" "
Blog de
  • Fernando Henrique Cardoso

Fernando Henrique Cardoso

Sociólogo y escritor, fue Presidente de Brasil del 1 de enero de 1995 al 1 de enero de 2003.

Etiquetas: , , » Publicado: 24/04/2012

Crisis sin castigo

No faltan corruptos conocidos que son celebrados en fiestas elegantes y que quienes los oyen los consideran impolutos. Los cambios culturales son lentos y dependen de la predicación, la pedagogía y el ejemplo.

Hubo un tiempo en que se decía que si Brasil no acababa con la hormiga cortadora, la hormiga acabaría con Brasil. Las hormigas andan por ahí todavía y Brasil no se ha acabado. ¿Será la misma cosa con la corrupción?

De que ésta sigue viva por ahí no quedan dudas; que acabe con Brasil es poco probable, como también lo es que se acabe en Brasil. Pero que causa daños enormes es indiscutible. Habrá quien diga que siempre ha habido corrupción en el país y en el mundo exterior, cosa que probablemente sea cierta, pero a partir de cierto nivel de su existencia y, peor aún, de aceptación tácita de sus prácticas como “hechos de la vida”, si bien no acaba con el país, sí lo deforma de manera inaceptable. Y nos estamos acercando a ese umbral.

Hay formas y formas de corrupción, especialmente en las instituciones y la vida política. Las más tradicionales entre nosotros son el clientelismo (la práctica de atender a los amigos, y a los amigos de los amigos, nombrándolos para las funciones públicas), el intercambio de favores y el patrimonialismo, esto es, la confusión entre lo público y lo privado, entre el Estado y la familia. Todo esto es muy antiguo y tiene raíces en la península Ibérica.

Cada vez más, los apoyos políticos pasan a depender de la atención al apetito voraz de sectores partidarios que sólo están dispuestos a “colaborar” si están debidamente aceitados con el control de partes del gobierno que permitan tomar decisiones sobre obras y contratos. No obstante, ha cambiado el tipo de corrupción predominante y el papel de ésta en el engranaje del poder. Llegará el día –si no hay reacción– en que la corrupción pasará a ser condición de gobernabilidad, como sucede en los llamados narco-Estados. Naturalmente, no en función del tráfico de drogas y del juego (que también pueden propagarse) sino de la disponibilidad del bolígrafo para firmar órdenes de servicio y contratos importantes.

La famosa frase “dar para recibir”, supuestamente de inspiración franciscana, se refiere más al intercambio de favores que a recibir dinero. Por cierto, un sistema político asentado en estas prácticas ya supone el desdén por la ley y tiende a permitir deslices más calificados propiamente como corrupción.

Incluso cuando no haya soborno de funcionarios ni ventaja pecuniaria por la concesión de favores, práctica que los juristas llaman prevaricación, los apoyos políticos obtenidos de esa manera están basados en nombramientos que afectan el gasto público. Poco a poco, tales procedimientos hacen que la burocracia deje de responder al mérito y al profesionalismo. Con el tiempo, las gratificaciones e incluso el desvío de recursos –lo que se califica más directamente como corrupción– aumentan como consecuencia de ese sistema.

En los días que corren, empero, no se trata solamente de clientelismo, que por cierto sigue existiendo, por lo menos parcialmente, sino de algo más complejo. Si el sistema patrimonialista tradicional ya contaminaba nuestra vida política, a eso ahora se le suma algo más grave.

Con el desarrollo acelerado del capitalismo y con la presencia ubicua de los gobiernos en la vida económica nacional, las oportunidades de negocios caracterizados por decisiones dependientes del poder público se amplían considerablemente. Y las presiones políticas se desplazan del simple favoritismo hacia el “negocismo”. Por todas partes hay contratos a ser firmados con entidades públicas, tanto en el ámbito federal como en el estatal y el municipal.

