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Gabriela Flores Peñaloza

Periodista y Diplomada en Patrimonio, Comunidad y Cultura Local, USACH. Estudiante de Magíster en Musicología Latinoamericana, Universidad Alberto Hurtado.

Etiquetas: , , , , , » Publicado: 21/04/2016

Patricio Aylwin y la memoria de los muros

Hasta cerca del año 2000, un muro olvidado de Recoleta exhibió el rayado “PATO GALLINA”, juego de palabras con que el oficialismo se burló del candidato Patricio Aylwin por no querer debatir con Hernán Büchi en la previa a la primera elección tras 17 años de dictadura cívico militar. En 1996 surge el colectivo La Patogallina, agrupación que oxigenó y subvirtió esta memoria urbana para bautizar su naciente proyecto artístico.

No es que una quiera festinar con el deceso del ex Presidente Aylwin, ícono transgeneracional de una transición pactada con la dictadura, ni desplegar un análisis político en base a un hecho que en las crónicas capitalinas de Roberto Merino es llamado como “esa fomísima invectiva callejera que rezaba Pato Gallina”, en relación a la negativa del entonces candidato concertacionista a enfrentar a su contendor, Hernán Büchi, en un debate televisivo.

Y entre las tantas muchas otras cosas que esta columna no es, tampoco es un alcance anecdótico-cultural. Es, sí, una reflexión en voz alta respecto de cómo la fomísima invectiva de una derecha que, en el marco de las Presidenciales de 1989, fustigaba al insigne falangista tildándolo de cobarde en los muros de Santiago, es luego releída, reapropiada, popularizada en el boca a boca, y vacilada en la decisión de una agrupación cultural de tomarla como nombre propio.

Seis o siete años después, cuando Aylwin ya no era Mandatario, surge el colectivo La Patogallina, en femenino y en una sola palabra, con esa legendaria gráfica que reemplazaba del escudo nacional al cóndor y al huemul, poniendo en su lugar un pato y una gallina. Y el lema: “Por la razón o la kresta”. Años después vino la efervescencia cumbianchera de “La Patogallina Saun Machin”, y luego sus herederos directos, directísimos, “La Patricio Cobarde”.

Cómo no concordar con esa idea insistente que ronda el ambiente respecto de destacar el legado de Patricio Aylwin, primer presidente electo tras la dictadura cívico militar, quien se negara a buscar una salida democrática al convulsionado ambiente social-político, tal como se lo solicitara explícitamente el entonces Presidente Salvador Allende. Y es que don Pato ya había decidido, como afirmó a The Washington Post en agosto de 1973, le parecía mejor una “dictadura de nuestros militares” a la continuidad del Gobierno de la Unidad Popular.

Usted pensará: “pero eso no es exactamente lo que dijo”. Es cierto, la frase fue: “Entre una dictadura marxista y una dictadura de nuestros militares, yo elegiría la segunda”. Olvidaba (¿lo olvidaba?) el líder DC que la llegada de Allende al sillón presidencial marcaba el inédito y mundial suceso de un socialista llegando a la Presidencia por votación democrática.

Por eso –y al ritmo de La Patogallina- recordar el bautizo de esta agrupación es una paradoja que se vacila, pero que es en realidad bien triste. Porque resulta ser una reapropiación subversiva, que se apodera del epíteto facho y lo resignifica. Sin embargo, finalmente, sintetiza el sentimiento respecto de ese algo que ofrecía ser tanto, pero que a la luz del tiempo resultó ser bien poco. Una marca ganadera de las generaciones que crecimos en la recuperada democracia o terminada dictadura, como guste entenderse.

Qué importa si en un principio no quería enfrentarse al empresario Büchi en un set televisivo (cosa que finalmente se llevó a cabo, en octubre del 89 y en la estación católica). Al final, y en un intento de intencionada ficción histórica de mi parte, quizás don Pato sabía que ambos candidatos no tenían en realidad tanto sobre lo cual discutir.

