuando los cables cayeron sobre mí arrastrándome al suelo. Era lo último que podía recordar…

Me desperté llorando y desorientada. Habían pasado meses desde que regresé a casa desde Afganistán y, a excepción de una cicatriz ya difuminada en la rodilla derecha, el terrible ataque en el hospital de trauma de MSF en Kunduz había quedado casi olvidado, reprimido en la memoria. Reuniones, consultas con psiquiatras, técnicas de meditación, páginas y páginas de entradas en un diario para descargar el horror de esa noche… Todos esos esfuerzos y energía fueron barridos de repente cuando los recuerdos se precipitaron en una pesadilla provocada por los fuegos artificiales.

Ofensiva talibán sobre Kunduz

Ocurrió dos semanas antes del final de lo que, hasta ese momento, había sido una misión en Afganistán bastante tranquila. De repente, todo el infierno se desencadenó en la lucha feroz entre tropas del Gobierno y la oposición. Después de 14 años, la ciudad de Kunduz volvía a estar de nuevo en manos de los talibanes.

En el hospital perdías la noción del tiempo. Sólo el reloj en la pared recordaba que ya era tarde. Una ráfaga de disparos y explosiones resonaba en la distancia. Acababa de terminar mi sexta operación quirúrgica y me estaba secando lentamente las manos cerca de la zona de lavado.

– “Doctora, ¿puede usted venir a ver los pacientes en la sala de urgencias y decirnos quien tiene que entrar en quirófano primero?”, me dijo un compañero. Su tono de voz transmitía premura.

– “¿Ahora?”
– “Sí, ahora”, me respondió.

Había al menos una docena de personas en el suelo. Y otras muchas más yacían en camillas distribuidas a ambos lados del vestíbulo de urgencias. Había mujeres con el shalwarkameez (una vestimenta empleada en Asia central y del sur) salpicado de sangre, una de ellas embarazada, otra dirigía la mirada perdida hacia el techo. También había hombres con la ropa hecha jirones y llenas de sangre, y un pequeño niño que había perdido las piernas emitiendo un lamento de dolor.
Me sobresalté cuando un hombre mayor lleno de arrugas con barba y ojos amables me detuvo. Inusitadamente para un hombre afgano, trató de tocarme el brazo y me suplicó, en un inglés titubeante:

– “Doctora, por favor. Mi hijo está ahí fuera. ¿Podría, por favor, verle? Es un buen hombre, doctora. Es mi hijo más joven”, me decía con un amago de sonrisa en el rostro.

Conseguí reprimir mi primera reacción y que no vieran que me quedaba sin aliento cuando vi a su hijo en una camilla cerca de la pared. Tenía en el pecho una herida abierta por la que pude ver, parcialmente expuesto, uno de sus pulmones. Sus ojos estaban ojos vidriosos y carecía de pulso palpable.

Traté de hacer algo, cualquier cosa, y ajusté la vía intravenosa. Le cubrí con cuidado el pecho con una sábana del hospital y, con la voz a punto de quebrarse, le dije al anciano que me disculpara y que iba a pedir a una de las enfermeras que atendieran a su hijo.

Su mirada agradecida, como si hubiera dado a su hijo una segunda oportunidad, una segunda vida, me perseguirá siempre.

Recuerdos del ataque

Una constante en mis pesadillas han sido el sonido rugiente y los paneles de madera viniéndose contra nosotros. Y gritos. Mis gritos.

Tropiezo y caigo al suelo.

– “¡Levántate! ¡Venga!”, escucho.

Me puse en pie lentamente, con una mueca de dolor, mientras traté de adivinar en la oscuridad. Entonces vimos el inconfundible techo inclinado. ¡El sótano! Gracias a Dios.

Corrimos y saltamos en el agujero. Para nuestro horror, nos encontramos en el hueco de la ventana del sótano, rodeados de una gruesa pared de cemento, a dos metros por debajo del suelo y cubierto solo por una delgada lámina de techo. Un abismo. Un callejón sin salida. ¡El auténtico sótano estaba al otro lado de la pared!

Desde nuestro refugio veíamos como el fuego entraba y salía de las ventanas justo encima de donde estábamos escondidos. Sin dudarlo un momento, el cirujano que me acompañaba se agarró al muro y consiguió izarse y salir de ese pozo. Me quedé en la oscuridad, sola.

Ya era presa del pánico, pero ahora también estaba furiosa. Quería atacar a alguien, a quien fuera. Quería golpear a alguien en la cara. Odiaba a todos las partes implicadas en esta guerra estúpida. Quería que vieran todo el daño que habían causado a los civiles y que se pusieran en su lugar, que se imaginaran que eran sus familias. Veríamos, entonces, si todavía continuaban esta guerra sin sentido.

Y por supuesto, también tenía pavor. No quería ser quemada viva. En ese momento, las lágrimas brotaron trayendo todas mis frustraciones y miedos la superficie, a mi superficie.

Entonces, sorprendentemente, recuperé la calma y la claridad. Volví a ser una cirujana. Vi una pequeña pieza de acero que sobresalía de la esquina derecha. Estaba muy caliente pero aguanté y me ayudé de ella para conseguir salir fuera del agujero. Con cierto alivio distinguí a uno de mis compañeros tendido en el suelo cerca del jardín de rosas. Cuando me vio, se dibujó una gran sonrisa en su rostro.

Cuando la ráfaga de disparos en las inmediaciones se detuvo, nos arrastramos hacia un edificio situado a unos metros de donde nos encontrábamos. Estábamos a mitad de camino cuando una figura salió de la oscuridad. El miedo me atenazó de nuevo. No había sobrevivido al fuego para ser secuestrada. No, por favor.

Entonces, un hombre que vestía un traje tradicional afgano pronunció unas palabras que siempre recordaré:

– “Sígueme, aquí hay un lugar seguro”.

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Hospital de MSF en Kunduz tras el bombardeo © Dan Sermand/MSF

 

Kunduz 6 meses después

El 3 de octubre de 2015, el hospital de trauma de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Kunduz, Afganistán, fue destruido por ataques aéreos, precisos y repetidos, de Estados Unidos. El bombardeo mató a 42 personas, de los cuales 24 eran pacientes, 14 trabajadores humanitarios de MSF y 4 cuidadores, e hirió a decenas más. La instalación, un hospital en pleno funcionamiento en el momento del ataque, estaba, como tal, protegida por el Derecho Internacional Humanitario.

El ataque ha tenido consecuencias devastadoras para las víctimas, sus familias, los equipos de MSF y toda la comunidad de Kunduz. Seis meses después, el hospital permanece cerrado y miles de personas carecen de acceso a servicios médicos vitales.

Desde 2011, el hospital había venido proporcionando atención quirúrgica gratuita y de calidad a pacientes con heridas de guerra y a víctimas de traumatismos en general como consecuencia, por ejemplo, de accidentes de tráfico. Era la única instalación de este tipo en toda la región noreste de Afganistán y facilitaba servicios tanto a los residentes de Kunduz como de las provincias limítrofes.

MSF aún no ha tomado una decisión sobre la reapertura del hospital de Kunduz. Primero tenemos que obtener garantías claras de todas las partes en el conflicto de que nuestros pacientes, el personal y las instalaciones médicas estarán a salvo de ataques. Necesitamos saber que el trabajo de nuestros médicos, enfermeras y el resto del personal del centro será plenamente respetado tanto en Kunduz como en el resto de lugares en los que trabajamos en Afganistán. Exigimos garantías de que podemos trabajar de acuerdo a nuestros principios básicos y al derecho internacional humanitario; concretamente, que podemos proporcionar tratamiento con seguridad a todas las personas que lo requieren, sin importar quiénes son o de qué lado pueden combatir. Nuestra capacidad para operar hospitales en primera línea en Afganistán y en zonas de conflicto en cualquier lugar depende de la reafirmación de estos principios básicos.

 

Comentarios del artículo: Pesadillas de Kunduz, el hospital de MSF atacado por EEUU - Publicado: a las 1:00 am

Etiquetas: , , » Publicado: 23/03/2016

“Cuesta creer que este pueblo estuviera vacío hace sólo dos días”

Ester Gutiérrez es colombiana y se desempeña como coordinadora del proyecto de Médicos Sin Fronteras en Kabo, República Centroafricana. Acá relata la intervención one-shot en un alejado poblado de la RCA, donde se encuentran con personas con una capacidad de resistencia increíble y con una tenacidad admirable, pese a la violencia que azota de forma endémica este país.

Nos ha llovido a cántaros aunque estemos a 40 grados y falten dos meses para las primeras lluvias. Estamos en Zoumanga, un pequeño pueblo del norte de la República Centroafricana (RCA) y llevamos a cabo lo que denominamos one-shot. En resumen, es una intervención que intenta llegar al máximo de niños y embarazadas, y que combina promoción y prevención de la salud.

En este caso, estaba prevista para dos días antes, pero la población del lugar se había ido a esconder en la vegetación de los alrededores huyendo por miedo a la violencia que azota de forma endémica este país. A veces basta con un rumor para que la gente corra con la energía que llega a proveer el miedo. Pero hoy cuesta creer que este pueblo estuviera vacío hace solo dos días.

Mientras veo la fila de mamás con cientos de pequeños atados a sus espaldas o aferrados a sus piernas, esperando su turno para ser atendidos, no puedo evitar sentir una profunda empatía. Cantan y bailan en el intermedio de un ejercicio psicosocial dirigido por nuestro agente comunitario de salud mental. Han esperado sin quejarse durante horas para el turno de la vacunación o para el control prenatal. Eso es sólo un fragmento pequeñito en todo el tiempo que ha sabido forjarles una paciencia infinita.

Y aquí estamos, bajo cuatro árboles de mango. Organizamos un circuito para madres y niños en el que primero se detectan los casos de malnutrición y de malaria, luego se desparasita a los niños y se les da vitamina A. Los menores de un año reciben varias vacunas, y finalmente cada hogar recibe un par de mosquiteras impregnadas con insecticida para prevenir la malaria.

En una modesta construcción de ladrillo, improvisamos el consultorio para el control prenatal y postnatal. Hemos traído a una de las matronas del centro de salud de la cercana localidad de Kabo para llevar un servicio al que estas mujeres difícilmente tendrían acceso de otro modo.

Una simple carretera de tierra une Zoumanga y Kabo, donde hay un hospital gestionado por Médicos Sin Fronteras (MSF). Es sólo media hora en coche, un medio inaccesible para la enorme mayoría. Los que pueden pagarlo recurren al mototaxi, y los que no, van en bicicleta o a pie. Además de las dificultades de transporte, por el camino hay dos puestos de control de milicias locales, así que desplazarse al centro de salud implica la posibilidad de ser asaltado por milicianos armados. Es un riesgo que muchos prefieren no correr.

Para alcanzar comunidades aisladas como la de Zoumanga, MSF ha puesto en marcha estrategias para acercar los servicios de salud a la gente y, al hacerlo, nuestro personal también afronta riesgos de seguridad y por eso, intentamos que el impacto médico de cada intervención sea igualmente elevado. Justo al terminar este one-shot, nos informan que un convoy de otra organización humanitaria ha sido asaltado en la ruta entre Kabo y Zoumanga, a sólo a  5 kilómetros de nuestra posición. Hay que esperar la luz verde para poder regresar a la base en Kabo. Durante todo el camino deseo en silencio que no nos toque algo similar a nosotros.

Nos dicen ‘gente de terreno’. Somos gente ‘todo terreno’, eso seguro. Y eso mismo son nuestros pacientes. Personas con una capacidad de resistencia increíble, con historias de vida muy complicadas de entender desde fuera. Con una tenacidad admirable.

Me quedo enganchada a la imagen de una mujer que, con su niño de brazos, se lleva a casa bien puestas sobre la cabeza las dos mosquiteras que le hemos dado. Nada se le cae. Veo en ella la mejor prueba de lo que es saber andar por el mundo cargado manteniendo la dignidad.

 

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Zoumanga, pequeño pueblo del norte de la República Centroafricana (RCA) ©MSF/Ester Gutiérrez

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Etiquetas: , , , » Publicado: 14/03/2016

Desplazamiento, desarraigo y desesperanza

A través del siguiente testimonio, una mujer recuerda el horror de haber salido forzada de su tierra en Nariño, Colombia, y cómo su familia resultó afectada por la violencia.

Por Wilson James Londoño Garibello, psicólogo de Médicos Sin Fronteras (MSF)

“Mi nombre es L., en julio cumplí 55 años. Tengo 7 hijos y soy madre cabeza de familia. Llegué a Guapi desplazada de Iscuandé, Nariño. Eso me dio duro y a los tres pequeños me tocó internarlos, los veía cada 8 días. Llegué donde vive una hermana, nos desplazaron los grupos armados de la zona. Nos cogieron dormidos, llegaron tumbando las puertas y nos sacaron de la casa a un parque, a todo el pueblo. “El que se queda se muere”, nos decían. Preguntaban en qué trabajaban, a uno lo investigaban, si uno tenía armas tenía que traerlas, desarmaron el pueblo. Se quedaron tres días, se fueron y después volvieron en una lancha blanca. Al que encontraban lo mataban.

Traían listados con los nombres de las personas de la comunidad, nos tenían identificados. A veces amarraban al que cogían, como a un marrano, y lo cortaban o se lo llevaban y no lo volvíamos a encontrar. Nos decían que nos iban a dejar sin hombres. El día que tocó salir, ellos llegaron y empezaron a matar. Después de matar les rayaban la cara con un cuchillo. Había mucho nervio en el pueblo, hubo tres muertos por los tiros. El día del entierro de los muertos, alguien dijo que venía la lancha blanca y los ataúdes quedaron solos. Era mentira, pero la gente estaba asustada y corrió a guardarse. Después volvieron y no encontraron a los que buscaban, se fueron a buscar gasolina.

En el pueblo creíamos que no iban a matar más, pero ese día se llevaron a un profesor, lo amarraron y lo cortaron con machete. Eso fue a las cuatro de la tarde. Entonces, en la noche, todo el mundo se fue para Cali, otros para Guapi, el profe no apareció.

Mi carne temblaba, yo no tenía cómo moverme, mi esposo no estaba, no sabía qué hacer. Saqué mis cositas a la muralla, y a mis hijos. Me iba quedando sola, hasta que una vecina pasó en una lancha y nos montó. Cogimos para arriba. Más tarde apareció el papá de mis hijos. Yo no comía, iba cortada, en la carrera me corté un pie. No tenía ganas de nada. Finalmente el papá de mis hijos nos trajo a Guapi, a canalete, por el mar.