Cada vez más, los apoyos políticos pasan a depender de la atención al apetito voraz de sectores partidarios que sólo están dispuestos a “colaborar” si están debidamente aceitados con el control de partes del gobierno que permitan tomar decisiones sobre obras y contratos. No obstante, ha cambiado el tipo de corrupción predominante y el papel de ésta en el engranaje del poder. Llegará el día –si no hay reacción– en que la corrupción pasará a ser condición de gobernabilidad, como sucede en los llamados narco-Estados. Naturalmente, no en función del tráfico de drogas y del juego (que también pueden propagarse) sino de la disponibilidad del bolígrafo para firmar órdenes de servicio y contratos importantes.

No es por casualidad que se oigan voces, cada vez más numerosas, en los medios, en el Congreso e incluso en el gobierno, que claman en contra de la corrupción. Y lo que es más triste, algunas lo hacen por puro fariseísmo, como todavía ahora, en el escandaloso caso que afecta al senado y sabrá Dios a qué otras ramas del poder. El peligro, no obstante, es que se genere la expectativa de que un líder autoritario o un partido salvador sean el antídoto para impedir la diseminación de tales prácticas.

En otros países ya hemos visto líderes supuestamente moralizadores sumergirse en lo que decían combatir, y la experiencia con partidos “puritanos”, incluso entre nosotros, ha demostrado que éstos tampoco escapan, ni aquí ni allá, a las tentaciones de mantener el poder al precio que se les cobre.

Cuando esto pasa a ser la connivencia con el sector gris de la sociedad, es cuando se derrumban las palabras bonitas, dejando una estela de desánimo y revuelta en aquellos que le dieron crédito. La experiencia histórica muestra, empero, que hay caminos de recuperación de la moral pública.

En el decenio de 1920, en Estados Unidos, había prácticas de esta naturaleza en abundancia. Es muy conocido el control político ejercido por bandas corruptas instaladas en las cámaras municipales, como en Nueva York, por ejemplo, donde se hizo famosa la organización política Tammany Hall. Lo mismo puede decirse de las vinculaciones entre la prohibición del alcohol y el poder político. El carácter sistémico de este tipo de procedimientos fue desmantelado poco a poco, ciertamente sin llegar a eliminarse la corrupción por completo. ¿A fuerza de qué? Predicación, justicia y castigo. Hoy en día, bien que mal, los “peces gordos”, por lo menos algunos de ellos, también van a dar a prisión.

Todavía recientemente en otro país, en España, después de un tumultuoso escándalo, un alto personaje político fue condenado y está tras las rejas. No hay otra forma de restablecer la salud pública si no es con el ejemplo de los líderes mayores, condenando los desvíos y no participando de ellos, mediante el perfeccionamiento de los sistemas de control del gasto público y con la acción enérgica de la Justicia.

A despecho del desánimo causado por la multiplicación de las prácticas corruptas y por la impunidad vigente, hay señales auspiciosas. Es innegable que los sistemas de control, tanto los tribunales de cuentas como las auditorías gubernamentales y las promotorías, están más alertas y los medios han clamado en contra del mal uso del dinero y el patrimonio públicos.

La acción del Consejo Nacional de Justicia y las decisiones del Supremo Tribunal Federal (STF) sobre la validez de la Ley de Ficha Limpia que impide al político condenado por órganos colegiados disputar cargos de elección (en la lucha contra la corrupción electoral) muestran que el clamor empieza a suscitar reacciones.

Pero es preciso más. Necesitamos una reforma del sistema de decisiones judiciales, en la línea de lo que fue propuesto por el ministro Cezar Peluso, presidente del STF, para acelerar la conclusión de los procesos y dificultar que un abogado hábil postergue la consumación de la Justicia. Sólo cuando se echen a prisión a los poderosos que hayan sido condenados por crímenes de cuello blanco, el temor, no de la vergüenza sino de la cárcel, cohibirá los abusos.

Empero, no olvidemos que existe una cultura de tolerancia que necesitamos modificar. No faltan corruptos conocidos que son celebrados en fiestas elegantes y que quienes los oyen los consideran impolutos. Los cambios culturales son lentos y dependen de la predicación, la pedagogía y el ejemplo.

¿Será pedir mucho?