Comentarios del artículo: Patricio Aylwin y la memoria de los muros - Publicado: a las 12:00 am

Etiquetas: , , , » Publicado: 07/04/2016

Puro Chile, TVN ¡te queremos creer!

La estación pública ratificó finalmente la segunda temporada del espacio. Bien ahí TVN. No viene al caso pensar si fue bajo o no el rating de Puro Chile, por cuanto la flecha del canal estatal–queremos creer- está apuntando mucho más allá. Si fuera por eso, programas como el matinal de Chile y algunas teleseries estarían off hace rato, pero como sabemos, el amor es el amor, por muy mal amor que sea a veces.

Hace cerca de un año atrás, transcribía por encargo la entrevista a un locutor radial chileno de larga trayectoria, quien -consultado sobre la ley del 20% de música chilena en las radios- decía en tono reflexivo saber que “a la fuerza no es amor, pero algo es algo”.

Me acordé de esa expresión mientras disfrutaba (emocionada, debo decirlo) la interpretación de Charagua de Inti Illimani, Nano Stern y Matorral, en el cierre de la primera temporada de Puro Chile, en TVN. Obvio, a la fuerza jamás podría ser amor, pero tampoco podría serlo si nunca se llega a conocer al ser amado y, claramente, en este caso las coincidencias y el destino no corren, pero sí la voluntad.

Acto seguido, pensé en el funesto final de Radio Uno, y en lo mucho que me reí de amistades de redes sociales que se lamentaban y se mostraban sorprendidas, a la vez, cuando se concretó el último día de transmisiones de esta estación. Evidentemente no la escuchaban. Su muerte había sido lenta, ya que primero el Grupo Prisa había desmantelado la producción, manteniéndose largo tiempo sólo con espacios programados.

Y aunque también aplique “el algo es algo” en el devenir de Radio Uno, fue un claro retroceso. Ya no habría más un intento reflexión en torno a nuestras músicas, ni todo lo que es capaz de generar la radio cuando cumple un rol de mediador cultural con la opinión pública, sobre todo con las variadas posibilidades de interacción que la radiodifusión ofrece a los auditores. Y ahí está la dificultad y es donde, precisamente, Puro Chile se convierte en un aporte: en ser otro ladrillo en la construcción de audiencias para nuestra música, esta vez en formato televisivo.

Reconozco que la primera vez que vi el programa no me cuadró en absoluto: pese a ser seguidora de varias de las bandas incluidas en la parrilla e ir a verlas en vivo en ocasiones, me parecía demasiado ajeno a la televisión abierta chilena un espacio en formato de tocata. Felizmente, el todo suele ser más que la suma de las partes, y la mezcla de bandas consagradas con algunas que no hemos oído nombrar ni de casualidad, abría el espacio a conocer a posibles amores de la vida. La presencia de público, particularmente, público joven, fue elocuente para muchos a la hora de enterarse de la existencia de una escena local que no sólo necesita, sino que merece mayores espacios.

Pero ¿Y por qué sólo las radios? ¿No podría, acaso, ser exigible para las corporaciones y departamentos de cultura de los municipios un porcentaje mínimo de artistas locales contratados en sus espectáculos? ¿O me fui al chancho? Y ya que nos pusimos pantalones largos y repusimos la educación cívica ¿por qué no ir más allá y revisar el repertorio chileno que niños, niñas y jóvenes estudian, en la línea de ampliarlo, enriquecerlo, tensionarlo y finalmente hacerlo florecer? ¿O se nos olvida que las pocas veces que la producción del Festival de Viña se atrevió con la Noche Chilena, la Quinta Vergara también se repletó?

Así las cosas, muchos nos habíamos desalentado cuando se habló de debut y despedida de Puro Chile. Otra bella raya en el agua, como DO RE MIX, también de TVN, o Canción Nacional de Canal 13, entre otros que la verdad ni me acuerdo, y si es que los hay.