Ahora ya han pasado unos meses y me siento mal, no puedo oír tiros fuertes porque salgo a correr, no puedo estar sola, si los hijos varones salen me desespero, no duermo pensando en una cosa o en otra, siento que algo me falta, me da miedo. Tengo un hijo igual a mí, con mucho miedo. Tiene 19 años, él se levanta nervioso, está cursando 9º, yo se lo había mandado al papá que se quedó resistiendo en el pueblo. Mi esposo no dejó la finquita que tenemos, así que no se pudo quedar con nosotros en Guapi.

A mi hijo ya le tocó otro desplazamiento, por un enfrentamiento en el que mataron a unos soldados. Yo a veces lloro, me da duro. Uno siembra, lo produce todo con sus manos, criaba gallinas, vendía papachina y ahora aquí me ha tocado duro, vendo por catálogo. A veces sueño con los grupos armados. Después de lo que pasó hice un paseo allá con todos los hijos para que se vieran con el papá, y esos grupos intentaron quitarme a dos hijas”.

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Desde el 2010 Médicos Sin Fronteras (MSF) ha asistido con servicios de salud primaria y salud mental a las poblaciones de los cascos urbanos y zona rural de los municipios del pacifico Caucano. En 2015 cierra la intervención en esa zona del país con la atención a 6.579 pacientes en nuestros servicios de salud primaria, 720 en salud mental y la respuesta a 8 emergencias. Médicos Sin Fronteras hace un llamado urgente a las autoridades del gobierno colombiano, para que habiliten servicios públicos de salud de calidad accesibles a todas las poblaciones, especialmente a aquellas que por razones geográficas y del conflicto se encuentran en condiciones de extrema vulnerabilidad, como es el caso de las poblaciones de la región del Pacífico.

 

Comentarios del artículo: Desplazamiento, desarraigo y desesperanza - Publicado: a las 12:00 am

Etiquetas: , , , , , , , , , » Publicado: 03/03/2016

“Nuestras bombas son más inteligentes que las tuyas”

Los cuatro miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU que intervienen en el conflicto deben respetar sus propias resoluciones. En Siria, las coaliciones pretenden minimizar las bajas civiles a la vez que maximizan la muerte de terroristas. Ninguna de las partes en conflicto está dispuesta a asumir la responsabilidad de la destrucción de escuelas y hospitales.

Por Michiel Hofman, especialista en Asuntos Humanitarios de Médicos Sin Fronteras (MSF).

Un número estremecedor de civiles están siendo asesinados y heridos en Siria. Y está sucediendo con una responsabilidad mínima para los Estados involucrados, en particular para el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, la mayoría de cuyos países miembros apoyan a los bandos enfrentados en la guerra. En el juego diplomático de acusaciones cruzadas ha surgido un nuevo tipo de carrera armamentística. En el pasado, las potencias de la Guerra Fría salían de su rutina para afirmar: “mis bombas son más poderosas que las tuyas”. Hoy, esas mismas potencias discuten sobre a quién pertenecen las bombas más inteligentes.

El ataque del pasado lunes 15 de febrero sobre el hospital apoyado por Médicos Sin Fronteras (MSF) en Idlib, Siria, acabó con la vida de 16 pacientes y 9 trabajadores del centro. Turquía fue rápida en señalar al gobierno sirio y a sus aliados como responsables, Rusia negó su participación, mientras que el Gobierno de Damasco culpaba a la colación liderada por Estados Unidos.

John Kerry, secretario de Estado de Estados Unidos, afirmó que Rusia estaba usando “bombas no guiadas” en Siria, lo que venía a decir que los ataques aéreos de Estados Unidos eran más inteligentes y no podrían haber causado bajas civiles. Para MSF, resulta difícil dar crédito a esta afirmación. En octubre, un ataque aéreo de Estados Unidos destruyó el hospital de Trauma de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Kunduz, Afganistán.

El cielo de Siria está congestionado con dos coaliciones militares diferentes: el Gobierno sirio respaldado por Rusia, y la coalición liderada por Estados Unidos, que incluye a otros dos miembros permanentes del Consejo de Seguridad: Reino Unido y Francia. Ninguna de las partes del conflicto está dispuesta a asumir la responsabilidad de la destrucción de escuelas, hospitales y otros lugares protegidos. Aun así, son devastados con una frecuencia terrible. Necesitamos un órgano de investigación independiente para esclarecer los hechos.

La semana pasada, John Kerry, secretario de Estado de Estados Unidos, afirmó que Rusia estaba usando “bombas no guiadas” en Siria, lo que venía a decir que los ataques aéreos de Estados Unidos eran más inteligentes y no podrían haber causado bajas civiles.

Para MSF, resulta difícil dar crédito a esta afirmación. En octubre, un ataque aéreo de Estados Unidos destruyó el hospital de Trauma de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Kunduz, Afganistán.

Entre octubre y enero otros tres centros de salud apoyados por MSF en Yemen fueron atacados. Posteriormente se confirmó que dos de estos ataques habían sido realizados por la Coalición liderada por Arabia Saudí, que opera con equipos de Reino Unido y cuenta con asesoramiento de Estados Unidos. Todos estos ataques han sido presentados como “errores” lo que indica una falta de precisión, o peor, una falta de respeto por las estructuras médicas.

En Siria ambas coaliciones pretenden minimizar las bajas civiles a la vez que maximizan la muerte de terroristas, con escaso acuerdo sobre qué constituye un terrorista o un moderado. Los hospitales que MSF apoya en Siria están privados de cualquier protección posible. Estos centros no pueden ser claramente identificados como hospitales ni pueden compartir sus coordenadas GPS.

En 2012, el Gobierno sirio aprobó una ley anti-terrorista que declaró ilegal la asistencia humanitaria a la oposición, incluyendo la atención médica, forzando a la mayoría de las estructuras médicas a trabajar bajo tierra y a operar sin registro médico gubernativo. En consecuencia, quienes bombardean pueden afirmar, a conveniencia, que no tenían conocimiento de que se trataba de un hospital.

Los datos médicos de los centros médicos apoyados por MSF revelan el sobrecogedor coste humano del conflicto: 155.000 heridos de guerra fueron atendidos en 2015 en 70 hospitales que sólo cubren una porción de terreno relativamente pequeño. Entre el 30 y 40 por ciento de los heridos fueron niños o mujeres, lo que supone una muestra obvia de que los civiles no están protegidos de los ataques.

Cuatro de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU presentan sus fuerzas aéreas como fuerzas humanitarias que luchan contra terroristas, comprometiéndose a usar los mismos aviones tanto para arrojar bombas como para lanzar alimentos en los enclaves sitiados. Pero la población en las zonas sitiadas está muriendo, fundamentalmente, por las heridas de guerra y la falta de atención médica. En términos prácticos, el goteo alimentario es poco más que un ejercicio de relaciones públicas.

Los civiles son asesinados y los hospitales son destruidos, mientras que quienes tratan de huir se encuentran atrapados en zonas sitiadas en Siria o bloqueados en las fronteras turcas y jordanas. Los cuatro miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU que intervienen en el conflicto deben respetar sus propias resoluciones y asegurarse de que sus ejércitos y sus aliados militares comienzan a poner en práctica las resoluciones que aprobaron por unanimidad.

*El artículo ha sido publicado originalmente en The Guardian.

Comentarios del artículo: “Nuestras bombas son más inteligentes que las tuyas” - Publicado: a las 2:00 am

Etiquetas: , , , , » Publicado: 18/02/2016

“Nuestros compañeros tuvieron que reunir a sus familias y huir”

Ahmed es el encargado de la farmacia de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Kilis, Turquía. En estos momentos, trabaja en el programa de donaciones de medicamentos y suministros médicos de MSF que apoya a más de 15 hospitales y centros de salud dentro de Siria, y distribuye bienes de primera necesidad a los desplazados internos atrapados en el conflicto. Este es su testimonio.

Hay decenas de miles de personas que se desplazan desde sus aldeas a la frontera con Turquía. Algunos se han asentado cerca de nuestro hospital de Al Salama. Esas personas no tienen un lugar para dormir. La primera noche, muchos durmieron en la calle. Carecen por completo de agua potable y de baños. No reciben ninguna asistencia.

Nuestros propios empleados han tenido que reunir a sus familias y abandonar sus hogares uniéndose a las miles de personas en movimiento hacia la frontera turca. Alrededor de 50 de nuestros trabajadores han tenido que huir con sus familias. Se han asentado temporalmente en Al Salama o en tiendas de campaña en un campamento en la frontera. El primer día tuvimos que reducir las actividades del hospital a causa de la gran cantidad de desplazados que llegaban al centro en busca de ayuda.

No puedo dar una estimación de cuántas personas están en movimiento. El primer día había al menos 500 familias en la puerta principal de la frontera, pero esos son sólo los que he visto. He oído que hay muchos, muchísimos más en los pasos fronterizos no oficiales.

Ayer pregunté a algunas de las personas desplazadas sobre la asistencia que requerían. “No hemos venido para quedarnos en una tienda de campaña”, me respondieron. “Sólo queremos entrar en Turquía”. No reciben ninguna atención médica ni disponen de un alojamiento adecuado. No hay suficientes tiendas de campaña.

En el hospital de MSF de Al Salama, muchos compañeros que normalmente trabajan en la farmacia ahora están ocupados en aspectos logísticos, en conseguir medicamentos y suministros médicos y hacerlos llegar desde el punto A al punto B porque es lo que se requiere en estos momentos. Hace una semana completamos una ronda de donaciones en la ciudad de Alepo. Durante la misma, facilitamos suministros para tres meses a 10 hospitales ubicados en la propia Alepo y a otros 5 centros hospitalarios situados en las zonas rurales. Con esta distribución también facilitamos suministros a 5 centros de salud y 5 puestos de primeros auxilios. Afortunadamente, fuimos capaces de llevarla a cabo antes de que la carretera fuera bloqueada.

El gobierno turco ha cerrado la frontera para todos excepto para el personal médico sirio. Los guardias fronterizos tienen una lista de los médicos sirios y permiten que estos pasen al otro lado, lo cual es positivo. Esto nos permite brindar atención médica a aquellos que la necesitan en el lado sirio.

ahmed-600Ahmed, responsable de Farmacia de MSF en Kilis, Turquía © MSF  

Comentarios del artículo: “Nuestros compañeros tuvieron que reunir a sus familias y huir” - Publicado: a las 2:00 am

Etiquetas: , , , , , » Publicado: 18/01/2016

Yemen: Luchando por oxígeno en el enclave de Taiz

Nora Echaibi es una enfermera de Médicos Sin Fronteras (MSF) que está en Yemen desde abril de 2015. Ha trabajado en Aden, Sana’a, Qataba, Ad-Dhale y, actualmente, se encuentra en Taiz, una ciudad al suroeste del país donde viven unas 600.000 personas.

“Desde el pasado septiembre hemos intentado entrar, sin éxito, en el enclave de la ciudad de Taiz, que está bajo asedio del grupo huti Ansarallah, para dar asistencia médica. El pasado domingo 3 de enero hicimos nuestro primer intento del año, el primero sin llevar suministros con nosotros ya que no nos lo permiten.

La línea del frente se ha movido, lo que nos obliga a tomar una carretera diferente que es mucho más larga. Nos pararon dos veces pero nos dejaron pasar hasta el mercado de Bir Basher. Ahí estacionamos el coche para cruzar el último puesto de control a pie, la única manera de entrar.

Hay tanta gente cruzando que es un caos. Vimos el camión del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas retenido mientras intentaba entrar comida. Un grupo de mujeres trató de juntarse a nuestro equipo, con la esperanza de tardar menos, pero las pararon. Hay personas que están horas e incluso días para pasar. Hay familias separadas en el puesto de control, incluso las de nuestro personal. Al llegar, había decenas de minibuses esperando. Oímos disparos muy de cerca, quizás al aire, quizás no. Encontramos nuestro minibús y salimos de la zona lo más rápido posible.

Las carreteras estaban tranquilas aunque las cicatrices de la guerra se podían ver en los edificios. La mayoría estaban dañados, muchos incluso se han caído, sobre todo los que están cerca de las líneas de fuego. Sin embargo, vimos gente haciendo vida social, comprando en los mercados. Pese a que esperan los bombardeos a diario, sus esfuerzos por seguir con sus rutinas diarias hacen que la atmósfera sea de alguna forma más tranquila.

Sin embargo, el impacto del estado de sitio es claro: los precios del mercado se han disparado y hay zonas donde las líneas de fuego están despobladas. No hay electricidad excepto para algunos suertudos con generador e, incluso menos, con gasolina para hacerlos funcionar. Pero todo el mundo estaba contento de vernos, de ver a unos extranjeros que van a ayudar. No nos dejaban pagar por nada.

Llegamos al hospital de Al Tawrah. La última vez que estuve fue en septiembre y la ausencia actual de pacientes fue sorprendente. Las actividades médicas se han reducido de forma drástica, los suministros médicos son muy limitados, especialmente la anestesia, y hay poca gasolina para el generador. Además, tienen poco oxígeno aunque una organización yemení basada en Adén ha conseguido 30 bombonas. Ahora el hospital puede reabrir parte de su unidad de cuidados intensivos, al menos por un tiempo.

Lo mismo pasa en otros hospitales: Al Rawdah, Al Jamhouri Yemeny, Al Modaffar, y Ta’aown. Y, sin embargo, nuestros almacenes fuera del enclave están llenos. Es doloroso ser testigo de la situación de hospitales grandes como el de Al Jamhouri, que estoy acostumbrada a ver con mucha actividad y que ahora están tan parados. En la maternidad solo vi a una mujer y tres recién nacidos diminutos. Uno de los bebés necesitaba oxígeno, pero la bombona a la que estaba conectado no tenía contenedor ya que no había ninguno disponible. Es tan frustrante: a dos kilómetros al otro lado de la línea de fuego, MSF gestiona un hospital de salud materno-infantil en pleno funcionamiento, pero estas personas no pueden llegar a él.

Cuando cayó la noche, nos quedamos en el apartamento del cirujano. Cuando estoy fuera del enclave, estoy acostumbrada a oír los disparos que van hacia fuera, ahora estoy al otro lado y los oigo venir hacia nosotros. Es una nueva experiencia. El suelo se movió de forma violenta cuando las bombas cayeron cerca.

A la mañana siguiente los proyectiles siguieron cayendo pero me desperté con el sonido de un avión. Fuera del enclave sería causa de alarma porque no sabemos cuál es el objetivo. Pero dentro, la gente sabe que no es ahí así que se sienten más seguros. Durante dos horas el avión estuvo sobrevolando y nosotros seguimos con nuestras visitas al hospital. La sensación fue extraña.

