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  • Juanita A. Rojas C.

Juanita A. Rojas C.

Decana Facultad de Comunicaciones. Universidad Central.

Etiquetas: , , , , , , » Publicado: 13/07/2015

Una verdadera televisión pública

Televisión Nacional muestra una sucesión de fracasos en términos de sus apuestas programáticas y malos resultados económicos. Es el momento de convertir a TVN, al fin, en el verdadero canal público al servicio de todos los chilenos.

En los pasados días, cuando diversos medios informaron sobre el despido de 52 trabajadores de distintas áreas de Televisión Nacional de Chile, anticipando que nuevas desvinculaciones se producirían en las siguientes semanas, algunos no pudimos evitar recurrir a una sentencia que parece manida, pero encierra una gran verdad: toda crisis trae consigo una oportunidad.

TVN muestra una sucesión de fracasos en términos de sus apuestas programáticas y según la Superintendencia de Valores y Seguros, las pérdidas para el primer trimestre de 2015 llegan a los $5.500 millones, acercándose peligrosamente a la suma de las pérdidas de todo el año 2014. Hasta ahí, la disminución de personal, reubicación de directivos y baja en algunas remuneraciones parece la reacción lógica de cualquier empresa en aprietos.

El punto es que TVN no es una empresa más o, al menos, no debería serlo. Los malos resultados económicos de la estación televisora pueden atribuirse a mala gestión, errores programáticos, directivos incompetentes, mala calidad del directorio o… todas las anteriores. ¿Pero, es ese el tema de fondo? No, el tema a discutir es el rol que juega TVN en nuestro sistema medial, su misión, su estructura y su sistema de financiamiento.

Hace algunos meses, junto al Colegio de Periodistas, un grupo de universidades hemos iniciado la discusión sobre nuestro sistema de medios, la ausencia de pluralismo informativo real y los efectos perniciosos que esto genera en la calidad de nuestra democracia. Los análisis, a la fecha, indican que es perentorio revisar la legislación vigente sobre la materia, así como elaborar de manera participativa una política de comunicaciones. Dentro de esa política, Televisión Nacional debe jugar un rol determinante.

Es el momento de convertir TVN, al fin, en el verdadero canal público al servicio de todos los chilenos. Lo anterior requiere un cambio de legislación, de manera que su directorio no sea, como ahora, el fiel reflejo de abominado sistema binominal. La verdadera televisión pública requiere un directorio que dé cuenta de la diversidad social, cultural, regional, étnica y política de nuestro país.

Por otra parte, el actual sistema, que obliga a TVN a autofinanciarse y depender de la publicidad, resulta el principal escollo para cumplir su rol. Sin falsos pudores, hay que decir de una buena vez que es necesario asegurar financiamiento del Estado, garantizando por supuesto su independencia de los gobiernos de turno. Pero el panorama actual, que deja al canal a merced de la dictadura del empresariado que pone la publicidad no es precisamente garantía de pluralismo, independencia o calidad.

Cabe reconocer, a pesar de todo, el esfuerzo que ha hecho TVN y gran parte de sus trabajadores por cumplir con su deber público. Como botón de muestra, el Consejo Nacional de Televisión dio a conocer, días atrás, el primer balance después de la aplicación de la norma que exige a los canales una cantidad mínima de horas de programación cultural. De las 1.595 horas ‘culturales’ exhibidas por los canales de señal abierta, fue TVN la que emitió la mayor cantidad de programas de esta índole. Mega –el líder del rating y las ganancias- fue el que menos aportó.

Comentarios del artículo: Una verdadera televisión pública - Publicado: a las 9:27 am

Etiquetas: , , , , » Publicado: 09/09/2014

Como antes digamos nuevamente: Nunca más

La bomba que estalló en el local comercial de una estación de Metro nos debe hacer recordar lo que dijimos ante las violaciones de los derechos humanos en dictadura: Nunca más la violencia irracional, nunca más la agresión artera de chilenos contra chilenos. Sobre todo, en la semana en que estamos, a 41 años del golpe.

Hace exactamente un año, en vísperas de conmemorar el aniversario cuarenta  del Golpe de Estado que dejó partida en un antes y un después la vida de miles de chilenos, se produjo una suerte de catarsis colectiva que permitió  sacar a la luz lo peor y lo mejor de ese retazo oscuro de nuestra historia.  Sacar afuera todo el dolor, la mentira, la vergüenza y el horror  fue, sin duda, un indispensable acto de sanación.

En los espacios públicos,  los foros académicos y los medios de comunicación se habló de lo que nunca antes se había hecho; se mostraron imágenes por decenios censuradas, se ventilaron verdades ocultas, se rindió homenaje a las víctimas conocidas y a muchas de las olvidadas.

La indignación que nos produce, por ejemplo, la actitud odiosa de los dueños del poder económico para impedir cambios que les cercenen sus eternos privilegios; los abusos sexuales cometidos por quienes predican acerca de la moral y el pecado, o la falta de justicia oportuna para las víctimas de atropellos, no pueden nunca ser caldo de cultivo para justificar ni explicar la agresión artera de una bomba en un lugar público

En buenas cuentas, enfrentamos socialmente los que nos pasó. Los de antes  -los que vivimos los años aciagos- y los de ahora –los que a punta de marchas nos recuerdan los desafíos pendientes-, debimos mirar de frente nuestro pasado, único camino para recomponer  el presente y, quién sabe, construir un futuro compartido.