Y no debemos olvidar que la responsabilidad no es sólo de los que transgreden y de la poca represión, sino de la misma sociedad, esto es, de todos nosotros, por aceptar lo inaceptable y reaccionar tan poco ante los escándalos.

Comentarios del artículo: Crisis sin castigo - Publicado: a las 3:11 pm

Etiquetas: , , , » Publicado: 26/03/2012

Todavía con las privatizaciones

No basta con otorgar concesiones y privatizar. Es preciso hacerlo con criterios bien definidos, elaborar condiciones claras en las licitaciones, exigir que se cumplan las cláusulas de éstas y evitar que las agencias reguladoras se conviertan en balcones partidistas.

Las recientes y tardías decisiones del gobierno de Brasil de enfrentarse al pésimo estado de la infraestructura aeroportuaria dieron lugar a loas por parte de quienes conocen la precariedad de nuestros aeropuertos y a justificaciones avergonzadas por parte del Partido de los Trabajadores, según el cual las “concesiones” no son “privatizaciones”, como si no fuesen ambas modalidades del mismo proceso.

Pasados tantos años desde las primeras privatizaciones de empresas y concesiones de servicios públicos, y dada su continuidad en gobiernos controlados por partidos que se oponían ferozmente a ellas, la relevancia ideológica de la discusión es marginal. Sólo el oportunismo electoral puede explicar por qué se insiste en un necio debate que sostiene que es “patriótico” mantener bajo el control estatal un servicio público, mientras que concedérselo a la iniciativa privada, con o sin venta de propiedad, es cosa de “entreguistas”.

Desahogar al Estado de las funciones económicas no pasó por la cabeza de los constituyentes, ni de los congresistas o de los gobiernos que reglamentaron o modificaron la Constitución para adecuarla a las transformaciones de la realidad productiva.

Pasados tantos años desde las primeras privatizaciones de empresas y concesiones de servicios públicos, y dada su continuidad en gobiernos controlados por partidos que se oponían ferozmente a ellas, la relevancia ideológica de la discusión es marginal. Sólo el oportunismo electoral puede explicar por qué se insiste en un necio debate que sostiene que es “patriótico” mantener bajo el control estatal un servicio público, mientras que concedérselo a la iniciativa privada, con o sin venta de propiedad, es cosa de “entreguistas”.

Todavía a fines de los años 1980 hubo privatización de empresas de menor importancia, que se habían vuelto estatales porque el Estado las había salvado de la quiebra, en las llamadas operaciones-hospital del Banco Nacional de Fomento Económico y Social (BNDES). A principios de los años 1990, ya reglamentadas por ley, las privatizaciones ganaron cuerpo. Alcanzaron, por ejemplo, a la obsoleta planta siderúrgica del país, que a partir de entonces se sometió a una inmensa modernización, también con el apoyo del BNDES pero esta vez no en función de socorrer empresas fallidas sino de promover la actualización del sector productivo.

En la segunda mitad de los años ’90, cuando se trató de atraer el capital privado para que hiciera las inversiones que el Estado ya no podía hacer en materia de telecomunicaciones, energía, petróleo, etcétera, se flexibilizaron los monopolios estatales y se crearon las agencias reguladoras, para garantizar la competencia en esos sectores, evitando el surgimiento de monopolios privados. El gobierno actuó no sólo para aumentar la competencia en las subastas –y por tanto el interés recibido por la Tesorería– sino también para apoyar, por medio del BNDES, la inversión privada que siguió a la desestatización.

En el caso del petróleo, después de la quiebra del monopolio, en 1997, Petrobrás se transformó en una auténtica empresa moderna, menos sujeta a las influencias político-fisiológicas que, por cierto, ahora se insinúan nuevamente. Decían que el gobierno quería privatizarla cuando en verdad estaba comprometido en fortalecerla. Conservada bajo el control federal, pero sometida a la competencia, Petrobrás se convirtió en una de las cinco empresas petroleras más grandes del mundo.

