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Mauricio Ríos

Sociólogo Escuela de Trabajo Social UST Santiago.

Etiquetas: , , , » Publicado: 28/04/2015

El punk y su aporte desde la contracultura

En momentos en los que es fácil generar opiniones tendientes a etiquetar al punk por incidentes como los ocurridos en el recital de la banda Doom, hay que tener claro que no siempre estos movimientos pueden hacerse responsables de quienes se autoproclaman sus adherentes.

Ciertamente la oportunidad de escribir sobre un movimiento como el punk, abre un apetito insospechado para un melómano que de paso se dedica a algo así como los fenómenos sociales. Aún más complejo se vuelve cuando en una cantidad limitada de caracteres, se intenta dar cuenta de un período característico del siglo pasado y cuya influencia aún hoy perdura con mayor o menor intensidad. Lo cierto es que debo escribir sobre un movimiento cuyas principales manifestaciones se masificaron por medio de la música y la estética característica y que, sin embargo, tiene raíces más profundas que sólo estas manifestaciones.

Voy a partir con algunas afirmaciones que el lector más erudito podrá discutir, pero desde una actitud punk diré que es el lugar desde donde yo elegí situar su origen, aunque otro quiera discutirlo. Habría que remitirse a fines de los 60´s con el Garage Rock y principios de los 70s con el Pub Rock, ambas corrientes musicales (cuestión muy poco punk) nacen como reacción frente a la música predominante del momento, entiéndase desde la psicodelia hasta el rock progresivo. Bandas como Dr. Feelgood, un temprano Elvis Costello y The 101’ers, primera banda de Joe Strummer fundador de The Clash que, permítaseme el dejo de chauvinismo, contaba entre sus filas al chileno Alvaro Peña-Rojas, comienzan a adelantar el camino hacia lo que posteriormente se conocería como la música punk.

El desarrollo posterior de grupos como The Stooges, The New York Dolls, The Ramones, MC5 y los mismos The Clash coinciden con las constantes crisis económicas y sociales en EEUU y Europa, y en particular en Inglaterra con la crisis generada durante el gobierno de James Callaghan, motivada por la subida de los precios del petróleo que había llevado a la sociedad inglesa a cuestionarse toda su forma de vida y sociedad y que motivo el posterior ascenso y apogeo del Thatcherismo. Esto generará las condiciones para el desarrollo de un discurso contrario a la economía y la sociedad burguesa que se verá reflejado en letras cada vez más punzantes y directas y en abierta crítica al modelo hegemónico.

En The Philosophy of Punk More Than Noise, se puede leer lo que “… el punk no es: no es una moda, un estilo particular de vestir, ni unafase pasajera de rebelión contra los padres, ni la última tendencia o forma personal o estilo de música. Es una idea que puede orientar y motivar tu vida. La comunidad Punk existe para mantener y realizar una idea a través de la música, el arte, los fanzines u otras formas de expresar la creatividad personal. Y ¿cuál es la idea? piensa por ti mismo, sé tú mismo, no cojas sólo lo que la sociedad te da, crea tus propias normas, vive tu propia vida”.

Paralelamente, el movimiento comienza a nutrirse de múltiples corrientes artísticas, políticas y sociales que amplían los horizontes del mismo. Es así como surgen figuras influyentes como las de Philip K. Dick con el desarrollo del llamado Cyber-Punk, el acratismo ya presente en las letras de Crass, el ecologismo y el feminismo en su base más actualizada, que empiezan a dar cuenta de un movimiento más amplio no puramente encasillable en lo que algunos autores malamente han llamado tribu urbana.

El lema punk del do it yourself (DIY) sirvió de base para el desarrollo de toda una política de publicación independiente de discos, libros y fanzines que contribuyeron a la debacle de las grandes casas discográficas durante los 90´s y que han permitido el desarrollo de innumerables artistas que de otra manera no habrían accedido a las rutas comerciales tradicionales.

A principios de los 90, surge el Crust-Punk, tendencia que se nutre del llamado hardcore, el metal industrial, el anarco-punk y cuya filosofía, mantiene el carácter crítico y propositivo del DIY y su ética anti-consumo y de autogestión.

