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  • Jean Masoliver

Jean Masoliver

Cientista político de la Fundación Cientochenta.

Etiquetas: , , , » Publicado: 04/06/2014

Políticos irresponsables y el ejemplo surcoreano

La accountability debe ser una exigencia institucional, pero además ética, que promueva una sociedad democrática sana y propenda a la mayor probidad y transparencia del establishment político.

El 27 de abril, el primer ministro de Corea del Sur, Jung Hong-won renunció asumiendo la responsabilidad que tenía por el naufragio del ferry Sewol ocurrido el 16 de ese mismo mes, y del cual aún hay desaparecidos. Es interesante observar cómo es que la cultura política de un país afecta la responsabilidad que los políticos tienen sobre sus propios cargos. Y este tema es fundamental en una época donde en Chile existe cierto ánimo refundacional por parte del Gobierno.

Cuando se habla de la calidad de la democracia, muchas veces los políticos prefieren no considerar un aspecto muy importante, el accountability. Este consiste en los mecanismos de rendición de cuentas y transparencia, pero también de responsabilidad pública, que hasta ahora parecen no ser parte de la agenda de cambios en el sistema político que impulsa el Gobierno. El ejemplo del ex primer ministro surcoreano nos demuestra la importancia que tiene sobre la calidad de la cultura política de un país, el asumir la responsabilidad pública en el quehacer político.

Desde la gestión post terremoto de 2010, pasando por la tragedia de la cárcel de San Miguel hasta el infausto incendio porteño de este año, se buscan con mucha facilidad responsables sin nombre ni cargo, escondidos detrás de los vocablos “Estado” y “Fisco”. La pregunta es si acaso quienes son los responsables serían capaces de reconocer, tal como lo hizo el ex primer ministro surcoreano, su cuota de culpa en lo acaecido en cada desastre. Quizás si hubiese sido así, la actual mandataria no hubiera vuelto a postular a la primera magistratura, o el actual alcalde de Valparaíso hubiera renunciado.

En un período que, según el Gobierno, pretende tener un ánimo refundacional, haría bien reflexionar sobre la clase de políticos y autoridades que nosotros estamos eligiendo, y de la misma manera, haría bien que exigiéramos que éstos asuman sus responsabilidades en función de sus respectivos cargos.

A lo anterior, debemos señalar que la ciudadanía en nuestro país evidencia que la cultura política exige ciertos mínimos de probidad a la hora de legitimar a sus gobernantes. El episodio de los subsecretarios y gobernadores de este Gobierno que no alcanzaron a poseer el cargo, que tuvieron que renunciar por tener causas judiciales  o aparecer en una ficha de protección social sin calificar para ello, es una demostración de aquello que menciono.

Por lo anterior, el establecimiento de mecanismos de accountability debe ser una exigencia institucional, pero además ética, que promueva una sociedad democrática sana y propenda a la mayor probidad y transparencia del establishment político.

En un período que, según el Gobierno, pretende tener un ánimo refundacional, haría bien reflexionar sobre la clase de políticos y autoridades que nosotros estamos eligiendo, y de la misma manera, haría bien que exigiéramos que éstos asuman sus responsabilidades en función de sus respectivos cargos. La acción del ex primer ministro de Corea del Sur es un ejemplo para nuestras autoridades, y una luz de que la política puede ser mejorada por mínimos éticos que trascienden la sed de gloria y grandeza propias del ejercicio del poder.

Comentarios del artículo: Políticos irresponsables y el ejemplo surcoreano - Publicado: a las 8:13 am

Etiquetas: , , , , » Publicado: 23/01/2014

¿Y si la mayoría “pasa la aplanadora”?

Si la futura mayoría parlamentaria no intenta abrir espacios de consenso en el Congreso, generará un daño a la calidad en la ética política. La mayoría tiene la obligación ética de escuchar a la minoría.