Se amplió la participación accionaria del sector privado en la compañía, que existía desde el periodo de gobierno de Getulio Vargas de los años 50, incluso con la posibilidad de que los trabajadores usaran el Fondo de Garantía del Tiempo de Servicio (fondo de pensiones) para comprar acciones. Las cuentas de la empresa se volvieron más transparentes para el gobierno y para la sociedad. El fin del monopolio vino acompañado por una política de inducción de la inversión local en la industria petrolera, con el establecimiento de porcentajes de contenido nacional desde las primeras licitaciones realizadas por la Agencia Nacional del Petróleo. Esta medida se adoptó, no obstante, con el equilibrio necesario para evitar aumentos en el costo de los equipos y atrasos en su producción, como ahora se verifica.

En materia de telecomunicaciones, en 1998 hubo una combinación de privatizaciones y concesión de servicios. En el caso de la telefonía celular, fueron pocos los activos transferidos pues prácticamente no existía en Brasil. “Estamos vendiendo viento”, bromeaba Sergio Mota, entonces ministro de Comunicaciones, que soñaba con el día en que se venderían celulares en todos los rincones. Es una pena que haya muerto sin ver realizado su sueño. Hoy en día, en Brasil existen más teléfonos celulares que habitantes.

En la desestatización del grupo Telebrás sí hubo transferencia de activos. La división de la matriz en varias empresas fue llamada descuartizamiento, siendo que sólo pretendía asegurar la competencia en el sector. Gracias a ese nuevo ambiente y a las reglas establecidas por el gobierno, las empresas privatizadas se vieron obligadas a hacer fuertes inversiones para acompañar los avances tecnológicos y ampliar el acceso a las líneas así como a Internet, dejándonos sin añoranzas por el anticuado sistema de telefonía anterior a la privatización.

En el caso de la minera Vale do Rio Doce, así como del fabricante de aviones Embraer, hubo una privatización pura y simple, con la salvedad de que en esta última empresa el gobierno mantuvo una acción privilegiada, con derecho a veto, y el BNDES adquirió y mantuvo una posición importante, de cerca de 20 por ciento, en el control de la minera. Por no hablar de la participación de los fondos de pensión de las empresas estatales.

En la privatización de Vale do Rio Doce, los críticos dijeron que el gobierno estaba enajenando el subsuelo nacional, afirmación descabellada ya que éste era y sigue siendo propiedad de la Unión, conforme manda la Constitución. También hablaban de que la empresa terminaría “desnacionalizada”, con menor número de empleos, retórica que los hechos posteriores desmintieron sin margen de refutación. Todavía se escuchan murmullos con el gastado argumento de que la minera, que hoy vale mucho más de lo que a buen precio se pagó por ella en ese tiempo, fue vendida por debajo de su valor (no fue eso lo que se vio en la subasta, ganada por un grupo nacional que se atrevió en el precio mucho más de lo que los demás competidores consideraron razonable). Ahora, si se oye que Vale tiene un valor en bolsa de US$100 billones es porque, liberada de las amarras estatales, pudo llegar a donde ha llegado.

Los que critican las privatizaciones son los mismos que ahora se jactan de esas empresas y de que ahora seamos la quinta economía del mundo. Se olvidan de que eso se debe a lo que siempre criticaron, además de las privatizaciones, el Plan Real, el Programa de Estímulo a la Reestructuración y el Fortalecimiento del Sistema Financiero Nacional, a la Ley de Responsabilidad Fiscal, en fin, a la modernización del Estado y de la economía.

Pero, atención: No basta con otorgar concesiones y privatizar. Es preciso hacerlo con criterios bien definidos, elaborar condiciones claras en las licitaciones, exigir que se cumplan las cláusulas de éstas y evitar que las agencias reguladoras se conviertan en balcones partidistas.

Para juzgar, esperaremos a ver lo que suceda con los aeropuertos.

Comentarios del artículo: Todavía con las privatizaciones - Publicado: a las 12:59 pm

Etiquetas: , » Publicado: 08/02/2012

El silencio de las oposiciones

Hoy, la situación es infinitamente más fácil y confortable. Sólo que falta lo que antes sobraba, la llama de un ideal: queríamos abrir el sistema político. ¿Qué queremos hoy? ¿Ganar las elecciones? ¿Para qué? He ahí el enigma.