No viene al caso pensar si fue bajo o no el rating de Puro Chile, por cuanto la flecha del canal estatal–queremos creer- está apuntando mucho más allá. Si fuera por eso, programas como el matinal de Chile y algunas teleseries estarían off hace rato, pero como sabemos, el amor es el amor, por muy mal amor que sea a veces.

Comentarios del artículo: Puro Chile, TVN ¡te queremos creer! - Publicado: a las 2:00 am

Etiquetas: , , , , , , » Publicado: 18/03/2016

Zonas típicas, lo menos típico que nos va quedando

En los últimos meses, el Consejo de Monumentos Nacionales ha otorgado la categoría de Zona Típica a barrios como Matta Sur y Huemul, en la comuna de Santiago, y Las Flores, en Providencia, abriendo mayores posibilidades para preservar estos lugares. Resulta paradojal, sin embargo, que en la medida en que aumentan las Zonas Típicas, nos damos cuenta, lamentablemente, que aquellos valores que las hacen meritorias de tal reconocimiento, son lo menos típico que va quedando.

Las Zonas Típicas, en sus distintas categorías -pueblo tradicional, centro histórico, entorno de Monumento Histórico, o área y conjunto- se entienden como asentamientos que hablan de la evolución de la vida en comunidad, acompañados de unidad estilística, de materialidad o en sus técnicas de construcción.

Hoy la tendencia es que los propios habitantes de un sector presenten el expediente técnico de su barrio construido de manera comunitaria, como en los casos de la Villa Frei, en Ñuñoa; Yungay y Matta Sur, en Santiago, entre muchos otros.

En los diversos procesos en que la ciudadanía organizada es quien interpela a la autoridad solicitando que sus barrios, plazas o parques sean declarados como Monumento Nacional, lo comunitario aparece como un valor central de aquello que vecinos y vecinas consideran como patrimoniable.

Junto con relevar las características arquitectónicas e históricas, lo que buscan es preservar una forma de habitar sus territorios que, justamente, es posible gracias a diseños habitacionales que permiten un desarrollo armónico de las comunidades.

En el caso del Barrio Huemul, el veredicto del Consejo de Monumentos Nacionales señala que este barrio es “el primer intento de que la arquitectura y el urbanismo estuvieran al servicio de un fin colectivo”, reconociendo la vida comunitaria como un eje central en el diseño urbano. En Matta Sur, en tanto, se relevan los cités, cuya presencia fomenta la comunicación vecinal y la apropiación del espacio público. En Las Flores, en Providencia, se reconocen sus condiciones de arborización, y un diseño que protege al barrio del tráfico de vías estructurales mayores.

La pregunta sería, entonces, cómo hacer para que el valor de las Zonas Típicas no refleje sólo ideas de antaño, sino que cobre plena vigencia en el actual diseño de nuestras ciudades. No es coherente que, por un lado, se reconozca la organización vecinal, el rescate, puesta en valor y difusión de aquello que la comunidad considera identitario, pero por otra parte, no existan estímulos o regulaciones para que las actuales construcciones apunten en esa dirección.

De allí la urgencia de comprender lo patrimonial más allá de la idea de un pasado que miramos con nostalgia, sino como algo plenamente vigente. Al proteger barrios obreros como San Eugenio o Huemul, fundamentalmente, lo que se hace es reinstalar el debate sobre el derecho a la vivienda y la calidad de las mismas. Sin embargo, en la medida en que ese debate no permee las políticas habitacionales actuales, no habremos avanzado lo suficiente, convirtiendo de paso, en estatuas de sal aquellos puntos de la ciudad donde alguna vez se pensó en la felicidad y el bien común de las personas antes de poner la primera piedra.