De ahí volvimos al puesto de control para salir del enclave. La gente que entraba traía bolsas de harina en carretas. Nos dijeron que ese día era relativamente fácil pasar. Para nosotros es mucho más fácil salir que entrar”.

msf-600Nora Echaibi, enfermera de Médicos Sin Fronteras. Trabaja en la logística y las finanzas del día en la oficina, el 22 de julio de 2015 © MSF

Comentarios del artículo: Yemen: Luchando por oxígeno en el enclave de Taiz - Publicado: a las 12:00 am

Etiquetas: , , , , , » Publicado: 08/01/2016

Yemen: No hay refugio en este país olvidado

No son muchos los que saben lo desesperada que es la situación en Yemen desde que estalló la última guerra en marzo de 2015. Por desgracia, apenas hay voces que se alcen para hablar de la triste situación de este país y como siempre ocurre en las guerras, quienes más sufren son los civiles.

Por  José Antonio Bastos, presidente de Médicos Sin Fronteras.

El profeta Mahoma dijo una vez de Yemen que sería el último refugio para su Ejército en caso de que tuviera que escapar y buscar seguridad. Hoy, es difícil encontrar refugio en el país más pobre de la península arábiga. Su caso ilustra un desinterés general que resulta enormemente desproporcionado con respecto a las necesidades básicas de su gente en el terreno. ¿Cómo hemos llegado a esto?

No son muchos los que saben lo desesperada que es la situación en Yemen desde que estalló esta última guerra en marzo de 2015. El país, con un pasado cultural y tribal complejo, vive décadas de conflictos y transiciones políticas convulsas. La guerra actual, de carácter interna, también tiene una importante dimensión sectaria regional. La campaña militar liderada por Arabia Saudí y su Coalición de países del golfo Pérsico sigue bombardeando muchas regiones. Zonas como Saada y la capital, Saná, continúan soportando ataques regulares.

Como siempre ocurre en las guerras, quienes más sufren son los civiles. El embargo impuesto por la Coalición para limitar la importación de armas ha tenido un efecto colateral devastador en todos los sectores del comercio, y dificulta enormemente el abastecimiento de combustible y los alimentos básicos. Yemen depende enormemente de las mercancías importadas y apenas tiene industria o recursos naturales; la consecuencia es que la economía ha quedado paralizada y la actividad del mercado negro se ha disparado.

A diferencia de lo que ocurre en Siria, con un acceso más fácil al Mediterráneo y una población con mayores medios económicos, no hay realmente un lugar al que los yemeníes puedan huir. En su frontera norte limitan con un país hostil que les bombardea, y sus otras opciones están al otro lado del estrecho de Adén: Somalia y Yibuti. Ambas alternativas son, por cuestiones de seguridad o económicas, extremadamente limitadas.

A finales de octubre, la Coalición bombardeó, hasta destruirlo por completo, un hospital apoyado por MSF en Haydan. El 2 de diciembre, de nuevo fuerzas de la Coalición alcanzaron una de nuestras clínicas móviles, causando nueve heridos, entre ellos dos de nuestros trabajadores. Estos ataques son brutalmente inhumanos, ilegales, inaceptables y cometidos por todas las partes del conflicto.

Por eso, 2,3 millones de desplazados están en movimiento dentro de Yemen, esperando, en condiciones de extrema precariedad, a que la inestabilidad disminuya para poder volver a sus hogares. Viajan con sus niños y están dispersos en zonas remotas. Muchos se han visto obligados a huir varias veces de los campos de desplazados, objetivo también de los bombardeos.

El sistema de salud, ya de por sí frágil antes del conflicto, sufre una hemorragia constante agravada por la falta de combustible, de medicamentos y de equipamiento médico. Como resultado, su capacidad de dar un nivel mínimo de atención es muy escasa.

Este conflicto también se caracteriza por reiterados ataques contra los centros médicos. Según hemos podido documentar en Médicos Sin Fronteras, han tenido lugar bombardeos, disparos, uso de instalaciones médicas para colocar a francotiradores, ataques contra ambulancias y bloqueo de los suministros sanitarios en Taiz, Adén, Hajjah, Saná y Marib.

A finales de octubre, la Coalición bombardeó, hasta destruirlo por completo, un hospital apoyado por MSF en Haydan. El 2 de diciembre, de nuevo fuerzas de la Coalición alcanzaron una de nuestras clínicas móviles, causando nueve heridos, entre ellos dos de nuestros trabajadores.

Estos ataques, brutalmente inhumanos, ilegales, inaceptables y cometidos por todas las partes del conflicto, ponen en peligro la vida de pacientes y sanitarios, así como la posibilidad y el derecho de los civiles a recibir atención médica en tiempos de guerra.

A pesar de la gravedad de la situación, muy pocos Gobiernos sitúan las necesidades humanitarias de Yemen en un lugar destacado en sus prioridades de política exterior. Esto se debe, muy probablemente, a las alianzas políticas con la Coalición –que incluyen a Estados Unidos y Reino Unido–, que prefiere que este conflicto sea poco conocido. Esta falta general de voluntad política se está traduciendo en una falta de respuesta humanitaria adecuada a corto plazo. Y sin la presión política necesaria, la ONU no se mueve. De hecho, está paralizada por sus propias reglas y mecanismos que, cuando no hay suficiente presión de los donantes, la vuelven totalmente incapaz en un contexto de gran inseguridad, independientemente del deterioro dramático de la situación en el país.

Por desgracia, apenas hay voces que se alcen para hablar de la triste situación de Yemen. La presión política para detener el embargo y el bombardeo de zonas civiles es prácticamente inexistente y el olvido al que está sometido este conflicto proporciona cobertura a las violaciones de las leyes de la guerra y el marco legal que ampara la acción humanitaria.

Ni los brutales bombardeos, ni el uso peligroso de armamento pesado en zonas densamente pobladas, ni los desplazamientos masivos de población y sus necesidades humanitarias desesperadas, atraen la atención de la comunidad internacional. Yemen carece del atractivo mediático de otras crisis. La deriva gradual de la situación es muy grave: todo un país se tambalea al borde de un colapso total. La presencia de un puñado de organizaciones humanitarias puede retrasar la descomposición, pero no evitarla.

Solo cuando sus refugiados comiencen a embarcarse en rutas peligrosas hacia Europa, los líderes mundiales se sentarán a reflexionar y a cuestionarse por qué se abordan las consecuencias secundarias de este conflicto desconocido en lugar de las más inmediatas, y por qué no han sido capaces de ayudar a los yemeníes a encontrar protección y refugio dentro de su propio país.

Comentarios del artículo: Yemen: No hay refugio en este país olvidado - Publicado: a las 6:00 am

Etiquetas: , , , , , , » Publicado: 28/12/2015

Hoy las nigerinas saben que sus hijos desnutridos pueden curarse

Elyse Aichatou es enfermera. Recién salida de la escuela de la especialidad en 2005, fue contratada por Médicos Sin Fronteras (MSF) para asistir a niños desnutridos en un momento en que Níger padecía una grave crisis alimentaria. Hace ya diez años que Elyse trabaja en los centros de nutrición de MSF en el sur del país. A continuación, nos cuenta su experiencia en la lucha contra la desnutrición en la región de Zinder desde 2005 hasta la actualidad.

Nací en Zinder, la segunda ciudad de Níger, situada en el sur del país. En 2005, tras recibir el diploma, fui contratada por MSF. Tenía 21 años cuando empecé a trabajar como enfermera por días en el centro de recuperación nutricional intensiva (CRENI, por sus siglas en francés) de MSF en Birni, uno de los barrios de Zinder. Era el mes de agosto, durante el peak de desnutrición infantil estacional, que tiene lugar cada año entre los meses de junio y septiembre. MSF había equipado un colegio que estaba vacío por las vacaciones escolares. Yo estaba en cuidados intensivos. Muchos niños desnutridos llegaban en estado crítico. Las madres lloraban por sus hijos muertos. Me acuerdo como si fuera ayer. Fue muy duro psicológicamente. Después me trasladaron a Magaria, donde la situación era aún más crítica. Fue una segunda experiencia verdaderamente difícil.

¿La desnutrición? Antes de empezar a trabajar había oído hablar de ella, pero no creía que existiese. En esa época, se decía que los niños desnutridos habían contraído algo a causa de la suciedad. La creencia popular decía que los niños se desnutrían si dormían sobre el colchón donde su madre había engañado a su marido…

Hoy ya no se creen estas cosas. Aún queda mucho trabajo de concientización por hacer entre la comunidad, pero gracias a la labor de MSF en estos últimos 10 años, la mayoría de la gente ha entendido que un niño desnutrido es un niño enfermo y que puede curarse si recibe los cuidados apropiados. Esto constituye un cambio enorme. Antes, en los pueblos, perder a un niño desnutrido era parte de la vida. Hoy, las nigerinas saben que sus hijos desnutridos pueden curarse. Siempre tenemos muchos niños con desnutrición en nuestros centros de tratamiento durante los peaks estacionales, y esto demuestra que la gente acude en busca de cuidados de calidad, y que el acceso al tratamiento es más fácil para las familias, sobre todo con la gratuidad que ofrece MSF.

Desde 2005, los protocolos nacionales de atención a la desnutrición también han evolucionado y se ha generalizado el uso de alimentos terapéuticos preparados a nivel domiciliario. La calidad de nuestro trabajo ha mejorado: hemos recibido formación, hemos desarrollado nuevas herramientas y hemos empezado a hacer campañas de prevención para evitar que haya demasiados niños enfermos de gravedad durante los picos. Gracias a esto, somos capaces de prevenir mejor y de curar mejor.

A lo largo de estos años y de estos periodos de peak, he visitado todas las estructuras de salud que MSF gestiona en la región: Dungass, Magaria, Bangaza, etc. En 2013, me incorporé al equipo de emergencia de MSF en Níger. Es un equipo de gente experimentada que MSF utiliza en caso de emergencia para intervenir más rápidamente cuando se necesite.

Los años que más me han marcado han sido 2005 y 2015. Hace diez años, era el estado de los niños lo que impactaba: había casos muy graves. Pero este año, en Magaria hemos tenido que gestionar una llegada súbita y masiva de niños. ¡Hubo hasta 750 niños en el CRENI del hospital en octubre! Los equipos estaban desbordados, y tuvimos que poner a varios niños en cada cama. No habíamos visto algo así desde hacía años, aunque la desnutrición sea una crisis crónica en Níger. La victoria contra la desnutrición aún no se vislumbra.

Niger - 10 years of MSF - Nurse Elise Danzara- testimonyElyse Aichatou: © MSF

fotomsfchicoDesde marzo pasado, MSF está implementando un paquete preventivo y curativo de cuidados integrales en el área de Tama, distrito de Bouza, en la región de Tahoua ©Juan Carlos Tomassi/MSF

Comentarios del artículo: Hoy las nigerinas saben que sus hijos desnutridos pueden curarse - Publicado: a las 12:00 am

Etiquetas: , , , , » Publicado: 14/12/2015

Haití: ¿Por qué fue recortado el financiamiento para la salud materna?

La historia de Serene que contamos en este artículo deja en evidencia los elevados riesgos que ahora enfrentan las mujeres embarazadas y sus hijos recién nacidos en Haití debido a los recortes en el financiamiento de la asistencia sanitaria.

Por Paul Brockmann, coordinador general de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Haití.

Serene Princeton estuvo perdiendo líquido amniótico durante dos semanas. Visitó diferentes hospitales en Puerto Príncipe en busca de ayuda, incluyendo el Centro de Referencias para Urgencias Obstétricas (CRUO) gestionado por Médicos Sin Fronteras (MSF). Pero ante el aumento de la llegada de pacientes y al no reunir los criterios de admisión –la pérdida se había detenido-, MSF se vio forzado a darles prioridad a aquellas personas con riesgo inmediato de tener complicaciones en el parto. Y recientemente, los criterios de MSF tuvieron que ser ajustados.

Serene se encaminó entonces hacia el hospital general pero estaba en huelga. Fue a otros hospitales, pero estos estaban aceptando únicamente a mujeres a punto de parir y ella no lo estaba. Serene comenzó a sangrar y tenía temor a fallecer junto a su bebé. Desesperada, regresó al CRUO por segunda vez, y allí explicó que se estaba muriendo. Su voz se había ido por el llanto. Para entonces su situación respondía a los criterios de MSF y fue admitida. Estuvo en trabajo de parto por tres días antes de que finalmente diera a luz por cesárea a un bebé prematuro, Dieudens, que se encuentra en buen estado de salud.

Dar a luz en Haití cuesta 8 dólares. Si es un parto complicado, cuesta más de 300 dólares. Más de la mitad de la población vive con sólo dos dólares al día. Si eres una mujer embarazada que ha sido diagnosticada con un parto potencialmente riesgoso, y por lo tanto, no eres de las pocas personas adineradas, una de tus únicas opciones será el CRUO de MSF, especializado en atención obstétrica compleja que ofrece asistencia gratuita.

La reconstrucción sanitaria en Haití que ha seguido al devastador terremoto hace casi seis años atrás se ha enfrentado a numerosos problemas. Hay muchos ejemplos de fondos que se han invertido en la construcción de hospitales pero con una planificación insuficiente en cómo proveerlos de personal, de suministros y en cómo gestionarlos. El resultado: edificios que son envoltorios vacíos y que ofrecen poca o ninguna atención médica.

El financiamiento para la atención materna había sido diferente. El programa de Canadá “Manman Ak Timoun una Sante” (MATS), dirigido específicamente a la salud maternoinfantil, así como el financiamiento internacional para Organizaciones No Gubernamentales (ONG) médicas, había servido para llenar muchos vacíos en la provisión de asistencia sanitaria materna.

Pero ahora el programa MATS está cancelado y el financiamiento gubernamental internacional de las ONG en Haití han caído. Además, Haití planea gastar sólo el 5.4% de su presupuesto en atención sanitaria en 2015-2016. La vecina República Dominicana dedicará 11.5% de su presupuesto a atención sanitaria. En el CRUO de MSF, construido y gestionado de manera independiente sin este financiamiento gubernamental internacional y por lo tanto no afectado por esta reducción, ha resultado muy claro el preocupante impacto de esto.

En 2014, la unidad neonatal tuvo que admitir un 32% más de recién nacidos que el año anterior, ejerciendo una tensión insostenible en el departamento. El mismo año, la derivación de mujeres embarazadas al CRUO aumentó un 18%, poniendo en evidencia la disminución de la capacidad de otras instalaciones cercanas. En respuesta a esta situación, en 2015, MSF ha tenido que ajustar sus criterios de admisión para enfocarse sólo en aquellas mujeres y niños recién nacidos con mayores riesgos. Esto tiene serias implicaciones para el bienestar de muchas mujeres. Mujeres como Serene Princeton.