En las últimas dos semanas han aparecido algunos artículos en los medios que resaltan el silencio de las oposiciones como un riesgo para la democracia. Es innegable que se está operando una “despolitización” de la sociedad, no sólo aquí en Brasil, sino en general.

El “triunfo del mercado” puso contra las cuerdas a las coloraciones políticas. Parece que todo debe medirse por el crecimiento del Producto Interno Bruto.

En los países afortunados, aunque llenos de defectos, no hay voz que resuene contra los gobiernos.

En los que caen en desgracia sin haber hecho su “tarea” –sin haber administrado un “superávit primario”– ahí sí, los gobiernos en ejercicio pagan el precio. Caen porque son considerados incapaces de garantizar el buen pago a los mercados. No importa que la coloración sea más progresista o más conservadora. Caen no porque haya habido un debate político-ideológico que mostrara sus posibles debilidades, sino porque el rencor de las masas, generado por el malestar económico-financiero, se abatió sobre los líderes del momento.

Ésa es la verdadera cuestión de la oposición y debería ser la preocupación de los precandidatos: zambullirse en los problemas del pueblo, hablar de modo simple de lo que sienten y de lo que se puede hacer. Sin medias palabras y sin insultos. Sin falacias, con mucha convicción. Politizar la escena pública para asegurar la democracia. Decir quién es bueno y quién es mejor, lo que es bueno y lo que es malo.

Brasil hasta ahora ha estado al abrigo de la tempestad que azota los mercados de Estados Unidos y de Europa. Por más que se equivoquen nuestros gobiernos, los decibeles de las voces de la oposición son insuficientes para conmover a las multitudes. Peor todavía cuando esas voces están roncas o prefieren susurrar. Como a partir de 2004 entramos en cielo sereno -tanto por las virtudes de lo que hicimos en el decenio anterior como por los aciertos posteriores, y con la ayuda de los chinos– hacer oposición se convirtió en un acto de contrición.

Pero, ¿qué importa? También fue así en el período del milagro de los años ’70, durante el régimen militar. La oposición no podía esperar nada, de no ser censura, cadena o tortura. No obstante, no calló. Cosechó derrotas electorales y políticas, resistió hasta que, en otra coyuntura, venció.

Hoy, la situación es infinitamente más fácil y confortable. Sólo que falta lo que antes sobraba, la llama de un ideal: queríamos abrir el sistema político. ¿Qué queremos hoy? ¿Ganar las elecciones? ¿Para qué? He ahí el enigma. No faltan candidatos. Recientemente, en una plática analítica que tuve con una periodista de la revista The Economist, resalté que hay varios y no solamente en el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB). En éste, el más conocido y sólido, el ex gobernador del estado de Sao Paulo, José Serra, madurado en los éxitos y las derrotas, no consiguió dejar claro su mensaje en 2010, aunque haya obtenido 44% de los votos. El aislamiento en el que transcurrió su campaña -dadas las disonancias internas del PSDB y las dificultades para establecer alianzas políticas– impidió la victoria. Si el candidato hubiera expresado con más fuerza sus convicciones, incluso sin considerar lo que las encuestas de opinión señalaban como la demanda del electorado, hubiera podido sensibilizar a las masas.

Quizá por este camino se descifre el enigma: hablar a la sociedad, con fuerza y vehemencia de todo lo que se siente, en especial la indignación por la corrupción, por la incompetencia administrativa. Y, sobre todo, por el escándalo de una sociedad que se hace más rica con un gobierno que distribuye muy poco, que hace propaganda de lo que no concretó por entero y que coloca en el altar a los “vencedores”, aun cuando éstos ganen a costa del dinero del pueblo, que paga impuestos cada vez más regresivos.

