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Juan Pablo Paredes

Sociólogo UDP

Etiquetas: , , , » Publicado: 10/01/2012

Sobre nombres, memoria y política

Los tres actos: reducir las horas de historia, eliminar los cursos de Artes y Música del currículo, y sustituir “régimen militar” por dictadura en los libros de Educación Básica, al relacionarse posibilitan inferir la existencia de una política denegatoria.

“Reducir horas de historia, sacar Artes y Música, y lo nuevo: censurar el término dictadura”, comentaba una amiga en Facebook, para luego preguntarse: “¿Qué sigue ahora?”.  Fue de las primeras reacciones que leí en las redes sociales, debido a la decisión del Ministerio de Educación de cambiar el término dictadura por el de “régimen militar” en los libros de historia de Educación Básica,  al caracterizar políticamente el período que va desde septiembre de 1973 hasta inicios de los 90.

No tengo una respuesta para la pregunta de mi amiga, ya que el gobierno sobrepasa mi capacidad de asombro e imaginación con sus decisiones. Pero más allá de mi ignorancia futurológica, la relación que propone no es espuria o irrelevante, como calificó al cambio mencionado la presidenta del CNED (Consejo Nacional de Educación), e invita a reflexionar sobre las implicancias de tales actos para nuestro acontecer sociopolítico.

Permítanme proponer brevemente una posible línea de interpretación en la que se vincula la capacidad de representar y nominar la memoria colectiva y la política.

Para el psicoanalista y académico Roberto Aceituno, una política de este tipo es aquella que produce una práctica de supresión sobre las huellas que marcan la memoria colectiva, como es el caso del trauma colectivo que produce una dictadura militar.

En la política denegatoria se pone en marcha la posibilidad de hacer desaparecer las huellas de la memoria, destruyendo sus rastros. En ella no se produce la operación de represión que se asocia al duelo por una pérdida, como ocurre en el inconsciente; por el contrario, se trata de borrar el recuerdo de la memoria colectiva, eliminando la posibilidad de narración del acontecimiento. Tal desaparición del relato impacta a los vínculos sociales, al lazo social y a la sociabilidad en más de un sentido, redefiniendo nuestra configuración sociocultural.

Y las Artes, la Historia y su escritura conforman  herramientas con las que pueden simbolizarse las huellas de la memoria colectiva, es decir, son formas en las que se puede hablar o escribir sobre tal trauma colectivo y su memoria. Su nominación vía narración, u otra forma de representación, es una manera de hacerla presente.

Pero las Artes y la Música, así como el saber de la historia y su escritura, también participarían de la disputa por aquello que el filósofo francés Jacques Ranciére denomina el reparto de lo sensible. Es decir, el modo en que lo común a todos es distribuido entre diferentes participantes, ocupaciones y lugares.

Por ejemplo, un enunciado muy repetido en dictadura y usado hasta hoy: los estudiantes deben ir al colegio y dedicarse a estudiar, es una forma en que opera el reparto de lo sensible ya que define nombres (estudiantes), ocupaciones (estudiar y no otra cosa) y lugares en los que realizar tal tarea (colegios u otras instituciones educativas).

Por ejemplo, un enunciado muy repetido en dictadura y usado hasta hoy: los estudiantes deben ir al colegio y dedicarse a estudiar, es una forma en que opera el reparto de lo sensible ya que define nombres (estudiantes), ocupaciones (estudiar y no otra cosa) y lugares en los que realizar tal tarea (colegios u otras instituciones educativas).

La partición de lo sensible define lo visible de aquello que no lo es, lo que no puede decirse de aquello que puede ser dicho; diferencia a quienes tienen voz y palabra de quienes emiten sólo ruidos. Lo anterior permite a Ranciére tematizar la política como el desacuerdo de una experiencia de lo sensible y su reparto. La política trata, entonces, de lo que vemos y de lo que podemos decir sobre ello, sobre quién tiene la competencia para ver y la cualidad de decir y de nombrar.  Lo sensible en su reparto es una forma de organización y una modalidad del hacer que instituye una relación de visibilidad sobre  lo social.

Un gobierno  que realiza un reparto de lo sensible prescindiendo del potencial crítico de las artes y de la música, así como del saber histórico y que además recurre a una política de la denegación para eliminar las huellas del trauma histórico, es un gobierno que naturaliza grotescamente una forma unidimensional de lo social, donde el enunciado: “un estudiante debe ir al colegio y dedicarse a estudiar”, no sería nunca cuestionado o discutido.

Cuestionar tal forma de naturalización y tal reparto de lo sensible es una tarea eminentemente política y colectiva que reapareció el 2011 con el actuar del movimiento estudiantil, pero que requiere de apoyos institucionales y de decisiones colectivas impulsadas por la ciudadanía, que no pueden resolverse vía la libertad individual de elegir que nombre usar para hablar de ello, como intenta el ministro de educación, o vía la libertad de conocer, o no, las expresiones artísticas como mero consumidor.

Las artes, la historia y principalmente la palabra “Dictadura”, desde su potencial crítico y desnaturalizador, no pueden transformarse en ideas fuera de lugar. De hacerlo, en un futuro próximo,  sólo podremos realizar diálogos de exiliados, eso sí al interior de nuestro cuerpo social y de nuestra propia memoria colectiva.

Comentarios del artículo: Sobre nombres, memoria y política - Publicado: a las 1:44 pm

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