Estamos ad portas del nacimiento de un problema que puede afectar gravemente a la cultura cívica del país mediante sus liderazgos, los cuales -en teoría, al menos- están en el Congreso. Con el ascenso al poder de la Nueva Mayoría, acompañada de una fuerza parlamentaria sin precedentes, son muchos quienes creen que presenciaremos el momento de “realizar las grandes transformaciones que la ciudadanía está reclamando”. Suponiendo que efectivamente esas son las transformaciones que la ciudadanía reclama, y que la ciudadanía efectivamente está pidiendo transformaciones, esta situación pondrá a prueba intensamente la cultura política de los líderes del país, toda vez que existe una mayoría parlamentaria clara en el Congreso que probablemente haga más fácil la aprobación de los cambios que quiere implantar esta coalición. Y mientras se pone de manifiesto una mayoría, por definición una minoría es su contraparte.

Para entender la función de la minoría en un sistema democrático representativo, es menester retomar a un autor cuyo aporte últimamente está relegado de la discusión pública: John Stuart Mill. Este filósofo entiende que para que una opinión mayoritaria se valide en la práctica es cabal que la minoría que defiende la posición contraria tenga todas las herramientas posibles para exponer su disenso, y poder contraargumentar aquello que la mayoría está proponiendo.

Hay que considerar una democracia como un sistema ético, el cual implica un espacio de encuentro de opiniones en igualdad de condiciones con el férreo propósito de lograr acordar los asuntos de la polis. Desde este punto de vista, la mayoría no manda. A la mayoría se la mandata para convocar a la discusión y liderarla.

Esta necesidad surge desde la imposibilidad de saber a ciencia cierta si lo que se está creyendo es la verdad (o posee mayor verdad). La mayoría, por su parte, tiene la obligación ética de escuchar a la minoría y buscando siempre lograr convencerla de que su posición es la correcta. Si ambos requerimientos no existen, lo que hay es una “tiranía de la mayoría”, no una democracia, lo cual, de ser efectivo en nuestro país, potencialmente sería un grave atentado contra las libertades políticas y nuestro sistema democrático.

Hoy se están comenzando a escuchar voces al interior de la coalición ganadora que llaman a hacer valer las mayorías, esto es, que sencillamente se voten las reformas sin intentar abrir espacios de consenso en el Congreso.

Si bien esa actitud podría ser parte de las reglas del juego, lo importante aquí es que quienes han ganado tienen la obligación ética de intentar convencer a su contraparte antes que simplemente votar en el Congreso y ganar. Podría retrucarse que la ciudadanía votó por una opción mayoritariamente por lo que la coalición ganadora tiene el deber de hacer valer su mayoría, como lo dice sin tapujos  la senadora electa Carolina Goic.

Si eso fuera cierto, el problema es más grave: la ciudadanía tiene un déficit en comprender que la democracia no significa simplemente un conjunto de votos que suman para configurar una mayoría que gobierne. Esa es una visión limitada. Para entender esto, hay que considerar una democracia como un sistema ético, el cual implica un espacio de encuentro de opiniones en igualdad de condiciones con el férreo propósito de lograr acordar los asuntos de la polis. Desde este punto de vista, la mayoría no manda. A la mayoría se la mandata para convocar a la discusión y liderarla.

Para resumir: la configuración de una mayoría no implica que alguna discusión esté zanjada, sino significa que se establece un paso siguiente, que es la de intentar convencer y de validar las argumentaciones de cada parte en función de lo que defienden. El disenso -y posterior consenso- justamente colabora en la construcción de la sociedad democrática validando la opinión correcta. Si la mayoría simplemente “pasa la aplanadora”, quizás se logre avances, pero con una calidad en la ética política que dista mucho de ser propiamente democrática.

Comentarios del artículo: ¿Y si la mayoría “pasa la aplanadora”? - Publicado: a las 11:54 am

Etiquetas: , , , , » Publicado: 07/01/2014

Falta empatía, no igualdad

Hoy se habla mucho de igualdad. La igualdad no soluciona este problema y de hecho lo acentúa. Es la empatía, que se constituye por sinergia en el seno de la sociedad civil, el elemento que hace falta en la ecuación.

Las personas en nuestro país no están cumpliendo sus acuerdos. Por ejemplo, evaden pagar en la locomoción colectiva, botan la basura en el suelo u orinan en las esquinas. Lo digo porque lo he visto. Quizás exagere -estoy disponible a la crítica- pero creo que vivimos en un estado de naturaleza hobbesiano, ese del homo homini lupus, donde lo que mueve a los individuos es el instinto de la autopreservación, lo que lleva a la desconfianza, y sumado a los deseos de gloria inherentes a cada ser humano, nos lleva al conflicto.