Otro candidato probable y más obvio, el economista y senador Aecio Neves (PSDB) Gerais y a su estilo de hacer política, está en fase de prueba. ¿Transmitirá un mensaje que salte los muros del Congreso y llegue a la calle? ¿Encarnará el cambio con la energía necesaria y el desinterés que es el motor de la osadía, atreviéndose a decir verdades incómodas, y aparentemente costosas en términos electorales, para que el pueblo sienta que existe “otro lado” y confíe en él para abrir mejores perspectivas?

Me he referido a ellos dos porque son los más mencionados por el momento. Pero no son los nombres lo que ahora importa sino la disposición de correr riesgos y de salir de la trampa de la lucha partidista-electoral, para entrar en la gran escena de la opinión pública y, hagamos la distinción, de la opinión popular.

Es evidente que el gobierno, cualquier gobierno, lleva ventaja, principalmente desde que el estilo del ex presidente Luiz Inacio Lula da Silva y el Partido de los Trabajadores (PT) instauró la regla de que todo se vale para mantener el poder: clientelismo, propaganda abusiva, uso continuo de la maquinaria pública, etcétera. No obstante, también en el régimen militar el gobierno llevaba ventaja. Pero nosotros luchábamos no para ganar al día siguiente, sino para crear un gobierno de alternativas.

La elucidación del enigma requiere perseverancia y valor. Yo gané dos elecciones en la primera vuelta contra Lula, el entonces candidato presidencial, porque tenía un mensaje: el de la estabilización de la economía con el real y el inicio de la distribución de los ingresos. Aun sin hacer propaganda, la pobreza dejó de afectar a más de 15 millones de personas con la estabilización de los precios y la política de aumentos reales del salario mínimo, que empezó en 1994.

No fue fácil ganar los apoyos para poner en acción el Plan Real; tuve que batallar mucho. Lula ganó porque predicó, al principio en el desierto, ser el portador de un mensaje que llevaría a un mundo mejor. Perseveró, recorrió Brasil, abandonó la tribuna parlamentaria y, al principio, despreció a los medios. Se mostró audaz, desprendido y generoso. Si era sincero o no, eso es otra cuestión. Su Carta a los Brasileños, (el documento con el que en 2002, reafirmó su compromiso con la estabilidad económica), está a disposición de los historiadores para que juzguen. Pero el pueblo le dio crédito.

Ésa es la verdadera cuestión de la oposición y debería ser la preocupación de los precandidatos: zambullirse en los problemas del pueblo, hablar de modo simple de lo que sienten y de lo que se puede hacer. Sin medias palabras y sin insultos. Sin falacias, con mucha convicción. Politizar la escena pública para asegurar la democracia. Decir quién es bueno y quién es mejor, lo que es bueno y lo que es malo.

Pero decirlo en las universidades, en las organizaciones populares, en las asociaciones profesionales, en las ciudades pequeñas y medianas. Preparar en ellas el mensaje del discurso, para después hablar con credibilidad en la gran escena nacional. Quien lo haga tendrá la oportunidad de ser el candidato de la oposición y, posiblemente, de ganar las elecciones. Eso es independiente de las maniobras cupulares, de las simpatías y los intereses mezquinos.

No se piense que nuestra realidad será siempre lo que ahora parece ser: una sociedad conforme, en la que las leyendas electorales se disputan mayordomías en el toma y daca entre el gobierno y los congresistas, y la voz del gobierno retumba como trueno divino, ante el cual todos se pliegan obsequiosos. Es sólo cambiar la coyuntura y la escena cambia, si la oposición presenta alternativas.

Y aunque no cambie, nada debe alterar nuestros valores y convicciones. Continuemos con ellos pues, “gota suave en piedra dura, tanto cae hasta que cala”.

Comentarios del artículo: El silencio de las oposiciones - Publicado: a las 12:57 pm

Etiquetas: , , » Publicado: 20/01/2012

Votos por un buen año 2012

Esa construcción mental de buena sociedad, inspirada por la buena voluntad y guiada por los valores, puede ser “utópica” pero es la condición de una convivencia civilizada. Es por eso que, sin ningún asomo de cinismo, proclamamos los deseos de feliz Año Nuevo. Razones para el pesimismo las hay y de sobra. Pero, ¿por qué no acreditar que las cosas pueden mejorar?