La historia de Serene destaca los elevados riesgos que ahora enfrentan las mujeres embarazadas y sus hijos recién nacidos en Haití debido a los recortes en el financiamiento de la asistencia sanitaria. La inversión de los donantes internacionales y el gobierno de Haití en la asistencia sanitaria han demostrado claros resultados. Estos recortes necesitan ser revertidos.

haticolumna600           Pacientes arriban al CRUO de MSF en Puerto Príncipe, Haití. Imagen: Shiho Fukada/Panos

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Etiquetas: , , , , , » Publicado: 07/12/2015

“No tenía ninguna opción, sólo correr”

Un testimonio que deja en evidencia la crudeza de la crisis migratoria aporta Sayed, un adolescente de Afganistán que ha vivido un calvario para entrar a Europa. Esta es su historia.

Sayed* es un joven de 16 años de Herat (Afganistán). Viene desde Irán con sus tíos y su primo. Su viaje finalizó de forma abrupta cuando llegó a la frontera entre la Antigua República Yugoslava de Macedonia (ARYM) y Serbia el pasado 19 de noviembre, el día en que los estados balcánicos comenzaron a aceptar que solo ciertas nacionalidades cruzaran sus fronteras.

“Como todos los demás, llegamos en tren y caminamos hacia la frontera. Era de noche. En la frontera había policías que nos preguntaban por nuestra documentación y de dónde veníamos. Mi familia cruzó primero y no tuvo ningún problema. Cuando llegó mi turno, mostré la documentación que me habían dado en Macedonia. Erróneamente, afirmaron que era iraní. Probablemente lo escribieron porque había estado viviendo en Irán después de escapar con mi madre de Afganistán. Mi tío le dijo a la policía que iba con ellos y que éramos familia, pero no le escucharon y no me permitieron cruzar.

He vivido con mi madre en Irán desde hace cuatro años. Somos de un pueblo cercano a Herat, pero no podíamos quedarnos allí. Hombres armados se llevaron a mi tío a la fuerza y uno de mis primos fue asesinado. Estando en Irán, mi padre desapareció, no sé dónde está. Mi sobrina fue tiroteada y asesinada en su casa mientras rezaba. Esas fueron mis principales razones para irme, pero también la pobreza y la ausencia de trabajo. Hemos estado viajando durante 30 días.

Tras ser rechazado en la frontera tuve que quedarme al otro lado. Era medianoche y estaba muy oscuro. Estaba desesperado pero no podía hacer otra cosa que permanecer allí. Alguien me dijo que la frontera abriría de nuevo al día siguiente, así que dormí justo allí, en el campo. Hacía mucho frío. Cuando desperté a la mañana siguiente, la frontera continuaba cerrada así que volví a un campo que estaba en el lado macedonio. Allí una persona me dijo que el paso probablemente iba a estar cerrado bastante tiempo.

Esto me empujó a tomar una decisión. No podía esperar más, intentaría cruzar la frontera por mi cuenta. Correría a través de los campos, cerca de la estación de tren. Sabía que sería peligroso y que mi vida estaba en juego, pero no tenía otra opción. Creí en mí mismo: o lo hacía o moriría.

Afortunadamente, logré cruzar la frontera y junto a otras personas llegué a un pueblo desde donde salían los autobuses. Cuando alcancé al centro de registro (en Presevo, aproximadamente a 10 kilómetros de la frontera) estaba tan asustado que comencé a sentirme enfermo. Al principio no me atrevía a mostrar mis papeles a la policía de la entrada, pero al final tuve que enseñárselos. Dijeron: ‘Oh, eres de Irán’, y entonces me mandaron fuera.

Tengo que quedarme fuera del centro de registro, mientras mi familia está todavía dentro. Espero que corrijan el error en mi documentación y poder así continuar mi viaje. No sé dónde iré aún, quizás a Alemania, tenemos amigos allí. Pero realmente no me preocupa dónde viviré, solo quiero estar en un lugar donde pueda estar a salvo. Algún día me gustaría ser médico, pero primero deben acabar mis problemas.

Después de días de dura espera, el error en la documentación macedonia de registro de Sayed fue solventado. Como ciudadano afgano se le permitió registrarse en Serbia y pudo reunirse con su familia. Esto solo fue posible porque corrió el riesgo de cruzar la frontera irregularmente, de forma clandestina.

*Nombre modificado para proteger la identidad

Portrait of  Sayed From Afghanistan

Foto: Florian Lems/MSF

Comentarios del artículo: “No tenía ninguna opción, sólo correr” - Publicado: a las 9:00 am

Etiquetas: , , , , , , » Publicado: 13/11/2015

No hay excusas para bombardear un hospital

El ataque de un avión del ejército de Estados Unidos contra el hospital de Médicos Sin Fronteras (MSF) en la ciudad de Kunduz constituye una gravísima violación del Derecho Internacional Humanitario. Nada puede excusar la violencia contra pacientes, personal sanitario y estructuras médicas. Incluso la guerra tiene reglas.

Por David Cantero Pérez, director de Médicos Sin Fronteras (MSF).

El pasado sábado 3 de octubre, un avión del ejército de Estados Unidos bombardeó de manera precisa y repetida el hospital de Médicos Sin Fronteras (MSF) en la ciudad de Kunduz, en el noreste de Afganistán, provocando la mayor pérdida de vidas humanas por un ataque aéreo en la historia de nuestra organización.

Treinta personas perdieron la vida: al menos 13 trabajadores de MSF y 10 pacientes (entre los que había 3 niños), muchos de ellos calcinados en sus camas. Otro trabajador y dos pacientes se presumen muertos, 37 personas fueron heridas y otros siete cuerpos encontrados en el hospital han sido imposibles de identificar.

Los bombardeos siguieron durante más de media hora, aun cuando nuestros colegas informaron a las fuerzas de los Estados Unidos, en Washington, y de Afganistán, en Kabul, que el hospital estaba siendo atacado. Ambas partes conocían las coordenadas GPS con la ubicación del centro de urgencias, que se encontraba en ese momento en pleno funcionamiento, con 105 pacientes y más de 80 trabajadores de MSF.

El Gobierno de Estados Unidos admitió días después que fueron ellos quienes perpetraron el ataque, minimizando el bombardeo como un “daño colateral” y cambiando varias veces de versión respecto a las razones del mismo.

Nada puede excusar la violencia contra pacientes, personal sanitario y estructuras médicas. Los hechos y las circunstancias de esta gravísima violación del Derecho Internacional Humanitario son inadmisibles y deben ser investigados de forma independiente e imparcial, más aún tras las inconsistencias en las explicaciones sobre lo ocurrido. Hemos sufrido otros ataques en el pasado, pero este ha marcado un antes y un después. Está en juego el futuro de la asistencia médica a las poblaciones atrapadas en medio de conflictos armados. Hoy tenemos que lamentar además que 300.000 personas quedaron sin acceso a asistencia sanitaria cuando más la necesitan.

El Presidente estadounidense, Barack Obama, ofreció personalmente sus disculpas. Pero eso sólo no alcanza. Necesitamos que se respeten las Convenciones de Ginebra. Queremos saber qué pasó, y aún más importante, por qué. Necesitamos respuestas. No podemos confiar únicamente en las investigaciones abiertas por las partes implicadas en el conflicto. Exigimos una investigación independiente. No sólo para nosotros, sino para todo el personal médico y humanitario que asiste a víctimas de conflictos en cualquier parte del mundo. No se puede bombardear un hospital. Incluso la guerra tiene reglas.

20151112_Ataque a hospital MSF Kunduz Así quedó el hospital de Kunduz. Imagen: MSF

 

 

Comentarios del artículo: No hay excusas para bombardear un hospital - Publicado: a las 9:30 am

» Publicado: 14/10/2015

Detenidos por un sueño

Umberto Pellecchia, antropólogo de Médicos Sin Fronteras (MSF), relata la situación de un gran número de migrantes africanos que atraviesa Malawi de camino a Sudáfrica. Muchos de ellos están siendo arrestados en su paso por Malawi y están siendo entregados al Departamento de Inmigración, que a su vez los entrega a las prisiones de Malawi, donde languidecen por un periodo de hasta seis meses en la sección de detención preventiva de las cárceles junto a delincuentes.

Por Umberto Pellecchia*, antropólogo de Médicos Sin Fronteras (MSF).

Lo peor es la noche. El calor que emana de docenas y docenas de cuerpos es tan sofocante que es literalmente palpable. Los hombres se aprietan unos contra otros sobre el suelo de cemento, con menos de medio metro cuadrado de media para cada uno de ellos. Hacinados como si fueran gallinas en un corral industrial durante quince horas al día, los internos se sientan en filas, con la cabeza sobre las rodillas, o tratando de apoyarse de vez en cuando sobre el hombro de un vecino. Esta es la dura realidad que encontramos en la prisión de Maula, situada en Lilongwe, la capital de Malawi. Construida para albergar a 800 presos, a este recinto le estallan las costuras, pues ya alberga a 2.650. Entre esta población desesperada, los más vulnerables son los cerca de 300 migrantes indocumentados que fueron detenidos mientras viajaban hacia Sudáfrica.

Un muchacho joven que se apoya sobre una pared me dice: “Mi sueño era llegar a Sudáfrica, es por lo que he trabajado durante años. Sabía que iba a ser difícil, pero nunca pensé que iba a terminar aquí. Creía que los africanos eran todos hermanos. Pero aquí… aquí no lo parece”.

Estos hombres representan la realidad de nuestro mundo, donde las personas están en continuo movimiento, buscando refugio de la violencia y la desigualdad o una forma de escapar de la pobreza crónica. Al carecer de cualquier tipo de recursos, abandonaron sus países de origen con la esperanza de construir una vida decente en Sudáfrica. Un sueño negado en casa, que terminó dramáticamente en las prisiones de Malawi.

Es una brillante mañana de junio cuando visito la prisión de Maula para evaluar las condiciones de vida de aquellos extranjeros que el tribunal considera ilegales. El sol brilla con luz débil sobre la realidad cotidiana de los migrantes, que comparten espacio y celdas con decenas de delincuentes comunes, algunos de los cuales cumplen condenas largas por delitos violentos. “Somos 204 en esta celda”, dice Thomas, un recluso de Malawi, señalando el número que alguien ha escrito en una pizarra instalada en una celda que no tiene más de 60 metros cuadrados. Me presenta a un grupo de jóvenes etíopes que están sentados al sol. “Nos aporta vitamina D”, bromea Abeba, un hombre de unos treinta años de Durame, Etiopía. “¡No somos criminales! Pero ahora, en la cárcel, tampoco somos humanos”, dice.

El número de ciudadanos extranjeros, en su mayoría etíopes, que están detenidos en Malawi por “entrada ilegal” ha aumentado en los últimos años hasta convertirse en un fenómeno de preocupación humanitaria. La mayoría de ellos han sido condenados a tres meses, pero muchos llevan encerrados más tiempo. La ley exige que regresen a sus países de origen después de sus periodos de detención, pero los retrasos burocráticos impiden cualquier avance. Por otra parte, se supone que deben cubrir sus gastos de repatriación, una contradicción con su débil situación económica.

Un muchacho joven que se apoya sobre una pared me dice: “Mi sueño era llegar a Sudáfrica, es por lo que he trabajado durante años. Sabía que iba a ser difícil, pero nunca pensé que iba a terminar aquí. Creía que los africanos eran todos hermanos. Pero aquí… aquí no lo parece”. Me mira fijamente, como si pusiera en duda por primera vez lo que siempre había dado por sentado.

Otros tres hombres jóvenes están clasificando judías fuera de su celda. “¿Lo ves? Estas no son buenas. Están sin cocinar y podridas”, dice uno de los hombres. “Nos las comemos así”, añade otro recluso. Los reclusos de Maula reciben comida una vez al día. Por lo general comen un plato de nsima, un maíz molido que llena el estómago pero que no aporta muchos nutrientes. Las judías son un manjar ocasional. La dieta es tan pobre que el mes pasado MSF tuvo que tratar a 18 reclusos por desnutrición; en algunos casos inclusos severa.

Los etíopes llevan años migrando a Sudáfrica, su faro de luz. “Donde vivimos no hay suficiente tierra para todos, somos demasiados en mi familia”, dice Abeba, mientras cuenta con los dedos de las dos manos el número de hermanos en su familia. “Si voy a Sudáfrica, después de dos o tres años puedo permitirme comprar una casa. Si trabajas veinte años en Etiopía no puedes comprar nada”, dice. Otro joven etíope añade, “Para encontrar un trabajo en Etiopía tienes que pertenecer a una determinada familia que tenga tierras. Mi familia no tiene”. Para muchos, abandonar el país no era una elección, era su última esperanza de sobrevivir.

Emmanuel saca su billetera desgarrada, la abre y me muestra la ranura transparente en el interior. En lugar de fotografías, guarda su talismán: un pedazo de papel con tres números de teléfono. “Estos son mis amigos en Sudáfrica”, dice. En el patio de la prisión, Abeba mira a otro grupo de presos que están jugando al fútbol. Le pregunto si quiere volver a su país. Gira la cabeza hacia mí, con una sonrisa sería demasiado madura para su edad. “No podemos volver atrás”, asegura. “Si volvemos a Etiopía, ¿qué podríamos hacer allí? Ya no podemos trabajar. Estamos demasiado enfermos para cualquier tipo de trabajo”.

Malawi Prisons - Chichiri and Maula

*Umberto llevó a cabo entrevistas en profundidad con los reclusos en la prisión de Maula de Lilongwe, donde MSF lleva trabajando desde mediados de 2014.

Comentarios del artículo: Detenidos por un sueño - Publicado: a las 9:23 am

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Yemen: Crímenes de guerra y una grave escasez

Los equipos de MSF que trabajan en Yemen han sido testigos de muertes y víctimas a manos de los ataques de rebeldes hutíes y de las fuerzas de la coalición. Aún hay tiempo para que los Estados responsables del costo humano del conflicto hagan todo lo que esté en su poder para proteger las vidas civiles.

Por Dr. Mégo Terzian, Presidente de Médicos Sin Fronteras (MSF).

Desde el comienzo del combate a finales de marzo entre rebeldes hutíes y las fuerzas de la coalición liderada por Arabia Saudita, Médicos Sin Fronteras (MSF) ha brindado atención médica a cerca de 7.000 víctimas de la guerra.

Los equipos de MSF que trabajan en Yemen han sido testigos de la muerte de mujeres embarazadas y niños por llegar demasiado tarde al centro de salud debido a la escasez de gasolina o por tener que esconderse durante días enteros a la espera de un momento de calma en los combates. Personas que necesitan de tratamiento médico urgente también han muerto tras ser detenidos en retenes custodiados por los combatientes.

MSF también ha brindado atención a víctimas de bombardeos de la coalición: a finales de marzo, cuando el campamento para personas desplazadas El-Mazraa, en la gobernación de Hajjah, fue bombardeado, hiriendo al menos a 34 personas, 29 de las cuales fallecieron al llegar al hospital. A finales de mayo, cuando una cisterna de gasolina en la ciudad de Taiz fue alcanzada por los bombardeos, dejando a 184 personas con quemaduras graves; y el 4 de julio, cuando los equipos trataron a cerca de 70 víctimas en Beni-Hassan, en el noroeste de Yemen, después de que varios ataques aéreos apuntaran a un mercado concurrido, cuando finalizaba el ayuno del Ramadán.