Todo movimiento social o contracultural, retoma viejos elementos, los recicla, los resitúa dándoles un nuevo carácter. Así, también lo ha hecho el punk, desde los movimientos de vanguardia literaria, pictórica como el dadaísmo, su recuperación de los orígenes del R&B, pasando por el reggae, hasta el futurismo de Marinetti, contribuyeron al desarrollo de la llamada cultura punk. Sin embargo, ya desde los Sex Pistols en adelante, parece norma general en el punk que cuando algo empieza a generalizarse llega también a su momento de crisis.

Recientemente nos enteramos del triste fallecimiento de 4 personas y otras tantas heridas como resultado de problemas en el acceso al recital del grupo británico de Crust-Punk Doom en una sala ubicada en el centro de Santiago. Las hipótesis en torno a la sobreventa de entradas, las malas condiciones de ventilación, algunas prácticas tendientes a generar avalanchas para así colarse, no pueden estar más lejos del ideario del movimiento.

En momentos en los que es fácil generar opiniones tendientes a etiquetar al movimiento por este tipo de incidentes, bien vale la pena dar cuenta de la influencia que muchos de los movimientos contraculturales han aportado a la mejora de procesos políticos, sociales y culturales. En estos momentos es en donde bien vale dar cuenta de que no siempre estos movimientos pueden hacerse responsables de quienes se autoproclaman sus adherentes. Mal que mal una de las pocas cosas que se distribuyen equitativamente en nuestro Chile actual es la estupidez.

Comentarios del artículo: El punk y su aporte desde la contracultura - Publicado: a las 8:16 am

Etiquetas: , , , » Publicado: 30/10/2014

Barras bravas y violencia más allá de los estadios

La violencia en el fútbol no constituye un tema nuevo, pero recurrentemente asoma en la discusión nacional. Para abordarlo, más allá de experiencias como la de Estadio Seguro, hay que tener en cuenta que se trata de un fenómeno de múltiples dimensiones.

A principios de la década de los 90 Nick Hornby escribía su ya famoso libro “Fiebre en las Gradas”, donde describe en qué consiste ser hincha de un equipo, sus penas y alegrías, con su buena pluma característica. El relato de Hornby es también una lúcida radiografía de las características sociales de este deporte y termina convirtiéndose en una sentida declaración de devoción y lealtad al fútbol, a un club y, sobre todo, a la comunidad de  sufridos seguidores de éste.

Hoy en Chile asistimos nuevamente a la discusión por el fenómeno de la violencia en los estadios, de la implementación de medidas que permitan paliar dicha violencia y cómo estas medidas están cooptando la actividad, condicionando el ejercicio de la condición de hincha en su espacio característico como le es el estadio.

Esta discusión no es nueva, más bien se vuelve recurrente y sobre todo en épocas pre o post-clásicos se vuelve urgente para algunos. Esto no hace sino dar cuenta de la complejidad del problema y de las dificultades en las que se han visto la implementación de todas las medidas tendientes a su prevención.

La idea de erradicar la violencia en los estadios ha sido discutida desde diversos ángulos. De igual manera, diversas voces y desde diversas disciplinas han intentado explicarla y dar cuenta de posibles salidas o soluciones. La violencia en los estadios, así como la existencia de barras bravas, no constituye un fenómeno nuevo. Sin embargo ¿Por qué volvemos a ella recurrentemente? ¿Por qué cada cierto tiempo surge la necesidad de “combatir la violencia en los estadios” y de “disolver las barras bravas”?

Durante la mayor parte del siglo XX, la violencia en este deporte constituyó un hecho excepcional en Chile. Por el contrario, hasta los 70’ el hincha nacional tenía una actitud más bien de espectador pasivo, lo que era característico del espectáculo, aún incluso en partidos de gran convocatoria.

En la década de los ’80, sin embargo, comienza a gestarse una transformación en la fisonomía del hincha y de las barras organizadas, y surgen agrupaciones de jóvenes que rompieron con las “barras oficiales” de sus respectivas instituciones. La creación de la Garra Blanca de Colo Colo, en 1986, fue seguida un año más tarde por Los de Abajo, en Universidad de Chile, sirviendo de modelo para otros clubes. Un nuevo tipo de hincha, que adquiere un protagonismo aparte en el estadio y fuera de él, comienza a configurarse, Las barras se vuelven el espacio de encuentro de personas socialmente marginadas, que muchas veces trasladan su precaria condición social a un nuevo espacio de manifestación como lo son los espectáculos deportivos.