Debería ser así.  Pero  una bomba que estalló el lunes pasado en el local comercial de una estación de Metro nos recordó  que el derecho  de todos a la vida,  a la libertad, a convivir en paz, con igualdad de oportunidades y  en dignidad no se alcanza nunca de manera definitiva.  Porque si bien el conflicto es consustancial al devenir de una nación democrática, no hay ideología, concepción política o religiosa que justifique la vía del terrorismo como expresión de un  reclamo o demanda.

Esta tarea ardua de construir un mejor lugar para todos requiere de esfuerzo y, reconozcámoslo, son muchas las trabas que se interponen entre el país que soñamos y el que nos permiten ciertos grupos. Pero la indignación que nos produce, por ejemplo, la actitud odiosa de los dueños del poder económico para impedir cambios que les cercenen sus eternos privilegios; los abusos sexuales cometidos por quienes predican acerca de la moral y el pecado, o la falta de justicia oportuna para las víctimas de atropellos, no pueden nunca ser caldo de cultivo para justificar ni explicar la agresión artera de una bomba en un lugar público.

Por todo lo anterior, esta semana, 41 años después que muchos de nosotros vimos nuestra existencia transformada para siempre, debemos recordar lo que dijimos algunas veces en voz baja y que tantas otras  gritamos en las calles: nunca más.  Debemos decirles a esos que construyen e instalan una bomba para herir y atemorizar a inocentes, que no dejaremos que lo que ocurrió antes, ocurra nunca más.

Nunca más la violencia irracional, nunca más la agresión artera de chilenos contra chilenos, nunca más el miedo de pisar en nuestro propio suelo,  nunca más el odio, la desidia, la injusticia, el olvido. Nunca, nunca más.

Comentarios del artículo: Como antes digamos nuevamente: Nunca más - Publicado: a las 9:53 am

Etiquetas: , , , , , » Publicado: 29/08/2014

El juego de la popularidad en la política

Recientes encuestas y artículos de prensa han centrado su interés en el mayor o menor grado de conocimiento que tienen los ministros por parte de la ciudadanía. Sin embargo, esos datos se acercan peligrosamente a una lógica de farándula al no medir el grado de satisfacción con el accionar ministerial.

Si cada habitante adulto de nuestro país prestara un mínimo de atención al sinnúmero de investigaciones de mercado, encuestas, ranking y demás estudios de opinión, probablemente su vida cotidiana sería más tensa. La proliferación de estos instrumentos de medición no solo hacen referencia a los más variados  aspectos de la vida, sino que pretenden –y sinceremos el asunto- influir en las opiniones y las conductas de las personas. Esas miles de personas que livianamente se reducen al concepto “opinión pública”.

Para los expertos queda el análisis de lo apropiado de la metodología, la validez de la muestra y lo más o menos tendenciosa que puedan ser las preguntas. La gente común solo recibe el impacto de resultados que los autores del estudio y los medios de comunicación presentan y explican a su amaño y conveniencia.  Lo grave, sin embargo, sería que la obsesión por las encuestas sea un factor determinante para quienes gobiernan, en la medida que sirva de trazado para llevar adelante las políticas, planes y programas que deben implementar.

Recientes encuestas y artículos de prensa han centrado su interés en el mayor o menor grado de conocimiento que tienen los integrantes del gabinete del actual gobierno por parte de la ciudadanía.  Nada extraño si se considera que en las contiendas electorales el conocimiento de los votantes es un paso previo indispensable para ser electos. Pero es apenas eso: el paso previo. La diferencia es que los gobiernos ya fueron elegidos y su misión fundamental es llevar adelante su programa, satisfacer las necesidades y demandas ciudadanas y lograr que los destinatarios de las políticas públicas las conozcan, las entiendan y las aprovechen.

Son los contenidos de las políticas y programas los que deben ocupar el espacio medial; es la forma en que esos contenidos se explican lo verdaderamente  importante y no la popularidad del vocero.

Es incuestionable que el debate público -el verdadero, ese que se sustenta en la mayor cantidad de información, comprensible para el máximo de personas y con diversidad de participantes- requiere de los medios de comunicación, en la medida que éstos influyen directamente sobre la opinión pública. Lorenzo Gomis afirma que si aparece en mayor número de medios de comunicación, de manera más destacada y con mayor precisión en los contenidos, el hecho aumenta su repercusión, eleva el nivel de recordación y favorece la adecuada interpretación de los hechos.

Si aceptamos la premisa anterior, el rol de los medios parece indiscutible, entonces. Particularmente en momentos en que la discusión en nuestro país se centra en una serie de cambios profundos y relevantes, que requieren de una adecuada comprensión ciudadana para llegar a ser algo más que otro proyecto devenido en Gatopardo. Pero son los contenidos de las políticas y programas los que deben ocupar el espacio medial; es la forma en que esos contenidos se explican lo verdaderamente  importante y no la popularidad del vocero.

En los medios de comunicación los diferentes actores políticos pueden y deben apropiarse de los temas de discusión y hacer valer  sus ideas, políticas y programas. No son menos relevantes los atributos comunicacionales de quien explica esos planes, claro está. Pero lo anterior dista bastante de entrar en el juego del ranking de popularidad, basado en la cantidad de apariciones de las máximas cabezas ministeriales en los medios de comunicación.

Los “grados de conocimiento” a que aluden las encuestas y algunos medios de comunicación no solamente resultan engañosos, en la medida que no aluden al grado de satisfacción con el accionar ministerial, sino que se acercan peligrosamente a la lógica de farándula –esa que indica que no importa qué es lo que se diga, lo que importa es aparecer-. Y hay un peligroso paso entre buscar desesperadamente el conocimiento público hablando de lo que sea en cualquier espacio y la banalización de la actividad pública.

Comentarios del artículo: El juego de la popularidad en la política - Publicado: a las 9:19 am

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