Con igual beligerancia, los hutíes han estado bombardeando indiscriminadamente durante semanas zonas residenciales densamente pobladas de Adén y, el 19 de julio, conforme las fuerzas de la resistencia del sur luchaban por recuperar el control de la ciudad, golpearon un área muy poblada. Durante tan sólo unas pocas horas, 150 víctimas (mujeres, niños y ancianos) llegaron a raudales al hospital de MSF. 42 habían fallecido antes de llegar y varias docenas de cuerpos tuvieron que permanecer afuera porque no había más espacio en el hospital.

Tememos que la ofensiva liderada por la coalición en busca de recuperar el territorio de los hutíes infligirá, en el corto plazo, aún más violencia sobre los civiles atrapados entre las partes en guerra y los expondrá a represalias armadas. Por otra parte, también tememos que los países que apoyan a la coalición en su búsqueda por “liberar” a Yemen, a cualquier costo, percibirán esa violencia como un daño colateral aceptable.

A todo lo largo del país, la población está sufriendo graves necesidades conforme a que los alimentos, los medicamentos y la gasolina se vuelven cada vez más escasos, amenazando la supervivencia de las personas más vulnerables. Con la carencia de combustible para los generadores y las estaciones de gasolina, algunos hospitales ya no son capaces de funcionar, además de que obtener agua limpia se vuelve cada vez más problemático. La gente hace cola para la gasolina durante horas, incluso días, con la esperanza de poder huir del área de combate o transportar a una víctima o a alguien enfermo al hospital más cercano. La temporada de malaria ha comenzado y los casos sospechosos de fiebre hemorrágica van en aumento. Mientras MSF ha logrado obtener las autorizaciones necesarias para traer más de 100 toneladas de medicamentos y suministros médicos al país, las instalaciones del Ministerio de Salud y las clínicas privadas no lo han hecho, por lo que no están recibiendo suministro alguno. Como en Adén, el precio de la harina ha incrementado en un 70% en algunas áreas y la carne es casi inexistente. La información recopilada por MSF en Khamir y Saada muestra que el 15% de los niños sufre desnutrición.

Los crímenes de guerra y la grave escasez dan lugar a una población que está siendo sometida al doble de sufrimiento, causado no sólo por las diferentes partes en conflicto, sino también por la Resolución 2216 (2015) adoptada en abril por el Conejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Propuesta por Jordania con el apoyo activo de los Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, el propósito declarado de la Resolución en virtud del Capítulo VII de la Carta Estatutaria era poner fin a la violencia en Yemen, al imponer, entre otros, un embargo sobre el armamento de los hutíes.

Por lo tanto, presentó a la coalición militar un cheque en blanco para bombardear toda la infraestructura, como las carreteras, los aeropuertos, los puertos y las estaciones de gasolina, que pudiera otorgar una ventaja militar a los rebeldes e imponer restricciones sobre el comercio aéreo y marítimo, lo cual ha resultado rápidamente en aislar al país entero del mundo exterior. Queda bastante claro que la Resolución eligió al blanco erróneo ya que, lejos de “poner fin a la violencia”, ha alimentado el apetito guerrero de las diferentes partes en conflicto y está estrangulando a la población. Además de unos muy pocos convoyes, las Naciones Unidas, que nunca deja de expresar su grave preocupación por la situación humanitaria, no ha establecido una línea de suministro para facilitar el transporte de artículos de primera necesidad, como medicamentos, alimentos y combustible.

En vista de lo que estamos presenciando en Adén, tememos que la ofensiva liderada por la coalición en busca de recuperar el territorio de los hutíes infligirá, en el corto plazo, aún más violencia sobre los civiles atrapados entre las partes en guerra y los expondrá a represalias armadas. Por otra parte, también tememos que los países que apoyan a la coalición en su búsqueda por “liberar” a Yemen, a cualquier costo, percibirán esa violencia como un daño colateral aceptable. Un daño colateral que puede ser de muy poco interés para los gobiernos, como hemos llegado a comprender en meses recientes durante nuestros intentos por conseguir el apoyo de los diplomáticos en París, Ginebra y Washington, respecto a la necesidad de ejercer presión sobre las partes en guerra para proteger vidas civiles.

Aún hay tiempo para que los Estados responsables del costo humano del conflicto hagan todo lo que esté en su poder para disminuir este costo sancionando los crímenes de guerra cometidos por todas las distintas partes y la restauración urgente del acceso de la población a los servicios esenciales.

IDPs in Khamer

Familia de desplazados por la violencia viviendo en una pequeña tienda ©Malak Shaher/MSF

Comentarios del artículo: Yemen: Crímenes de guerra y una grave escasez - Publicado: a las 9:00 am

Etiquetas: , , , » Publicado: 30/06/2015

Yemen: “Los ataques se están cobrando muchas víctimas civiles”

Dos meses tras el inicio del conflicto en Yemen, los equipos de Médicos Sin Fronteras (MSF) están dando asistencia médica y ayuda humanitaria a las personas que viven cerca de las zonas de los combates y que necesitan asistencia de forma urgente. En Taiz, la tercera ciudad del país donde viven 1,2 millones de personas, un equipo de MSF está apoyando a los hospitales locales con personal, suministros médicos y medicinas. El doctor Ahmad Bilal, coordinador médico de MSF en Yemen, describe la situación.

“La situación en Taiz es extremadamente tensa, con enfrentamientos entre los diferentes grupos armados. Puedes oír el estruendo de los morteros cayendo y los bombardeos aéreos golpeando varias zonas de la ciudad ininterrumpidamente. En los últimos días, los bombardeos con tanques se han intensificado. Los ataques puede que se lancen contra puntos militares estratégicos, pero se están cobrando muchas víctimas civiles.

Muchas personas que están cerca de las zonas del frente donde hay combates y bombardeos se están yendo a barrios más seguros, o al menos poniendo a las mujeres y niños a salvo. Otros se están abandonando la ciudad.

La mayoría de los que viven en la ciudad son de pueblos de la provincia. Muchos están volviendo a sus pueblos o mudándose a provincias más seguras como Ibb, al sur de Sana’a.

En mayo, un tanque de gasolina de la ciudad fue atacado. Ingresaron 184 personas en el hospital con quemaduras graves: 115 al hospital Al-Thawra y 69 al Hospital Internacional de Yemen. Nos dijeron que más de 15 personas murieron como consecuencia de la explosión. Al ser una de las pocas organizaciones de ayuda que hay en Taiz, nos pidieron suministros médicos. Cuando el equipo llegó al hospital Al-Thawra, un mortero cayó cerca y nuestro equipo tuvo que refugiarse en el sótano hasta que los bombardeos acabaron. Por suerte no afectó al hospital.

Por el momento hemos donado tres kits con material médico para tratar a personas con quemaduras graves y 200 bolsas con fluidos intravenosos al hospital en Taiz, y vamos a darles medicinas en cuanto nos lleguen. El conflicto está dificultando la llegada de suministros médicos y equipos a las zonas de combates.

La falta de gasolina es un grave problema tanto para nuestros equipos como para los yemenís. Transportar pacientes y suministros médicos es muy complicado. Yemen importa el 90% de su comida y gasolina, los barcos comerciales están haciendo todo lo posible para atracar.

Para los ciudadanos de a pie es complicado moverse por la ciudad, y conseguir agua potable y agua es una lucha diaria. Muchas de las personas que viven en las zonas de conflicto no pueden llegar a las clínicas ni hospitales para recibir asistencia médica por los enfrentamientos y por la falta de gasolina. Incluso aquellos que consiguen llegar a las estructuras de salud se encuentran con que no funcionan. Al menos 12 hospitales de Taiz han tenido que cerrar sus puertas y no pueden atender pacientes.

La guerra es una situación fuera de la normalidad, nadie debería acostumbrarse al sonido de las balas y los ataques aéreos. Pero tras dos meses en el país, tanto nosotros como los civiles nos estamos acostumbrando. La gente trata de evitar las zonas de conflicto pero el problema es que los enfrentamientos pueden empezar de forma repentina y los ataques son totalmente impredecibles.

A veces es frustrante porque las necesidades son muy grandes y la asistencia que se está dando es muy baja en comparación con lo que se necesita. Pero pese a ello, estamos haciendo todo lo posible para proporcionar asistencia médica y humanitaria a las personas que sufren por el conflicto”.

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                                                                           Foto: Malak Shaher/MSF.

Comentarios del artículo: Yemen: “Los ataques se están cobrando muchas víctimas civiles” - Publicado: a las 9:32 am

Etiquetas: , , , , , , » Publicado: 08/06/2015

Yemen devastado por los bombardeos… y el bloqueo

El bloqueo llevado a cabo por la coalición encabezada por Arabia Saudí está haciendo más dura y difícil la vida de los yemeníes que los propios bombardeos y combates, revela desde Saná una coordinadora de Médicos sin Fronteras. La falta de combustible puede causar muy pronto más muertes que el mismo conflicto.

Por Teresa Sancristóval, coordinadora de emergencias de Médicos Sin Fronteras (MSF).

La devastación que sufre Yemen demuestra que la necesidad de poner fin a las hostilidades es más urgente que nunca. Pero incluso si se consigue un alto el fuego temporal, éste sólo supondrá una leve mejora en la vida de la mayoría de los yemeníes. Para que la situación pueda mejorar de una manera sustancial, es necesario que también se levante el bloqueo de las importaciones básicas llevado a cabo por la coalición liderada por Arabia Saudí, y que impide incluso la entrada de alimentos y combustible.

El fin de los bombardeos y de los combates permitiría que la ayuda llegara a las zonas afectadas por los combates y que los civiles heridos pudieran ser evacuados. Pero esto sólo serviría para cubrir parcialmente las graves y cada vez mayores necesidades de la población civil de Yemen.

Los ataques aéreos de la coalición, encaminados a detener la ofensiva de los hutíes en Yemen, han dañado los aeropuertos, los puertos, las carreteras, los puentes, los depósitos de agua, las estaciones de servicio y otras infraestructuras vitales. Los ataques de los hutíes en Adén, Al Dhale, Taiz y otras ciudades y pueblos están causando también una enorme destrucción y están dejando tras de sí una terrible pérdida de vidas humanas.

Según Naciones Unidas, 1.849 personas han muerto en los combates o a causa de bombardeos como el que fue perpetrado el 6 de mayo, mientras que 7.394 personas más han resultado heridas. Durante el último mes y medio, los equipos médicos de Médicos Sin Fronteras han tratado a más de 1.700 de esos heridos. Uno de los pacientes de nuestro hospital, en la ciudad norteña de Saada, me dijo que 27 miembros de su familia habían muerto a causa de los ataques aéreos de la semana pasada.

El bloqueo llevado a cabo por la coalición está haciendo más dura y difícil la vida de los yemeníes que los propios bombardeos y combates. Y de todo lo que resulta necesario, la falta actual de combustible es una preocupación fundamental.

La falta de combustible puede causar muy pronto más muertes que las bombas y el conflicto

El combustible, en todas partes, es un elemento esencial para la vida. Y en Yemen es especialmente crucial para garantizar el suministro de agua. El país tiene una de las tasas per cápita de consumo de agua más bajas del mundo. En muchas ciudades, el agua tiene que extraerse de profundos pozos, utilizando para ello bombas alimentadas por electricidad o por combustible diesel. Así que, la ecuación es sencilla: sin combustible, en Yemen no hay agua.

El sistema de bombeo de agua en Saná actualmente tiene sólo el 20% del combustible necesario para abastecer a la población de la ciudad. Hemos observado que, entre el 15 de marzo y la primera semana de mayo, el precio del agua en varias zonas de Saná se había multiplicado prácticamente por dos. En muchas otras áreas de la ciudad es directamente imposible comprar agua porque los tanques de gas de los camiones de reparto están también vacíos.

Todo el mundo está tomando medidas para preservar el agua. Ducharse o lavar la ropa es ahora un lujo que no te puedes permitir. Aquellos que se encuentran en extrema necesidad han tenido que pedir a sus vecinos que les den algunos litros de agua para poder sobrevivir. En MSF somos testigos de los robos que se llevan a cabo durante la noche en los depósitos de agua y de las continuas peleas que se producen en los puntos de abastecimiento. Todo el mundo tiene miedo de que pronto no quede nada de agua, así que su precio ya ni siquiera importa.

Además de los combates, la falta de combustible impide que la población pueda acceder a la atención médica, ya sea para tratar una herida o lesión provocada por las bombas, o para poder dar a luz. La mayoría de nuestros pacientes llegan a los hospitales a pie. Es prácticamente imposible encontrar un taxi, aunque, de todos modos, casi nadie puede permitirse pagar por uno. Esta semana un padre me contaba que trató desesperadamente de encontrar combustible para poder llevar a su hija al hospital. No tuvo suerte y la niña murió.

Incluso aquellos que llegan hasta los hospitales no tienen garantizado que vayan a recibir una atención sanitaria. Muchos centros de salud han tenido que cerrar porque no tienen combustible para alimentar los generadores. En Saada, que se ha visto muy afectada por los bombardeos, tres de los cinco hospitales de la ciudad están ahora cerrados por falta de electricidad. Y los dos principales hospitales de referencia del país han reducido sus servicios porque la electricidad no llega a todos sus edificios.

El impacto de la crisis actual, es, con mucho, superior a todo lo que he visto anteriormente

Durante los últimos siete años he trabajado con frecuencia en Yemen, siendo testigo de la guerra en la región de Saada, de enfrentamientos mortales durante las manifestaciones a favor de la independencia en 2010, y de las batallas en la capital, Saná, durante la revuelta de la primavera árabe. Sin embargo, puedo decir que el impacto de la crisis actual, es, con mucho, superior a todo lo que he visto anteriormente.

Para dejarlo claro de una vez: la falta de combustible puede causar muy pronto más muertes que las bombas y el conflicto.

Un alto el fuego temporal no será suficiente. Aunque se tome la decisión de permitir que entre en el país una cantidad adecuada de combustible, se necesitarán varios días hasta que esos suministros lleguen a todas las partes del país y para que el acceso a los servicios de agua y salud se restablezcan.

En las próximas semanas no parece que se vaya a condenar la magnitud de la tragedia que se está viviendo en Yemen. La coalición y sus aliados deben asumir ahora la responsabilidad de los daños que esta ofensiva militar está provocando entre la población civil de Yemen. Y deben levantar inmediatamente el bloqueo ejercido sobre aquellos productos que son esenciales para la vida.

* Texto publicado originalmente en el Washington Post.

Water Distribution

          Foto: Malak Shaher/MSF.

Comentarios del artículo: Yemen devastado por los bombardeos… y el bloqueo - Publicado: a las 9:28 am

Etiquetas: , , , , , , » Publicado: 25/04/2015

Malaria, trabajar para que los niños no enfermen

Desde el año 2000, la mortalidad por malaria se ha reducido un 47% a nivel mundial, y un 54% en la región africana, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). El uso de pruebas rápidas de diagnóstico y el tratamiento con terapias combinadas con artemisinina (TCA) han jugado un papel clave en este gran avance. Sin embargo, la malaria sigue matando en África, donde se dan el 90% de las muertes mundiales, a más de 430.000 niños al año.

Por Nines Lima, referente de Medicina Tropical de Médicos Sin Fronteras (MSF)

columna-okLa malaria es la enfermedad que más tratamos en los proyectos de MSF; más de 1.800.000 casos en 2013. Nuestra prioridad es que los niños menores de 5 años y las mujeres embarazadas, los más débiles a la hora de enfrentarse al parásito, sean diagnosticados y tratados lo antes posible y así evitar complicaciones. También es vital el buen uso de mosquiteras tratadas con insecticida de larga duración. Y además, en los últimos años, hemos dado un paso más allá y en varios países africanos hemos apostado por estrategias preventivas que eviten que los niños caigan enfermos.

En 2014, MSF proporcionó tratamiento preventivo a unos 735.000 niños de entre 3 meses a 5 años en Níger, Chad y Mali. Esta estrategia, conocida como quimioprevención de la malaria estacional (SMC, por sus siglas en inglés), está recomendada por la OMS para los países del Sahel, donde la mayoría de casos de malaria se concentran en unos pocos meses del año. Durante el periodo de mayor transmisión, los niños reciben tratamiento con sulfadoxina-pirimetamina (SP) y de amodiaquina (AQ) que toman durante tres días, una vez cada mes.

Varios estudios demuestran el impacto de esta estrategia en la reducción de casos de malaria simple y severa. El año pasado, conseguimos llegar hasta más niños y también pudimos implementar esta actividad en lugares más inseguros y de difícil acceso como el norte de Mali, donde la población civil se ve atrapada por los intereses de los diferentes grupos beligerantes.

Adaptarnos a la población que queremos atender

En República Centroafricana, donde hay casos de malaria durante todo el año y el pico de transmisión de unos cuatro meses es mucho menos pronunciado, MSF puso en marcha una campaña que consistió en administrar antimaláricos a todos los niños menores de 15 años en la zona de Kabo, en el norte del país, en dos ciclos durante el pico. 17.000 menores fueron cubiertos con una TCA.

Decidimos hacer esta campaña porque se trata de una población extremadamente vulnerable, que se ve obligada a desplazarse regularmente, como consecuencia del conflicto que se recrudeció en 2013 y sigue activo. Ante esta situación, dar un tratamiento a todos los niños –enfermos o no– que sabemos que les protege durante la época más difícil es pertinente porque en un contexto tan volátil, no estamos seguros si luego vamos a poder tratarlos si caen enfermos.

Nuestras estadísticas, muestran un descenso de casos simples, de las transfusiones de sangre que habitualmente se necesitan para los casos graves y de las hospitalizaciones relacionadas por malaria en Kabo. Llevamos años trabajando en esta zona, y aunque no podemos decir que esta estrategia sea la principal causa de esta bajada, sí pensamos que ha tenido un impacto indirecto por la reducción de casos en las consultas y en el hospital.

Por otra parte, en la República Democrática de Congo, MSF quiere introducir otra medida de protección con antimaláricos: tres veces al año, coincidiendo con el programa de vacunación, los niños menores de 1 año recibirán una dosis de SP. Esta estrategia está también recomendada por la OMS y validada en el país. El reto aquí es conseguir que funcione correctamente el programa de vacunación, que es muy inestable, para poder proporcionar los antimaláricos a esta población, la más vulnerable dentro del grupo de niños menores de 5 años.

Poner freno a la malaria en medio del Ébola

En 2014, la epidemia de Ébola en el oeste de África, que debilitó mucho los sistemas de salud de los países afectados, nos hizo reforzar la prevención de malaria en la región. Los síntomas de malaria –fiebre alta, mareos, dolores de cabeza, osteo-musculares y gastro-intestinales– se pueden confundir con la etapa temprana del Ébola.

En Sierra Leona, uno de los países con mayor prevalencia de malaria del mundo, MSF junto al Ministerio de Salud, realizó la mayor campaña de distribución masiva de antimaláricos en el país: 1,8 millones de tratamientos fueron repartidos en Freetown, y en cinco distritos de la periférica Zona Occidental. La campaña duró cuatro días y el medicamento administrado fue artesunato-amodiaquina, que servía tanto para tratar los casos en curso como para prevenir la enfermedad en el momento de mayor transmisión. Además, al conseguir reducir la fiebre por malaria, también evitamos que muchas personas fueran a los centros de tratamiento de Ébola por pensar que podían sufrir la enfermedad.

Todas estas estrategias de prevención farmacéutica nos están ayudando en contextos complejos a poder organizarnos mejor y lidiar con la malaria en todos los niveles de atención de salud. Y esto, sin olvidarnos de implementar los paquetes básicos: el buen uso de mosquiteras, y el correcto diagnóstico y tratamiento de los casos simples y severos. Además, estaremos listos a implementar otras herramientas recomendadas en los próximos años para seguir contribuyendo a la reducción de casos allá de donde trabajamos.

Comentarios del artículo: Malaria, trabajar para que los niños no enfermen - Publicado: a las 6:31 pm

Etiquetas: , , , » Publicado: 23/02/2015

Sudán del Sur: Atendiendo a los pacientes junto a la línea de fuego

Poco más de un año después del comienzo del conflicto en Sudán del Sur, la situación humanitaria sigue siendo extremadamente complicada. La enfermera especializada en obstetricia Siobhan O’Malley proporcionó asistencia sanitaria tanto en Malakal como en Bentiu, las principales ciudades afectadas por los combates. A través de su relato, nos explica cómo se trabaja en primera línea del frente, prestando atención médica de manera neutral e imparcial a los más necesitados.

“Situada en el Estado del Alto Nilo, Malakal es una de las mayores ciudades del Sudán del Sur. Cuando llegué en febrero de 2014, hace un año, el conflicto ya había empezado y había advertencias de que la ciudad pronto sería invadida por las fuerzas de la oposición.

En cuanto dieron el aviso de que en breve se iban a producir combates, empezamos a ver riadas de gente corriendo hacia el recinto de Naciones Unidas (ONU) en busca de seguridad. Era espeluznante. Recuerdo ver a una mujer que huía sin llevar nada consigo, sólo a su bebé entre los brazos. Los días siguientes fueron tensos, escuchábamos disparos en la distancia y temíamos que ocurriera algo terrible.

Las fuerzas de la oposición atacaron en el medio de la noche. Unos días antes nos habíamos visto obligados a abandonar nuestra base en la ciudad y a entrar en el recinto de la ONU para protegernos. Recuerdo que estaba durmiendo en una tienda de campaña junto con otros miembros del equipo cuando el coordinador del proyecto nos despertó y nos dijo que nos preparáramos, que algo grave estaba pasando.

Las barreras internas situadas alrededor de nuestra base (situada también dentro del terreno que ocupa la ONU, pero fuera del recinto en el que se alojan ellos) estaban destrozadas, puesto que muchas de las personas que estaban huyendo habían tratado de acercarse lo máximo posible a nuestras instalaciones en busca de una mayor protección. Con los ojos muy abiertos, en tensión y en silencio, cientos de mujeres y niños estaban acurrucados en la oscuridad bajo los árboles y junto a nuestra tienda.

Siobhan O'Malley

Siobhan O’Malley. Foto: Victoria Russell/MSF

Entonces, la tierra empezó a temblar. Las bombas comenzaron a caer cerca del complejo. El ruido era ensordecedor. Corrimos hacia los búnkeres; en realidad 6 contenedores de transporte reforzados con sacos de arena. Las mujeres y los niños corrían con nosotros. Nos metimos dentro. Estábamos hacinados y hacía muchísimo calor. Recuerdo que permanecimos sentados allí durante horas, tratando de escuchar lo que estaba pasando fuera.

Pasadas algunas horas, se nos informó del gran número de heridos que había y abandonamos el búnker para ir hacia el hospital. Nos hicimos paso como pudimos entre la multitud. El olor a quemado era insoportable, la ceniza caía desde el cielo y había torres de humo negro en el horizonte.

A través de la ventana del coche vi a una niña aterrorizada, de unos 12 años. Tenía la mirada perdida y llena de rabia y balanceaba un machete para tratar de protegerse de cualquiera que se le acercara.

Esa noche en el hospital tratamos a centenares de heridos de bala y de machete y a multitud de personas con diversos tipos de traumatismos.

Con los suministros a punto de agotarse fui atendiendo paciente a paciente. Me pasé los meses restantes de mi misión centrada en tratar a heridos de guerra. Nada que ver con la idea que tenía cuando acepté lo que todos creíamos que sería un trabajo en una maternidad de Sudán del Sur. Y sin embargo, siento que ayudé a que miles de personas que no tenían más ayuda que la nuestra pudieran salir adelante. Lo que da más rabia me da es que, cuando algo así ocurre, hay otras necesidades básicas, como por ejemplo la atención de partos complicados, que se quedan irremediablemente en un segundo plano. Y les aseguro que en Malakal la gente necesita de cualquier tipo de atención médica y humanitaria que podamos proporcionarles”.

Comentarios del artículo: Sudán del Sur: Atendiendo a los pacientes junto a la línea de fuego - Publicado: a las 8:35 am

Etiquetas: , , , , , , , » Publicado: 15/01/2015

Siria 2014: De mal en peor

Hoy Siria sigue siendo la crisis humanitaria más grave que se vive en el mundo. En Alepo, por ejemplo, la destrucción es sólo comparable al de la Segunda Guerra Mundial o al Grozni de los años ’90. El panorama está marcado por la terrible situación sanitaria y el drama de los refugiados. Sólo quedan la desesperación y la vergüenza.

Aitor Zabalgogeazkoa, coordinador general de Médicos Sin Fronteras España en Siria en 2014

En 2013 las perspectivas en Siria eran malas. Pero la realidad nos muestra que todo es susceptible de ir a peor. En 2014, cuando el conflicto ha entrado en su cuarto año, la situación no ha hecho más que agravarse. Unos 200.000 muertos, un millón de heridos, más de tres millones de personas que han buscado refugio fuera de las fronteras y los más de siete millones de desplazados atestiguan la brutalidad del peor conflicto de los últimos años. Más de la mitad de los habitantes del país necesitan alguna forma de ayuda humanitaria, entre ellos cinco millones de niños. No solo la dinámica de la violencia se ha acentuado, sino que el acceso a la ayuda se ha restringido. Las necesidades son mayores pero la ayuda no les da respuesta. Hoy Siria sigue siendo la crisis humanitaria más grave que se vive en el mundo.

Durante 2014, los bombardeos indiscriminados han continuado en numerosos puntos del país y en algunas ciudades como Alepo se han intensificado. Las bombas de barril han conseguido dejar la ciudad casi desierta. La zona controlada por la oposición está irreconocible, con muchos de sus barrios sometidos a un grado de destrucción solo comparable al de la Segunda Guerra Mundial o al Grozni de los años 90. La lluvia de barriles ha forzado a muchos de sus habitantes a desplazarse a Turquía o a zonas controladas por el Estado Islámico, que significativamente sufrían menos los embates diarios de los bombardeos, e incluso una parte importante se ha desplazado hacia la zona controlada por el Gobierno a través de un único paso practicable.

No solo la violencia se está cobrando su peaje: las enfermedades transmisibles y prevenibles por vacunación también, las patologías crónicas están dejando un rastro de sufrimiento indecible, las mujeres paren en condiciones abyectas, y la salud mental de todos está deteriorada.

Solo en el mes de julio de 2014, al menos seis hospitales de Alepo fueron alcanzados o afectados por bombardeos, algunos de ellos, como el tristemente célebre hospital Dar al Shifa, hasta en cuatro ocasiones. Durante el verano, el Hospital de Sakhur, uno de los más resolutivos en la ciudad de Alepo, fue alcanzado tres veces. El 2 de agosto un ataque aéreo destruyó por completo el hospital Al Huda, situado en el oeste de Alepo: murieron al menos seis médicos y enfermeros y otros 15 civiles, entre ellos varios pacientes, resultaron heridos. Este hospital, creado por la fundación inglesa SKT, era el único con servicio de neurocirugía en todo el norte del país. Las instalaciones de Médicos Sin Fronteras (MSF) tampoco se han librado de los bombardeos: el centro médico avanzado cercano a Alepo ha sufrido desperfectos tres veces en los últimos meses.

El sistema de salud se ha desintegrado. Los brotes de sarampión y polio están teniendo un impacto cruel en los niños y son un síntoma del deterioro en lo que a la salud pública se refiere. Las prioridades de salud van cambiando a medida que la guerra se prolonga, ya que hay menos población susceptible de ser herida, y la que queda sufre la desintegración del sistema de salud, económico, familiar y social. Aunque la violencia disminuya en el medio plazo, las necesidades básicas son mayores, y las condiciones médicas observadas son más serias y están más extendidas a través de toda la geografía siria. La incapacidad de las organizaciones humanitarias, incluida MSF, para ofrecer y atender servicios básicos a las comunidades que están luchando para sobrevivir es patente. No solo la violencia se está cobrando su peaje: las enfermedades transmisibles y prevenibles por vacunación también, las patologías crónicas están dejando un rastro de sufrimiento indecible, las mujeres paren en condiciones abyectas, y la salud mental de todos está deteriorada.

Los refugiados suponen una presión social y económica sin precedentes sobre las comunidades locales que les acogen y sobre los sistemas nacionales de salud y bienestar social, mercados de trabajo, etc. Ni siquiera una urbe gigantesca como Estambul, con casi 18 millones de habitantes, consigue hacer invisible el masivo flujo sirio de emigrantes. La situación en Jordania y Líbano es peor: la proporción de refugiados por habitante llega al 20% de la población. Los refugiados que optaron por Irak han tenido incluso peor suerte, ya que se han visto envueltos en otra guerra en los últimos meses.

Durante los tres años de conflicto, Europa en su conjunto ha acogido a menos refugiados que Líbano, Jordania o Turquía en un solo día.

La terrible situación ha llegado a un punto en el que hay un consenso, poco aireado en público, pero repetido: la victoria de alguno de los bandos no es una posibilidad real, ni tampoco una salida deseable. Solo quedan la desesperación y la vergüenza. La desesperación de una población que ve cómo nadie hace nada para parar, al menos, los ataques indiscriminados con barriles, mientras los bombardeos de la coalición internacional se cobran sus víctimas civiles. La vergüenza de constatar que, durante los tres años de conflicto, Europa en su conjunto ha acogido a menos refugiados que Líbano, Jordania o Turquía en un solo día. La vergüenza de ver cómo hay dirigentes políticos que creen que los sirios dejarán de intentar cruzar el Mediterráneo ya que “los servicios de rescate marítimo alientan” la aventura de montar en una patera con otros cientos de desesperados. La vergüenza de ver cómo la comunidad internacional solo reacciona cuando sus propios intereses son afectados, como el acuerdo para el desmantelamiento del arsenal químico o la reacción ante la amenaza sobre las concesiones petrolíferas en el norte de Irak. La vergüenza de que los civiles sirios no merezcan ni un miserable gesto, excepto el de transferir a las organizaciones de ayuda humanitaria una responsabilidad que no tienen.

* Este artículo fue publicado originariamente en los periódicos del grupo Vocento.

 

Comentarios del artículo: Siria 2014: De mal en peor - Publicado: a las 6:02 pm

Etiquetas: , , , , » Publicado: 15/12/2014

Tratado Transpacífico: El acceso a los medicamentos en grave peligro

El último documento filtrado revela que la mayoría de las disposiciones problemáticas están siendo promovidas por Estados Unidos y Japón, mientras que continúan siendo resistidas por otros países negociadores, entre ellos Chile.

Por Judit Rius Sanjuan, coordinadora para Estados Unidos y Asesora de Política Legal de la Campaña de Acceso de Médicos Sin Fronteras (MSF).

Mientras los representantes de los 12 países negociadores del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés) se reunieron en Washington para llevar conversaciones de alto nivel destinadas a intentar asegurar un acuerdo, Médicos Sin Fronteras (MSF) insta a los países a posicionarse con firmeza contra el ataque al acceso de medicamentos asequibles. Chile es uno de los negociadores que continúa resistiendo algunas de las disposiciones más problemáticas, tal como se desprende de la publicación realizada por Wikileaks en octubre pasado en relación al capítulo sobre propiedad intelectual que revelaba las posiciones de negociación de los países involucrados.

Las negociaciones del TPP se llevan a cabo en secreto, pero los borradores del acuerdo que se han conocido incluyen normas agresivas de la propiedad intelectual  que restringirán el acceso de millones de personas a medicamentos de precio asequible. Las reglas propuestas por negociadores estadounidenses en relación a la propiedad intelectual, fortalecen y alargan los monopolios otorgados por las patentes a las compañías farmacéuticas, desmantelan las salvaguardas de la salud pública establecidas en la ley internacional y obstruyen la disminución de precios que genera la competencia de los medicamentos genéricos.

Un análisis del último texto filtrado confirma que las serias preocupaciones de MSF acerca del impacto del acuerdo sobre la salud pública continúan siendo válidas. La adopción del texto en su forma actual afectará negativamente el acceso a medicamentos y la salud de millones de personas.

El texto filtrado reveló que la mayoría de los países negociadores, incluyendo Chile, se opuso fuertemente a algunas o a todas las disposiciones de propiedad intelectual propuestas por Estados Unidos y que afectarían de manera negativa el acceso y la innovación a los productos farmacéuticos.

Implicancias de algunas de las disposiciones más dañinas que aún permanecen en el texto:

Se limitaría la capacidad de los países para ejercer los derechos confirmados en la Declaración de Doha de 2001, restringiendo esos derechos a una lista específica de enfermedades y situaciones de emergencia.

 Se limitaría la capacidad con la que cuentan los países para restringir el patentamiento secundario y el abuso de los derechos de patentes, requiriendo patentes sobre “nuevos usos o métodos de utilización de un producto conocido.”

 Se restringiría la habilidad de los países de incluir importantes flexibilidades sobre salud pública en sus propias leyes nacionales, por ejemplo la ley de patentes Sección 3(d) de India que requiere evidencia de “eficacia mejorada” antes que patentes adicionales puedan ser otorgadas sobre productos existentes.

Se restringiría la capacidad de los países para utilizar al máximo las flexibilidades de salud pública reconocidas en el Acuerdo sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC or TRIPS, por sus siglas en inglés), incluidas las licencias obligatorias y las excepciones de patentes.

El mandato de que los países incluyan medidas ADPIC-plus en sus leyes nacionales, incluidas la vinculación de patentes, extensión de los plazos de las patentes y nuevos monopolios basados en la exclusividad de datos clínicos, incluyendo aquellos para vacunas biológicas y medicamentos, que hasta ahora nunca habían sido incluidos en un acuerdo comercial dirigido por Estados Unidos.

Más información: http://www.msfaccess.org/tpp/

Comentarios del artículo: Tratado Transpacífico: El acceso a los medicamentos en grave peligro - Publicado: a las 9:35 am

Etiquetas: , , , , , » Publicado: 10/11/2014

Sobreviví al Ébola por una razón: Ayudar a otros a luchar contra la enfermedad

El Ébola es como una enfermedad de otro planeta. Causa tanto dolor, tan intenso, que puedes sentirlo en los huesos, dice Salomé. Ella superó el mal y ahora cuida a enfermos en el centro de tratamiento de Médicos Sin Fronteras ELWA 3, Monrovia, Liberia.

Por Salomé Karwah, sobreviviente de Ébola.  

Salome Karwah

Todo empezó con un fuerte dolor de cabeza y fiebre. Más tarde, empecé a vomitar y me dio diarrea. Mi padre se enfermó y mi madre también. Mi sobrina, mi prometido y mi hermana habían caído enfermos. Todos nos sentíamos impotentes.

Mi tío fue el primero de la familia que se contagió del virus. Lo contrajo de una mujer a la que había ayudado a ir al hospital. Se enfermó y llamó a nuestro padre para que lo ayudara y mi padre lo llevó al hospital para que lo atendieran. A los pocos días de su vuelta, nuestro padre también enfermó. Como todos lo cuidamos también nos infectamos.

El 21 de agosto, mi familia y yo nos dirigimos al centro de tratamiento de MSF en Monrovia. Cuando llegamos a la unidad de tratamiento, las enfermeras nos instalaron a mi madre y a mí en la misma tienda. Mi prometido, mi hermana, mi padre y mi sobrina fueron colocados en distintas tiendas. Mi hermana estaba embarazada y sufrió un aborto espontáneo.

Tomaron muestras de sangre y esperamos los resultados, tras los análisis de laboratorio me confirmaron que tenía Ébola. Pensé que era el fin del mundo, tenía miedo porque había oído decir a la gente que si tienes Ébola, te mueres. Los análisis del resto de mis familiares también confirmaron que tenían el virus.

Mi madre y mi padre murieron mientras luchaba por mi vida. No sabía que habían muerto. No fue hasta una semana después, cuando ya empezaba a recuperarme, cuando las enfermeras me avisaron que habían fallecido. Estaba consternada, pero Dios me había salvado de la enfermedad; tanto a mí como a mi hermana, mi sobrina y mi prometido.

Después de pasar unos días en el pabellón de aislamiento, mi condición empeoró. Mi madre también luchaba por su vida, estaba en unas condiciones terribles. En ese momento, las enfermeras decidieron transferirme a otra tienda. Para entonces, apenas comprendía lo que ocurría a mí alrededor. Estaba inconsciente e incapacitada. Las enfermeras tenían que bañarme, cambiarme la ropa y alimentarme. Vomitaba constantemente y me sentía muy débil.

Sentía fuertes dolores. La sensación era abrumadora. El Ébola es como una enfermedad de otro planeta. Causa tanto dolor, tan intenso, que puedes sentirlo en los huesos. Nunca había sentido un dolor como ése en toda mi vida.

Mi madre y mi padre murieron mientras luchaba por mi vida. No sabía que habían muerto. No fue hasta una semana después, cuando ya empezaba a recuperarme, cuando las enfermeras me avisaron que habían fallecido. Me entristecí, pero tuve que aceptarlo. Estaba consternada tras haber perdido a mis padres; pero Dios me había salvado de la enfermedad; tanto a mí como a mi hermana, mi sobrina y mi prometido.

A pesar de la tristeza por la muerte de mis padres, estoy feliz por estar viva. Dios no habría permitido que pereciera toda la familia, nos mantuvo con vida por un propósito.

Le agradezco a los trabajadores del centro de tratamiento por sus cuidados, son muy buena gente. Se preocupan realmente por sus pacientes. El cuidado, la medicación y el darse ánimo uno mismo pueden ayudar a los pacientes a sobrevivir.

Tras recibir el alta, luego de 18 días en el centro de tratamiento, llegué a mi hogar sintiéndome feliz, pero mis vecinos seguían teniendo miedo de mí. Algunos de ellos me dieron la bienvenida, otros continuaban temerosos de estar cerca, decían que todavía tenía el Ébola. Había un grupo en particular que no dejaba de llamar a mi casa ‘la casa del Ébola ’.

Cuando una persona enferma por el virus del Ébola, debe alentarse a sí misma: tomar los medicamentos, beber suficientes líquidos, ya sean soluciones para rehidratación oral, agua o zumos; pero el organismo no debe quedarse vacío. Incluso si te traen la comida y no tienes hambre, por lo menos, tómate la sopa.

Tras 18 días en el centro de tratamiento, las enfermeras vinieron una mañana, me tomaron muestras de sangre y las llevaron a analizar al laboratorio. Ese día, como a las 5, regresaron. Venían a avisarme que estaba lista para volver a casa porque el resultado de mis análisis era negativo.

Entonces sentí que mi vida comenzaba de nuevo. Me fui a casa contenta, a pesar de haber perdido a mis padres.

Llegué a mi hogar sintiéndome feliz, pero mis vecinos seguían teniendo miedo de mí. Algunos de ellos me dieron la bienvenida, otros continuaban temerosos de estar cerca, decían que todavía tenía el Ébola. Había un grupo en particular que no dejaba de llamar a mi casa ‘la casa del Ébola ’. Pero, para mi sorpresa, una de las mujeres del grupo vino a mi casa para pedirme que llevara a su madre al centro de tratamiento porque estaba enferma por el virus. Lo hice y me sentí feliz porque, al menos, ella sabe ahora que nadie puede ir al supermercado a ‘comprar’ Ébola. Si alguien se contagia, no es bueno estigmatizarlo porque nadie sabe quién será el siguiente en contraer el virus.

Ahora, he regresado al centro de tratamiento, donde ayudo a la gente que está sufriendo por el virus a recuperarse. Trabajo como consejera de salud mental. Me causa placer ayudar a la gente y eso es lo que  me trajo de vuelta. Las labores que realizo en este lugar pueden ayudar a otros a sobrevivir.

Cuando estoy de turno, aconsejo a mis pacientes, hablo con ellos y les animo. Si uno de ellos no quiere comer, le aliento para que lo haga. Si están débiles y no pueden bañarse solos, les ayudo. Lo hago con toda mi fuerza porque entiendo su experiencia, he pasado por lo mismo.

Me siento feliz en mi nuevo papel. Trato a mis pacientes como si fueran mis hijos, converso con ellos sobre mis propias experiencias. Les cuento mi historia para motivarles y que sepan que también pueden sobrevivir. Eso es importante y creo que va a ayudarles.

Mi hermano mayor y mi hermana están felices de que trabaje aquí. Me apoyan al cien por cien. Aunque nuestros padres no sobrevivieron al virus, podemos ayudar a otras personas a recuperarse.

Comentarios del artículo: Sobreviví al Ébola por una razón: Ayudar a otros a luchar contra la enfermedad - Publicado: a las 9:40 am

Etiquetas: , , , , , » Publicado: 17/06/2014

“Nunca había visto nada parecido”

Miriam Kasztura, enfermera suiza, acaba de regresar de Berberati, en la República Centroafricana (RCA). Médicos Sin Fronteras (MSF) lleva trabajando desde enero en el Hospital Universitario Regional de la ciudad, donde uno de sus equipos se encarga de las urgencias, de la maternidad, de la pediatría y de la sala de operaciones, además de prestar apoyo a varios centros de salud de la periferia.

Berberati, la segunda ciudad más grande de RCA, está situada en el suroeste del país, a unos 120 kilómetros de la frontera con Camerún. Como muchos otros lugares de la RCA, en los últimos meses esta población ha sido escenario habitual de episodios de violencia y de constantes abusos contra la población civil. Si bien es cierto que el número de ataques parece haberse reducido en las últimas semanas, la situación de seguridad en la región sigue siendo extremadamente volátil y las necesidades en materia de salud son enormes.

“Llegué a Berberati a mediados de febrero para trabajar en la atención pediátrica intensiva. Por aquel entonces llegaban muchos niños gravemente enfermos. Nunca había visto nada parecido, la verdad. La gravedad de su estado era impactante: la mayoría de ellos padecía malaria y muchos estaban anémicos o tenían infecciones respiratorias.

Perdimos a muchos niños. Muchos no podían llegar al hospital por culpa de los enfrentamientos. Y cuando finalmente llegaban, ya estaban demasiado enfermos como para poder salvarse. A veces todo lo que podíamos hacer era confirmar su muerte. Morían tantos, que ni siquiera teníamos tiempo de pensar en ello. Nos limitábamos a seguir atendiendo niño tras niño. Era muy duro de aceptar.

LA MALARIA, PRINCIPAL CAUSA DE MUERTE

CAR - BerbératiMuchos días veíamos hasta 200 niños en nuestras consultas externas, y la gran mayoría, entre un 80 y un 90%, tenía malaria. En nuestro departamento de hospitalización, entre el 50 y el 60% de las admisiones también era por malaria.

Y las cosas no mejoran: en la actualidad estamos inmersos en el primer peak de malaria del año, que va desde abril hasta junio, por lo que podemos esperar que nos lleguen incluso más casos que en los meses anteriores. Esta enfermedad es la principal causa de muerte en el país y llevamos muchos años enfrentándonos a ella, así que estamos bien preparados. Y aún así sabemos que no podemos llegar a todos aquellos que lo necesitan.

Nuestro objetivo principal es poder seguir dando apoyo a los centros de salud de la periferia para tratar cuanto antes a los pacientes, cuando la enfermedad aún es fácil de curar. Sin embargo, llegar hasta estos lugares aislados quizás sea la misión más complicada a la que nos enfrentamos en este momento. En los bosques la situación continúa siendo inestable y violenta, pues sigue habiendo muchos grupos anti-balaka descontrolados y muy activos.

VIOLENCIA EXTREMA E INSEGURIDAD GENERALIZADA

Durante los meses que estuve allí, recibimos a varias personas con heridas provocadas por ataques con machetes, granadas, rifles e incluso flechas. El conflicto no discriminaba y en nuestras salas teníamos ingresados tanto a combatientes como a civiles. Muchos de los pacientes presentaban terribles fracturas abiertas en las que se les habían insertado fragmentos de bala. Otros habían recibido disparos en las piernas y se habían quedado completamente inmovilizados de cintura para abajo. Nos veíamos obligados a llevar a cabo muchas amputaciones, especialmente por heridas de machete y de bala o a consecuencia de heridas infectadas.