No me estoy refiriendo a los grandes “conflictos sociales”. Mi interés está en lo micropolítico, en lo cotidiano, en esa área gris que el sistema político no observa porque hasta ahora no le interesa, aunque se funde en la agregación de espacios micropolíticos.

Con la afirmación anterior, alguien podría preguntarme qué pasa con el Estado, ese leviatán que nos hace obedecer y nos mantiene a salvo de que unos nos matemos a otros. Existe Estado, no cabe duda, pero no basta. Los ciudadanos tenemos una responsabilidad aun mayor de evitar que tengamos un Estado que crezca cada vez más, pero nos mantengamos en un estado armónico de voluntades individuales.

David Gauthier -conocido por su teoría política basada en el cálculo de utilidades expuesta en el libro Morals by Agreement de 1986- decía que la sociedad justa es un arreglo cooperativo para la ventaja mutua. Lo que observamos hoy es que, aun con un Estado creciente -donde claramente ha habido mayores expresiones institucionales basadas en lo que se puede llamar asistencialismo-, que podríamos entender como el mecanismo que asegura la solución al problema del cumplimiento de los acuerdos, las relaciones entre individuos obedecen a la ley del más fuerte.

Me refiero a personas que evaden pagar el precio de lo que consumen, personas que abusan de su contraparte contractual, personas que exceden la confianza en las instituciones, personas que no asumen sus responsabilidades institucionales. Todas son acciones que mellan el concepto de arreglo cooperativo.

Lo central en esto es la confianza. Y en mi opinión, no confiamos en los otros porque no hay empatía entre individuos, empatía que permitiría ­-según el dilema del prisionero- entender que colaborar juntos trae más beneficios que romper el acuerdo social.

Hoy se habla mucho de igualdad. La igualdad no soluciona este problema. De hecho, la igualdad lo acentúa. Si ambos somos iguales, sé que ambos queremos romper el acuerdo, por lo que no haré nada comprometedor y mis futuros acuerdos serán tibios, sin contenido intenso a largo plazo, elemento vital para la construcción de sociedades más libres.

No confiamos en los otros porque no hay empatía entre individuos, empatía que permitiría ­-según el dilema del prisionero- entender que colaborar juntos trae más beneficios que romper el acuerdo social.

Y hay que advertir, asimismo que la igualdad no es equidad. La equidad es institucional, permite que las leyes tengan efecto en todos y permitan el goce efectivo de las libertades individuales, y efectivamente hay que avanzar en ello (no es necesario ahondar ese punto), considerando además que esa también es una variable a considerar para entender por qué no se observa un arreglo cooperativo en Chile.

Como decía, la empatía es el elemento que hace falta en la ecuación. Cuando hay empatía no hay necesidad de romper los acuerdos porque sabemos que ambos estamos mejor cuando colaboramos, porque entendemos que la sociedad es una construcción social. Lo que diferencia la empatía de la igualdad es la proveniencia de dicho valor. La igualdad proviene de una norma política, normalmente creada desde una élite. La empatía se constituye por sinergia, en el seno de la sociedad civil, desde las virtudes cívicas de sus ciudadanos. Esto no significa que haya que forzar la costumbre de cooperar. La responsabilidad de que la empatía tenga lugar en la sociedad chilena depende única y exclusivamente de sus miembros, y por tanto, esto no viene del Estado, porque él mismo y sus reglas son las que están siendo omisas por su población.

En un momento en el que se está configurando un nuevo escenario político y social, vale la pena preguntarse acerca de los elementos que nos aglutinan como acuerdo cooperativo.

La pregunta central en este punto es: ¿me conviene cooperar con otros? La idea es que convenga justa y efectivamente. Para eso se requiere la voluntad cooperativa de todos, y eso proviene de la empatía, no de la igualdad que hoy muchos pregonan.

Comentarios del artículo: Falta empatía, no igualdad - Publicado: a las 10:05 am

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