La implementación del plan Estadio Seguro complejizó aun más la convivencia en las canchas nacionales. Las fuertes medidas de represión han sido recibidas de forma conflictiva por los barristas y por el hincha común en general, ambos puestos en el mismo saco en la aplicación de medidas preventivas. A ello se suman diversos episodios tragicómicos derivados de ésta, como la imagen del viejito al que se le quita un cartel de apoyo a Santiago Morning en un partido de su equipo contra Deportes Temuco, en un sector absolutamente desolado del estadio, o el no permitir el ingreso de los bombos y trompetas de la conocida y tradicional “Bandita” de Magallanes, lo que sólo dan cuenta de la falta de claridad a la hora de afrontar el problema.

Una de las principales críticas que se ha planteado sobre el plan Estadio Seguro es que ha institucionalizado prácticas que suponen de entrada que todo hincha es un delincuente o violentista potencial, o como nos dice Santa Cruz  “lo que hace realmente el programa es correr la violencia donde no se vea”.

Para el cientista social Eduardo Santa Cruz, esto se explica, entre otras cosas, porque  “estas barras, que le sirvieron por mucho tiempo a los privados que manejan el fútbol, ahora les están echando a perder el negocio. Se les escaparon de las manos. El grado de autonomía que adquirieron fue demasiado grande y ya no los pueden controlar”.

Una de las principales críticas que se ha planteado sobre el plan Estadio Seguro es que ha institucionalizado prácticas que suponen de entrada que todo hincha es un delincuente o violentista potencial, o como nos dice Santa Cruz  “lo que hace realmente el programa es correr la violencia donde no se vea”.

En  diciembre del año 2007, Enrique Osses suspendía el partido de vuelta de la semifinal del fútbol chileno disputado entre Colo Colo y Universidad de Chile en el Estadio Nacional, luego de que un sector de la barra azul arrojara proyectiles a la cancha. Paralelamente, en Valdivia, a muchos kilómetros de Santiago, hinchas de Colo Colo y de la U se enfrentaron en una batalla campal en el centro de esta ciudad, que terminó con varios heridos.

Si pudiéramos hacer una revisión de las diversas manifestaciones o actos de violencia entre barristas, podríamos fácilmente dar cuenta de que en su gran mayoría estos no suceden en los estadios, y que los casos más graves son más bien habituales en muchos lugares de la periferia de Santiago.

En “El aguante o la consagración de la pasión guerrera”, Mario Sepúlveda analiza el rol de la violencia como articulador de las relaciones sociales en una población periférica de Santiago luego de las políticas habitacionales, si es que se le puede llamar así a un proceso deliberado de erradicación de los pobres desde el centro de la ciudad hacia sus bordes,  de la dictadura, y su influencia en la posterior generación de piños (núcleos territoriales en los que se agrupan los barristas), los cuales mediante una inversión ideológica, comienzan progresivamente a identificarse con la bravura de ser de la pobla  y el orgullo de ser de una barra, en donde el piño se convierte en una relación entre lo local, el barrio y lo global, la barra en su conjunto.

La exploración del tema, por parte de Sepúlveda, constituye un gran aporte a la hora de entender cómo las barras bravas y la pertenencia a éstas puede constituir un proyecto de identidad para muchos sujetos. “Aquí, la identidad aparece como una referencia geográfica (la adscripción a un territorio determinado) y sociocultural (la afirmación de una pertenencia a un equipo y un modelo de devoción a este mismo)”, nos dice Sepúlveda. De este modo, queda claro que la exploración de la subjetividad de los barristas constituye una gran fuerte de información para la comprensión de este fenómeno.

La necesidad de situar la violencia en los estadios en un espectro más amplio que el puramente circunscrito al espacio físico de éste, parece ser cada día más claro, lo que redunda en la necesidad de enfocarse en cómo este tema en apariencia particular y específico, más bien está dando cuenta de un fenómeno que posee múltiples dimensiones. Por eso debe ser abordado desde esta complejidad y no perder de vista como nos dice Hornby que, para muchos, “el futbol, el consuelo de mi infancia, mi manta de Linus, fue mi forma de aguantar a trancas y barrancas todo el chaparrón”.

Comentarios del artículo: Barras bravas y violencia más allá de los estadios - Publicado: a las 7:27 am

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