Resulta devastador ver el sufrimiento de aquella gente: hombres jóvenes, muchos de ellos menores de 20 años, discapacitados de por vida. Y sé a ciencia cierta que lo que yo me encontré en Berberati ocurría en muchas otras partes del país. En los próximos años vamos a encontrarnos con que la mitad de todas las personas de esta generación tendrá que vivir con enormes discapacidades.

La violencia no perdona ni a los niños. Un día escuchamos una explosión fuera del hospital. Minutos más tarde, un hombre entró corriendo a la sala de urgencias con un niño de unos diez años en sus brazos. Había sangre por todas partes, la escena era horrible. El pequeño estaba jugando con otro niño en la calle cuando este recogió una granada del suelo. Le explotó y murió en el acto. El otro niño, el que sí pudo llegar a urgencias, tenía una toalla envuelta alrededor de la cabeza, toda llena de sangre. Cuando se la quité, esperaba encontrarme la mitad de su rostro arrancado. Sin embargo, él tuvo suerte: cuando le quitamos la toalla pude ver a un niño precioso abrir sus ojos y decirnos hola. Era el niño más fuerte que jamás había visto. Tenía la pierna muy dañada, llena de metralla, pero sobrevivió. Y tras cinco semanas de haber ingresado en el hospital, pudo volver a caminar.

El clima de tensión constante que viví en la RCA supera a cualquier otra cosa que haya visto en todos los años que llevo trabajando en MSF. Aunque he estado en lugares donde se producían bombardeos aéreos, ver a gente armada en todas partes crea una sensación de miedo e inseguridad que son difícilmente descriptibles. Había momentos de calma, pero en realidad era una calma falsa. Que no se oyeran disparos o gritos, muchas veces sólo significaba que se estaba preparando un nuevo ataque. Resulta difícil comprender cómo pueden llegar a darse unos niveles tan extremos de violencia. Y es muy duro aceptar que toda una parte de la población ha sido torturada y masacrada delante de nuestros ojos sin que podamos hacer nada. Aniquilada.

Miles de personas han tenido que huir debido a la violencia. Aquellos barrios que hasta hace poco tiempo eran considerados como musulmanes están ahora completamente vacíos. Y aunque la situación de seguridad ha mejorado un poco, muchos tienen demasiado miedo como para regresar. Las decenas de miles de personas que siguen escondidas en el bosque temen por sus vidas y no se atreven a abandonar sus refugios. Para aquellos que han huido del país, así como para los musulmanes desplazados que aún siguen en la RCA, ya no hay vuelta atrás. Sus casas y negocios pertenecen ahora a otros. Y si volvieran, saben que los matarían.

NECESIDADES DE SALUD ABRUMADORAS

Independientemente de la violencia, hay muchísimas necesidades de salud que siguen sin estar cubiertas. El sistema sanitario apenas funciona, la gente tiene que pagar y la calidad de asistencia dispensada, si la hay, es extremadamente pobre. Eso hace que desde hace años haya una falta de confianza en la atención médica, y que muchas personas recurran a remedios tradicionales que frecuentemente acaban teniendo consecuencias mortales. A menudo, la gente acude a la atención sólo como último recurso.  Para entonces, muchas veces ya es demasiado tarde.

Como decía antes, esta es probablemente la situación de violencia más dura a la que me he enfrentado, y seguramente también sea la crisis en la que he visto unas necesidades más extremas en materia de salud. La intensidad de todo lo que ocurre en la RCA es abrumadora. Pero también he conocido a algunas personas con una capacidad de resistencia y unas ganas de vivir impresionantes. Ver a mis compañeros centroafricanos dedicarle horas y horas de su tiempo libre a ayudar a su comunidad, más aún después de haberse pasado el día entero trabajando, es un motivo de orgullo y de optimismo para todos los que venimos de fuera”.

Este artículo fue publicado originalmente en la agencia de noticias Europa Press http://www.europapress.es/

Comentarios del artículo: “Nunca había visto nada parecido” - Publicado: a las 11:06 am

Etiquetas: , , , , , , » Publicado: 16/05/2014

Genocidio de Ruanda: 20 años de impunidad y estafa

El genocidio de Ruanda dejó un mundo donde la inacción política para resolver las crisis que provocan acumulaciones atroces de sufrimiento humano en lugares sin interés es impunemente aceptada o incluso premiada.

Por José Antonio Bastos, presidente de Médicos Sin Fronteras

Entre el 7 de abril y el 1 de julio de 1994, más de 800.000 personas fueron asesinadas en Ruanda con una brutalidad y crueldad inimaginables, la mayoría a machetazos, siguiendo un plan meticuloso. Este horror era perfectamente previsible y fue detalladamente anticipado por el responsable de UNAMIR, la misión de los cascos azules en Ruanda, en un fax enviado tres meses antes a la oficina de las Fuerzas de Mantenimiento de la Paz de Naciones Unidas en Nueva York.

La respuesta fue chocante. El fax y la alerta que constituía fueron ignorados. Después, mientras los medios de comunicación retransmitían el genocidio, la Administración norteamericana presionaba para que en el Consejo de Seguridad no se utilizara la palabra “genocidio” y se evitara cualquier acción concreta para detener las masacres. Por último, Naciones Unidas despreciaba la información de sus propias fuentes y reducía el contingente de UNAMIR de 2.700 a 250.

Ante la acumulación de cadáveres en Ruanda, a mediados de junio el Consejo de Seguridad finalmente acordó intervenir para detener el genocidio. Ningún país se animó a aportar tropas hasta que Francia, aliada del Gobierno ruandés, lanzó la Operación Turquesa, operación militar “humanitaria” para “salvar vidas de civiles” que, de hecho, protegió la retirada a Zaire del Ejército ruandés y de las milicias Interahamwe, frente al avance del Frente Patriótico Ruandés (FPR) tutsi. El genocidio terminó cuando el FPR conquistó el país entero, cometiendo en el proceso actos de brutal violencia contra los civiles.

Con la perspectiva que nos da el tiempo, muchos podrían preguntarse ahora por qué el Consejo de Seguridad, las Fuerzas de Mantenimiento de la Paz, Estados Unidos y otros gobiernos bloquearon la respuesta al genocidio.

Justo entonces, la atención de todos (medios, opinión pública y organizaciones) fue absorbida por el desplazamiento de más de un millón de refugiados de Ruanda a Tanzania y Zaire. A esta crisis pronto se unió una brutal epidemia de cólera que mató a 50.000 personas.

La respuesta aquí fue abrumadora: los países más poderosos le consagraron ingentes fondos, incluso enviaron hospitales militares. Eran los mismos estados que, semanas antes, se habían abstenido de detener el asesinato de miles de personas. Esta impresionante respuesta podría parecer producto de la mala conciencia pero fue, en realidad, una cortina de humo que encubrió la obstrucción a la respuesta al genocidio.

Así, en apenas noventa días, se dieron tres hechos históricos de consecuencias dramáticas entonces y hoy.

El primero, el propio genocidio, el episodio más atroz de la historia reciente.

El segundo, el bloqueo de la respuesta a este crimen masivo por parte de quienes tenían la responsabilidad y la capacidad de hacer algo. No pasó nada: ni rendición de cuentas, ni dimisiones de los máximos responsables de la inacción. Nada. Esto solo puede llamarse impunidad.

Y aún más allá de la impunidad, casi esperpéntico: el hecho de que el entonces máximo responsable de las Fuerzas de Mantenimiento de la Paz de la ONU, Kofi Annan, fuera ascendido a Secretario General en 1997, y recibiera el Nobel de la Paz en 2001, es inadmisible.

El tercer acontecimiento fue la utilización de la ayuda humanitaria para encubrir la inaceptable inacción de gobiernos e instituciones internacionales. Este fenómeno no era nuevo, pero la enormidad del error encubierto y el gran éxito de la maniobra de distracción sentaron un precedente rotundo.

La inclusión de ambiciones políticas se ha hecho a costa de disminuir la capacidad del sistema humanitario internacional de atender a quienes necesitan ayuda urgente. La ausencia de organizaciones que pueden prestar asistencia básica está llegando a niveles alarmantes, como vemos en República Centroafricana o Sudán del Sur.

Un cuarto hito tuvo lugar ya en 1996: la Evaluación Conjunta de la Asistencia de Emergencia a Ruanda. Este análisis marcó las líneas de funcionamiento y orientación de la ayuda humanitaria, muy patentes hoy. La conclusión que tuvo más impacto y seguimiento fue que la acción humanitaria debía implicarse más en las causas políticas de las crisis y no solo en sus consecuencias. Esto, refiriéndose a un genocidio, es chocante, pero fue aceptado y supuso una estafa orquestada por los actores políticos. Lo dijimos entonces y lo repetimos ahora: no se detiene un genocidio (ni una guerra) con médicos.

La integración de elementos políticos en la acción humanitaria, que es independiente y neutral por naturaleza, la hace muy vulnerable a la instrumentación, como comprobamos durante la Guerra contra el Terror. Esta manipulación se ha convertido en una de las causas de la falta de acceso a ayuda vital de las poblaciones atrapadas en crisis muy politizadas.

La inclusión de ambiciones políticas se ha hecho a costa de disminuir la capacidad del sistema humanitario internacional de atender a quienes necesitan ayuda urgente. La ausencia de organizaciones que pueden prestar asistencia básica está llegando a niveles alarmantes, como vemos en República Centroafricana o Sudán del Sur.

El genocidio de Ruanda fue un drama brutal y desgarrador, con un epílogo de impunidad y estafa que llega hasta nuestros días. Dejó un mundo donde la inacción política para resolver las crisis que provocan acumulaciones atroces de sufrimiento humano en lugares sin interés es impunemente aceptada o incluso premiada.

Miles de personas en República Centroafricana o Sudán del Sur, entre otros muchos sitios, están pagando hoy un precio muy alto por ello.

Este artículo fue publicado originariamente en los periódicos del grupo Vocento.

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Etiquetas: , , , , , » Publicado: 15/04/2014

Ébola: Curar la epidemia del miedo

Cuando ocurre un brote de fiebre hemorrágica, como es el caso del producido por el virus del Ébola en Guinea y Liberia, los profesionales sanitarios son, a menudo, el primer colectivo en verse afectado por la enfermedad. El caso de Guinea no ha sido diferente.

olimpia Por Olimpia de la Rosa. Coordinadora médica de la Unidad de Emergencias de Médicos Sin Fronteras.

“Cuando llegamos a Macenta, el director del hospital había fallecido de Ébola. Era una persona muy querida, y eso crea un trauma, tanto para los colegas como para los familiares y la población”, de esta forma tan gráfica nos contaba nuestro compañero Luis Encinas a su regreso de Guinea, donde ha estado coordinando uno de los equipos de Médicos Sin Fronteras que interviene en la respuesta al brote, el impacto que éste está teniendo entre los propios profesionales sanitarios.

Según datos facilitados por la Organización Mundial de la Salud, el 3 de abril 14 trabajadores sanitarios habían contraído la enfermedad, de los cuáles 8 habían fallecido. Cuando se confirmó que se trataba de Ébola, una enfermedad de la que no se tenía noticia en Guinea hasta ahora, algunos trabajadores de salud guineanos dejaron sus puestos de trabajo.

Aunque no es inhabitual en los brotes de fiebres hemorrágicas que haya profesionales a los que el miedo lleva a abandonar, en todas las emergencias de estas características también hay personal sanitario que se queda asumiendo el riesgo que comporta. En las intervenciones en las que he trabajado me he encontrado compañeros sanitarios que han realizado procedimientos de alto riesgo (como la atención a partos de pacientes con la enfermedad) y que sólo pensaban en el beneficio del paciente y del bebé.

Información y estigma

Una de las primeras intervenciones que llevamos a cabo en este tipo de brotes es tratar de reducir el pánico entre el personal de salud. Como dice mi compañero Segimon García-Prades, antropólogo y promotor de salud en Médicos Sin Fronteras que ha trabajado en dos brotes de Ébola en Uganda y República Democrática del Congo, una de las claves es: “curar el miedo a la epidemia”.

Precisamente, la función de los promotores de salud es informar a la población sobre cómo prevenir, detectar síntomas y controlar el comprensible miedo social en este tipo de brotes epidemiológicos a causa de enfermedades con altas posibilidades de contagio. La información es la herramienta más poderosa para evitar el terror al mismo tiempo que el desconocimiento es el peor caldo de cultivo para que un brote se convierta en epidemia. Y esto no es exclusivo de Guinea, también nos sucede aquí.

Afortunadamente, mi compañero Luis Encinas no ha tenido problemas cuando ha regresado a la sede de Médicos Sin Fronteras en Barcelona. Nadie le ha rehuido, ni le ha negado un apretón de manos, todo lo contrario.

Pero no es siempre así. Existe un gran estigma asociado al Ébola tanto para los profesionales sanitarios que atienden a los pacientes como para éstos y sus familias. Me viene a la cabeza el caso de Kiiza Isaac con el que coincidí en el brote de Ébola en Uganda en el verano de 2012. Kiiza es un enfermero ugandés que contrajo el virus en 2007 en su distrito natal de  Bundibugyo. No solo venció a la enfermedad sino que, en 2012, cuando surgió un nuevo brote en Kibale, Uganda, trabajó para apoyar a otros a superarla.

Kiiza nos ayudaba con los pacientes, les decía que cuando se curaran estarían totalmente libres del virus Ébola. “La gente no debe teneros miedo, puedes tener una vida normal”, les decía Kiiza. Y así se lo transmitimos a los pacientes y a toda la comunidad. Las personas que se han curado del Ébola no suponen un riesgo para nadie. Los podemos besar, tocar y abrazar sin ningún riesgo, y así se lo demostramos.

Siete pacientes ya han sido dados de alta en los centros de Médicos Sin Fronteras, lo que demuestra que se puede combatir el virus si se reciben una atención adecuada, una buena hidratación y tratamiento para enfermedades secundarias. Rose tiene sólo 18 años y ha sido la primera de esos pacientes que han quedado libres del virus.

Mis compañeros de Guéckédou (en el sur de Guinea) nos acaban de enviar una foto de Rose que vale por todo el esfuerzo de la intervención para detener el brote. Tras pasar 10 días en la sala de aislamiento viendo al personal sanitario dentro de sus trajes amarillos, Rose recibe por primera vez un fuerte abrazo de una de las enfermeras de Médicos Sin Fronteras que han estado cuidándola. Me quedo con esa imagen.

* Este artículo fue publicado originalmente en la agencia de noticias Europa Press.

Comentarios del artículo: Ébola: Curar la epidemia del miedo - Publicado: a las 11:00 am

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