Comentarios del artículo: Zonas típicas, lo menos típico que nos va quedando - Publicado: a las 9:51 am

Etiquetas: , , , , , » Publicado: 08/03/2016

El día en que murió Gladys Marín

Hacía un par de meses, los militantes de Jota sabíamos que el día que fuere el funeral de Gladys Marín, debíamos estar a las siete de la mañana en la Plaza de Armas, con camisa amaranto y banderas del Partido. Había plena conciencia de que su deceso sería un hecho político importante. Cerca de las once de la mañana del 8 de marzo de 2005, todavía no terminaban de salir personas del Ex Congreso, donde fue velada, mientras se nos avisaba por celular que la cabeza de la columna ya llegaba al Cementerio General. Era, aunque real, difícil de creer.

Vale la pena la nostalgia, pero también el cuestionamiento. Las cifras no vinieron desde dentro, sino desde la propia Unidad Operativa de Control de Tránsito, que estimó que, aproximadamente, un millón de personas habían formado parte de la larga romería que acompañó los restos de la dirigenta comunista hasta el cementerio, en la comuna de Recoleta. Pero ¿por qué?

Gladys fue la primera mujer en presidir un partido político en Chile, fue la primera mujer en ser candidata a la Presidencia de la República. Fue ella quien puso la primera querella en contra de Augusto Pinochet, abriendo un ciclo en la historia de este país, un ciclo tristemente todavía abierto en la búsqueda de verdad y justicia plena por los crímenes cometidos durante la dictadura cívico militar. ¿Es eso suficiente?

Inolvidable es también su olímpica, diplomática y aguda mandada a la cresta a quien ofreció sus buenos millones de aporte a la Teletón, a cambio de un “piquito” entre Gladys Marín y el entonces alcalde de Santiago, Joaquín Lavín. O la impecablemente pronunciación de su improperio al por ese tiempo Subsecretario del Interior, Guillermo Pickering. “No creo que Gladys Marín conozca a mi madre”, replicó el personero a la prensa nacional.

“Pasionaria”, “porfiada”, “rebelde”, fueron algunos de los adjetivos con que los medios describieron largamente a la ex diputada tras su fallecimiento. Pero ojo, chúcaras ha habido muchas en la historia de Chile, de distintos colores y layas. La cosa no era el temperamento. El tema es el dónde, desde dónde habló y a quiénes.

Gladys Marín perteneció a ese grupo de políticos y dirigentes sociales con quienes la ciudadanía se identificaba, se sentía reflejada. Más que a la clase política, ella se ubicaba –cómo decirlo- en ese sector cuya denominación es reaciamente utilizada por la intelectualidad, por pudor o por desconocimiento. Ella era percibida como parte del pueblo. No es en vano el recuerdo, sobre todo cuando –con la votación mayoritaria de la derecha- el parlamento negó a los dirigentes sociales la posibilidad de llevar la voz de la gente común y silvestre a la discusión legislativa.

Aunque suene contraproducente, al mismo tiempo que se habla de crisis de representatividad en la política, hay quienes abiertamente votan en favor de aquellas propuestas que cuidan con sigilo que este ejercicio siga siendo materia de una élite. Aunque parezca un mal chiste retro, hay parlamentario y también parlamentarias, que se niegan a admitir que las mujeres somos sujetos de derecho y podemos decidir cuándo y cómo ejercer la maternidad, si es que queremos ejercerla. Ambas, demandas que se asomaban en la política chilena en los discursos de Marín, ya desde los años noventa.

Fue impactante ver tal cantidad de gente en las calles de Santiago el día del funeral de Gladys Marín. Era sobrecogedor, pero coherente. No fue la impoluta sacada de madre al Ministro Subrogante, ni la voz ronca y alzada. Era la conciencia de que, igual que el título de su autobiografía, “La vida es hoy”, y hay cosas que no pueden seguir esperando.

Comentarios del artículo: El día en que murió Gladys Marín - Publicado: a las 10:36 am

La Nación

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