Navidad y Año Nuevo son fechas que invitan a la calma, a la retrospectiva y a los devaneos sobre el futuro. No será diferente en este paso del 2011 al 2012. Los predicadores de todas las religiones, los heraldos de buenas noticias, desde los políticos hasta los adivinadores del futuro, van a insistir en el “amaos los unos a los otros”, síntesis de que de lo más generoso ya se le ha propuesto a la humanidad.

El otro día, en una boda, escuché al celebrante predicar con emoción el amor entre los novios y los juramentos de fidelidad eterna. Pensé en silencio: ¿Ante la vida, él creerá en eso? Me parece que sí, y yo también.

Cúmplase o no al pie de la letra lo que está dictado como norma buena, ésta no deja de ser el punto de referencia sin el cual la sociabilidad no tendría en qué apoyarse y la relación entre las personas se daría con tal distanciamiento que el hombre se volvería enemigo del hombre. Podría ocurrir así, pero como anomalía, rechazada por la “buena sociedad”.

Esa construcción mental de buena sociedad, inspirada por la buena voluntad y guiada por los valores, puede ser “utópica” pero es la condición de una convivencia civilizada. Es por eso que, sin ningún asomo de cinismo, proclamamos los deseos de feliz Año Nuevo. Razones para el pesimismo las hay y de sobra. Pero, ¿por qué no acreditar que las cosas pueden mejorar?

Ahora, con los apuros financieros, los banqueros y los gobiernos europeos, que anteriormente hincharon de dinero a esos países, gritan: ¡Esos pueblos “del sur”, esos “mediterráneos” son irresponsables, gastan lo que no tienen y no quieren pagar lo que les prestamos!, ¡Duro contra ellos, nada de perdón de deudas, lo que llevaría a “debilidad moral”! Con eso quizá salven el euro pero difícilmente darán salida al empobrecimiento y al desempleo, que necesitan más inversiones para ceder. Esperemos que en 2012 Europa salga de este lío.

En 2011 vimos a Estados Unidos naufragar en una crisis financiera y de desempleo. Pero hay albricias. Con todo y estancamiento en el Congreso, con los grotescos candidatos del Partido Republicano discutiendo en la ignorancia, poco a poco parece que encontraron un candidato menos ridículo, aunque todavía “derechista”, Newt Gingrich.

El presidente estadounidense, Barack Obama, por su parte, más retórico que eficaz, se equilibró entre propuestas generosas y dificultades políticas para que éstas fueran aceptadas. Cedió, pero no capituló. Dejó que la Reserva Federal inundara los mercados de dólares, no tocó a los banqueros, vio que su prestigio se iba cuesta abajo por la dificultad de parar el desempleo creciente, pero parece que capeó el temporal. Esperemos que las cosas se acomoden y que el peso de la tragedia de los “mercados irracionalmente exuberantes” no recaiga sólo en el pueblo más pobre.

Europa, Dios mío, casi se debilitó. El mayor avance civilizatorio posterior a la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial, la zona del euro (17 de los 27 estados miembros de la Unión Europea) estuvo a punto de deshacerse y todavía es posible que surja algún problema en el futuro.

El euro, introducido en 2002, símbolo de la voluntad de unidad europea, fue duramente golpeado. Los constructores de la Unión Europea y del Banco Central Europeo consideraron que un tratado previo, firmado en la ciudad de Maastricht, Países Bajos, en 1992, era capaz de ordenar los presupuestos de los Estados soberanos. En él estaba estipulado que ningún país podría endeudarse por arriba del 3 por ciento del producto interno bruto.

Triste engaño: Alemania y Francia, hoy abanderados de la ortodoxia, fueron los primeros países en desobedecer. Como la Unión Europea se construyó a partir del principio de solidaridad, los países ricos transfirieron recursos a los más pobres. Portugal, España, Grecia, Irlanda construyeron autopistas y se “modernizaron”. Entre tanto, no todos creaban nuevas fuentes productivas.

