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Felipe Letelier

Diputado

Etiquetas: , , , , , » Publicado: 27/01/2016

¿Cuál es el nicho del PPD?

Para encarar los desafíos futuros y resituarse en clave de izquierda y progresista, el PPD debería investir una nueva dirección partidaria con dotes de liderazgo estratégico que deje de lado la actual retorica jacobinista y abandonar el rol de enfant terrible al interior de la Nueva Mayoría.

Junto con felicitarnos con los aportes que el Partido por la Democracia ha hecho en sus 28 años de historia, por su contribución destacada en el plebiscito que puso fin a la dictadura de Pinochet y el rol jugado en la transición para expandir los derechos humanos, la acción positiva hacia las mujeres, pueblos originarios, defensa del medio ambiente, salud y regionalización; también es el momento de la reflexión y la crítica bien fundada tendiente a corregir eventuales desaciertos sobre la conducción partidaria y respecto una propuesta de país con una visión de largo plazo, con el objetivo de aportar y representar el futuro.

Durante estos dos primeros años del gobierno de Michelle Bachelet, hemos aprobado una agenda ambiciosa: término del sistema electoral binominal, el Acuerdo de Unión Civil, Ley Ricarte Soto, el tema de la gratuidad en educación superior y la reforma tributaria, pero ello no se traduce en una valoración positiva al gobierno y la coalición gubernamental.

No cabe duda de que el escándalo Caval está directamente relacionado con la drástica caída de la aprobación del gobierno, situación que podría empeorar con la imputación hecha contra la esposa del hijo de la Presidenta.  A esto se agrega las tramas de colusión, de financiamiento irregular de la política y las deficiencias de gestión y descoordinación política entre el gobierno y la Nueva Mayoría, que han generado indignación en una ciudadanía que se ha sentido estafada, lo que multiplica la desconfianza en las instituciones políticas y económicas.

Es notorio que el ejercicio del poder anquilosa a los partidos que han tenido responsabilidades gubernamentales y afecta su capacidad de conectarse con los cambios políticos y culturales que reclaman las generaciones post-transición dictatorial, marcando un declive y desprestigio de los mismos. Este demérito público alcanza también al PPD, puesto que su influencia electoral está fundada principalmente en méritos y características adscritas a su pasado, ya que éste se ha visto rezagado en representar a los nuevos movimientos ciudadanos.

Las consecuencias que esto ha traído aparejado es que las fuerzas políticas emergentes han logrado reflejar mejor el descontento de la población en este nuevo ciclo, generando una sensación ambiental de conexión política más emocional con la ciudadanía. El discurso de cuestionamiento a la praxis de los partidos “tradicionales”, ha calado en la sociedad y se ha ido expresando en la disminución de la savia joven en sus filas.

También la emergencia de grupos anarquistas y foquistas en las universidades son atribuibles al casi nulo trabajo de los partidos de la Nueva Mayoría en las organizaciones sociales, que han priorizado un trabajo clientelar sobre una actividad política en la sociedad civil, lo que ha facilitado la preeminencia de las posiciones maximalistas en esos segmentos sociales.

Los objetivos de la izquierda nostálgica de la revolución cubana y del chavismo está alineada con los de quienes están convencidos, al igual que en España, que los partidos socialdemócratas deben ser completamente derrotados y sustituidos. La disputa por el espacio electoral de la izquierda no se obtiene, entonces, asimilándose al maximalismo revolucionario, sino remarcando su propio perfil como una alternativa política con vocación de mayorías y visión de largo plazo para efectuar los cambios estructurales pendientes de manera incremental; por tanto, el PPD debería enfatizar sus especificidades -amplitud social, abierto a la diversidad e innovador- desechando, por ende, ser encasillado como un partido reduccionista de izquierda.

En el último tiempo, el PPD se ha visto envuelto más en discrepancias que atentan contra la calidad de la discusión política, con cuñas sonoras que vuelan con soltura en el ciberespacio, en lugar de ayudar –en un debate sosegado de ideas- a que el gobierno y la Nueva Mayoría trabajen coordinadamente, de manera que se mejore la gestión y salgamos de la trampa de contaminar la unidad de la misma.

El no perseverar en su tradicional  capacidad de sumar, de ampliar apoyos y lograr grandes acuerdos, ha deslizado al PPD en tentaciones disgregadoras que solo aíslan a la organización, como también a una carencia de equipos y masa crítica competente en sus filas, debido a la decepción con la dirigencia de los últimos años.

El pretender un cambio de identidad partidaria forzada –en tono y contenidos- permutando los rasgos distintivos que lo hacían diferente, solo agudiza su vaciamiento social y político, complicando su proyección. La disyuntiva para sus dirigentes y militantes; por tanto, es recuperar y ensanchar  su nicho electoral natural para mantener su capital político o descender al nicho del cementerio político.

En el último tiempo, el PPD se ha visto envuelto más en discrepancias que atentan contra la calidad de la discusión política, con cuñas sonoras que vuelan con soltura en el ciberespacio, en lugar de ayudar –en un debate sosegado de ideas- a que el gobierno y la Nueva Mayoría trabajen coordinadamente, de manera que se mejore la gestión y salgamos de la trampa de contaminar la unidad de la misma.

Un pacto político para ser operativo requiere buscar una convivencia virtuosa entre varias identidades políticas que no se repelen, sino que se  aceptan como identidades incluyentes, valorando las capacidades y potencialidades de cada miembro; única forma para lograr ese “animus societatis” indispensable para tener éxito en sus propuestas de cambios normativos sustantivos.

Es esencial, además, que el PPD aborde seriamente el desafío que le plantean a su espacio político y social la “nueva izquierda millennials” -aunque testimonial por su incapacidad de aunar criterios más allá de su propia visión ideológica- con el objetivo de garantizar y continuar siendo el referente del ciudadano de izquierda laico y “liberal progresista” que aspira a modificar el statu quo político, cultural y económico del país.

Para encarar esa tarea -resituarse en clave de izquierda y progresista- el PPD debería introducir cambios profundos en su funcionamiento, interno y externo, para representar y canalizar los intereses de un nicho electoral determinado; lo que amerita investir una nueva dirección partidaria con dotes de liderazgo estratégico que deje de lado la actual retorica jacobinista y abandonar el rol de enfant terrible al interior de la Nueva Mayoría.

Las próximas elecciones abrirán una incertidumbre mayor en cuanto a sus resultados, particularmente por el estreno de nuevos partidos y movimientos emergentes que aspiran a cambiar el mapa electoral, lo que augura una fragmentación mayor de partidos; generando un escenario más polarizado y menos constructivo; tensionando y amenazando también la continuidad de las actuales coaliciones.

Frente a esa fragmentación, los partidos que cumplan un rol articulador y tengan una mirada más allá de sus polos de origen, podrán aspirar a construir coaliciones transversales para generar reformas que pongan término a las irritantes desigualdades  en el país -sin disociar la coherencia política y programática del elemento electoral- Por eso es tan importante que el PPD debe repensar cómo contribuir para que esa mirada se reconfigure en sentido progresista.

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