Ahora, con los apuros financieros, los banqueros y los gobiernos europeos, que anteriormente hincharon de dinero a esos países, gritan: ¡Esos pueblos “del sur”, esos “mediterráneos” son irresponsables, gastan lo que no tienen y no quieren pagar lo que les prestamos!, ¡Duro contra ellos, nada de perdón de deudas, lo que llevaría a “debilidad moral”! Con eso quizá salven el euro pero difícilmente darán salida al empobrecimiento y al desempleo, que necesitan más inversiones para ceder. Esperemos que en 2012 Europa salga de este lío.

China, por su parte, gran victoriosa de estos últimos tiempos, se volvió poseedora de las mayores reservas de dinero del mundo. Invierte sin parar y, al contrario de los europeos y los estadounidenses, tiene el problema de frenar lentamente el crecimiento basado en exportaciones y hacer que los chinos compren más y ahorren menos. ¡Bonito desafío!

Queden registrados mi apoyo y mis votos para que la nueva generación que se prepara para asumir el poder continúe en la línea pragmática de la anterior y entienda que el “amaos los unos a los otros” (que puede expresarse en lenguaje ideográfico y confuciano) implica ampliar el bienestar de los chinos, pero también colaborar en acuerdos que aseguren la paz entre los pueblos y el fomento de sus economías.

Para el Oriente Medio y otros focos candentes del planeta, queda la esperanza de que la “revolución de primavera” no se resuelva en nuevos autoritarismos y fundamentalismos y que de ella resulte mayor presión para que prevalezcan dos Estados independientes y pacíficos en Palestina e Israel. O, por lo menos, que el terror atómico no le haga perder la razón a algún exaltado líder iraní o israelí, comprometiendo definitivamente la paz en el Oriente Medio. Por otro lado, espero que el delirio de “cambio de régimen”, que conduce a guerras perdidas de antemano, no vuelva a mecer las ambiciones de líderes occidentales en la región.

¿Y aquí en Brasil, en la patria amada? Por ahora vamos escapando a la ruina de la crisis financiera. Pero, atención: Lo que antes fue postergado, las reformas (las que van de las puertas de la fábrica para afuera a la fiscal, las de flexibilización del mercado laboral, las de asociaciones para acelerar las obras de infraestructura, etcétera, sin olvidar la siempre evocada pero poco entendida “revolución educativa”), se está volviendo insoslayable, si realmente queremos competir con los polos mundiales de crecimiento.

¿Cómo podremos enfrentar un desafío de este tamaño con el arreglo político vigente, basado en la pluralidad de leyendas y la escasez de partidos y en el botín del Estado para permitir lo que se está llamando “gobernabilidad” en un sistema de coaliciones entre grupos de interés?

Tenga valor, presidenta Dilma Rousseff, y trate de librarse del escombro heredado, un tejido de corrupción, clientelismo y connivencia. O mejor, tenga habilidad y competencia política para expulsar de su “base” a la banda de mezclilla que parece indispensable pero que pesa menos cuando se encara con una voluntad nacional alimentada con la energía de quien propone una agenda nueva. Es preciso tener grandeza para darle rumbo al país. Esos son mis votos.

Así como son mis votos para que las oposiciones ofrezcan puerto seguro, de paz y prosperidad, a los que deseen nuevos caminos para el país. Estos serán en número creciente a medida que prevalezca la inercia gubernamental.

La alternancia en el poder no es sólo una condición formal de la democracia, sino una necesidad para que las sociedades no se vuelvan apáticas por la repetición de las prácticas.

Valor, unidad y competencia, son mis deseos para las oposiciones.

¡Feliz Año Nuevo!

(Artículo de The New York Times Syndicate para Nación.cl)

Comentarios del artículo: Votos por un buen año 2012 - Publicado: a las 11:27 am

La Nación

Av. Nueva Providencia 1860, Oficina 183, Providencia
Teléfono: 56 2 - 2632 5014

Director Responsable: Patricia Schüller Gamboa
Representante Legal: Luis Novoa Miranda

© Comunicaciones LANET S.A. 2014
Se prohíbe toda reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio.