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  • Claudio Silva Lazo

Claudio Silva Lazo

Periodista, Universidad Católica de Chile. Twitter: @CSSL10

Etiquetas: , , , » Publicado: 13/09/2013

Eso de dictadura que aún vivimos

Permítame usted, con el propósito de desarrollar este texto, pasar por alto buena parte de nuestra historia como país, como continente e incluso como planeta. Verá que así será más sencillo expresar una idea concreta de todo aquello que seguimos viviendo del período más oscuro de Chile, cuyo origen fundacional está en el 11 de septiembre de 1973, y que bien podríamos catalogar –permítame un espacio librepensador- como una mezcla bien cuajada entre el período feudal y la inquisición.

En primer lugar debemos abandonar todo matiz que haga referencia a la Guerra Fría. Todo ese mundo bipolar entre Estados Unidos y la Unión Soviética, que abarcó desde 1947 a 1991, podemos restarlo por irrelevante. Incluso nos puede servir como mérito país: Lo que pasa en Chile queda en Chile.

Efectuado el necesario despeje de temas y aclarado el contexto, nos vemos enfrentados ahí mismo a la Chilean Way. Es decir, a la arquitectura que establece y determina como vivimos hoy. Y es justamente esa hoja de ruta la que marca lo que podemos hacer, lo que podemos cambiar, lo que podemos construir.

Enseguida quitemos el marco que imperaba para el golpe cívico-militar. Por lo mismo ignoremos la Constitución de 1925 creada por José Maza y Arturo Alessandri, méritos más y méritos menos para cada uno, con el fin de evitarnos cualquier brote argumentativo respecto a lo que debía ser por norma.

Debemos, además, tener el buen gusto de desinteresarnos por todo acto referente a las violaciones de los Derechos Humanos. Así lo que se exponga quedará libre de la necesidad del empate técnico que suele buscarse para este tópico, en ese inagotable “tú me miraste feo” o “tú disparaste primero”. Pero también es sano evitar lo temático, porque si fuéramos a la Carta Internacional de Derechos Humanos Naciones Unidas -con sus últimos acuerdos en 1976- lo sucedido en los tiempos en que comandaba el buque de don Augusto José Ramón, daría para demasiadas letras y el tiempo y el espacio nos apremia.

Es más, en un arranque de innovación tenemos la oportunidad de congelar todo acto o situación o correlato generado entre 1973 y 1979. En algo inédito para el consumidor –léase en el formato de la última oferta, no la desperdicie, llévela ya- le restamos al ciclo impuesto con armas, de un solo golpe seis años –y no, no es ironía. Nos saltamos con una mirada de futuro, digna de aplaudir, tantas cosas mundanas como la actuación de la DINA, los asesinatos de Carlos Prats y Orlando Letelier, el fin del ciclo de Gustavo Leigh en la mesa cuadrada de la junta militar, entre tanta otra cosa que lo único que hace es impedirnos mirar hacia adelante.

Y entonces en un acto mágico, llegamos al punto de partida de nuestra historia postmoderna –y evitémonos por favor una revisión filosófica del término-. Okey, asumo que bien podríamos hablar del Chile de hoy.

Corría por entonces el bello año de 1980 y la enorme, valiente y noble tarea encomendada a la Comisión Ortúzar, integrada por los imparciales, beneméritos y altruistas personajes de Sergio Díez Urzúa, Jaime Guzmán Errázuriz, Enrique Ortúzar Escobar, Jorge Ovalle Quiroz, Rafael Eyzaguirre Echeverría, Enrique Evans de la Cuadra, Gustavo Lorca Rojas, Alejandro Silva Bascuñán y finalmente por doña Alicia Romo Román, quienes por cerca de siete años efectuaron desinteresadamente y en total desapego de la oportunidad la invaluable tarea de ofrecernos un documento de corte espiritual, llegaba a buen y bello fin.

Una tarde cuasi primaveral de ese 11 de septiembre –no sea mal pensado, es pura y simple coincidencia-, la amada junta convocaba a las chilenas y los chilenos de bien y de cuna altruista, a participar de un acto puramente cívico y ciudadano llamado plebiscito, que para entonces era algo genial y luego se transformó, como muchas cosas, en algo horripilante, para que decidieran en total libertad y conciencia la aprobación de tan magna carta confeccionada pensando en las personas de tan larga y estrecha tierra.

Pues ese día, ese mismísimo día, todo partió. Aunque en estricto rigor debemos mencionar que parte con vigencia transitoria en marzo de 1981 y luego con forma plena en marzo 1990 –aclaro que para todo se usaba el día once, para recordarnos la gesta heroica-, el mismísimo día que Patricio Aylwin asumía el timón. Entre medio, claro, estuvo la participación de la Alianza Democrática, que devendría en la Concertación, para acordar con la dictadura sus reformas pocas a cambio de no promover ni el fin del modelo, ni una asamblea constituyente que derivara en nueva constitución y nuevo sistema de elecciones para presidente y parlamentarios –cualquier similitud con la realidad de 2013 es pura coincidencia y no es responsabilidad del autor de este texto-. Y luego estaría el timbre final cuando el émbolo del tercerismo y bimilitante PPD-PS, Ricardo Lagos Escobar, en 2005 terminó por cuajar la legitimidad de la constitución ochentera de puño y letra.

Efectuado el necesario despeje de temas y aclarado el contexto, nos vemos enfrentados ahí mismo a la Chilean Way. Es decir, a la arquitectura que establece y determina como vivimos hoy. Y es justamente esa hoja de ruta la que marca lo que podemos hacer, lo que podemos cambiar, lo que podemos construir.

¿Y por qué tanto cuento con este tema constitucionalista y legalista? Me permito afirmar: Porque es irrefutablemente el tema que nos convoca. Esa magna carta -en Latín suena más lindo- o mejor holy grail –en inglés es más cosmopolita y 2.0-, es señoras y señores, junto con todas las leyes periféricas que la complementan, eso de dictadura que aún vivimos.

Pasado el ciclo cívico-militar, pasada la transición -fuera lo que fuera eso- y pasado todo, vivimos a 40 años de esa fundación de Chile, bajo los dictámenes de ese tiempo. Es decir, si partimos de 1980 en adelante, como lo planteamos, hemos sobrevivido a diez años al mando de los loquillos militares, otros veinte a cargo de los extra-cool concertadores o concertacionistas o consensadores o como se llamen, más su poco de los independientes aliancistas, con un marco o un edificio -según prefiera- inamovible en sus bases.

Y para fundamentar esto, exponiendo de inmediato las incapacidades y bajos méritos del autor, es bueno que citemos a la Fundación Sol, una organización no gubernamental sin vínculos con sectores políticos como el CED y el Cieplan (ambos Concerta) o de Libertad y Desarrollo (Alianza), quienes nos presentaron un documento imprescindible para mirar el futuro: Los 11 Pilares Dictatoriales que Sostienen el Actual Modelo.

En mi ociosidad los presentaré todos, en el mismo orden que lo hacen ellos: Plan Laboral; Sistema Tributario; Sistema de Salud; Desnacionalización del Cobre; Fomento Forestal; Sistema de AFP; Privatización y Abandono de la Educación; Sistema Bancario; Subcontratación; Privatización del Agua; Constitución.

Ergo, podemos asumir, aunque sería mejor decir tragarnos, que cómo trabajamos, cómo pagamos impuestos (en algunos casos notables sería descontar… ve que son peladores algunos, don Julio Pereira), como intentamos enfrentar una enfermedad, cómo generamos los mayores ingresos al país, cómo preparamos nuestra vejez, cómo nos educamos, cómo ahorramos y compramos, cómo se nos emplea, cómo bebemos agua, cómo nos relacionamos, sucede tal cual ellos lo determinaron.

Y escribo ellos porque no hubo en ningún punto, en etapa alguna, en opción mínima, existió la posibilidad de que las y los ciudadanos de a pie, tuviéramos injerencia directa, democrática, participativa, en determinar la forma en que nos gustaría vivir y desarrollar nuestro país. El que, siendo sinceros, se lo han autoprestado.

Cuando se han recordado con energías los 40 años del golpe cívico-militar, no podemos entonces, dejar de mirar la casa y detenernos a observar lo que requerimos modificarle. Y ya viene siendo tiempo, opino humildemente acá, que nos vamos tomando en serio y entendiendo que las historias las construyen invariablemente los pueblos. El desafío es ese, recordar nuestra relevancia, recuperar las energías y comenzar desde abajo las transformaciones que nos esperan. Quedan invitados.

Comentarios del artículo: Eso de dictadura que aún vivimos - Publicado: a las 8:00 am

Etiquetas: , , , » Publicado: 09/09/2013

Ese Golpe y mi familia

Hace ya 41 años mi madre Regina y mi padre Claudio se casaron en Santiago. Tres años más tarde nací yo. Había pasado un poco más de dos años del matrimonio y a él se lo llevaron la tarde del 26 de noviembre de 1974 el Guatón Romo con su Grupo Halcón de la DINA. Fue 14 meses después de que los militares ejecutaran el Golpe de estado. Yo al Claudio no lo conocí.

Un día después de la detención de mi padre, la Dirección de Inteligencia Nacional que comandaba el Mamo Contreras se llevó para siempre a mi abuelo Fernando. Evidentemente tampoco pude conocerlo. Por entonces solamente tenía dos meses de gestación en el vientre de mi madre y por esas casualidades extrañas de la vida, tanto Regina como yo no caímos en las manos de la policía secreta de Augusto José Ramón. Tuve la fortuna de no quedar a cargo de los militares y luego ser robado y reubicado con otra familia, como sí le pasó a otros niños en Chile y Suramérica.

De las historias de Claudio y Fernando estuve enterado siempre. Jamás alguien evitó decirme que eran detenidos desaparecidos. Si hago un ejercicio racional diría que a mis cinco años ya lo sabía.

En las detenciones de mi padre y mi abuelo se manifestaron dos coincidencias. Ambos pudieron hablarle a sus esposas antes de no verlas nunca más. Fernando le dijo a María Inés que no se preocupara tanto y Claudio le susurró a Regina que cuidara al hijo que venía en camino. También coincidió la delación de un tío político, quien ante las amenazas de que matarían a su hija y su mujer, decidió facilitar sus capturas. El remordimiento lo hizo irse y desaparecer en mil lugares. Nunca lo vi ni he conversado con él.

Claudio Guillermo y Fernando Guillermo pasaron sus torturas y vejaciones en Villa Grimaldi, en la comuna de Peñalolén. A poco menos de un mes de su secuestro, el 24 de diciembre, a mi abuelo lo subieron a una camioneta que llevaba detenidos a los centros de torturas La Venda Sexy en Macul y Cuatro Álamos en San Joaquín. En el viaje, en un punto inexacto del camino, un militar gritó que pararían “para botar al viejo”. Nunca más nadie supo de él.

Mi padre estuvo detenido en el mismo centro hasta el 10 enero de 1975. Pasó 45 días en medio del dolor, el mismo de los otros que estuvieron ahí o en cualquier otro centro de torturas. Desde allí lo hicieron desaparecer. En ese momento yo contaba con cuatro meses al interior de Regina.

Mi padre militaba en el Movimiento de Izquierda Revolucionario, un tiempo fue chofer del equipo que transportaba a Allende y tenía abandonados sus estudios de Biología Marina en la Universidad de Chile. Cuando lo detuvieron tenía 23 años y al desaparecer sumaba 24. Su último festejo –el 21 de diciembre de 1973- lo pasó en Villa Grimaldi. No sé si se lo habrá contado a alguien para que lo saludaran, aunque su padre lo sabía. Espero que algún compañero o compañera lo haya abrazado.

Mi abuelo –apodado Willy- era ayudista del MIR, en especial de todos los conocidos de Claudio. Era decorador de interiores y confeccionaba muebles. Muchos años antes vivió con su familia como inquilino de un señor adinerado en las cercanías del Cajón del Maipo, quien le encargaba confeccionar piezas en mármol que traía de Italia. Sus orígenes familiares estaban en Viña del Mar. Al momento de desaparecer tenía 60 años.

Claudio y Fernando eran hinchas de la U. Inevitablemente yo también lo soy. Me dicen que eran cultores del humor negro y la ironía. Yo intento casi siempre seguir esa ruta. Y aunque nadie me lo enseñó, imito inconscientemente lo que ellos hacían siempre: Hago aseo sólo los días sábado.

Lo que quedó de la familia paterna directa fue mi abuela, mi tía, mi prima, mi madre y yo. Al poco tiempo la hermana mayor de mi padre (Evelyn) y su hija (Vania) se fueron a vivir a Costa Rica. A ellas las he visto un par de veces durante todos estos años.

Regina, quien logró titularse de educadora de párvulos en la Universidad de Chile, donde conoció al Claudio, junto a otras mujeres y madres de miristas desaparecidos, de ejecutados y presos políticos hicieron fuerza común para crear la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, además de ayudar a las iglesias para fundar la Vicaría de la Solidaridad.

En esos pasillos arriba de la librería Manantial, al costado de la Catedral de Santiago, en plena Plaza de Armas, pasé gran tiempo de mi niñez. Recuerdo las arpilleras colgadas en las paredes y el movimiento de gente que iba y venía de reuniones en esos salones de techos altos, murallas blancas y pisos de madera. También que con otros niños disfrutábamos lanzando pequeñas piedras de maicillo desde la terraza de la Vicaría al interior de la Manantial. Lo mejor era que siempre tenía algún libro cerca. Mi favorito siempre fue Cuentos de la Selva del uruguayo Horacio Quiroga. Mi abuela Maruja también estuvo ahí en ese esfuerzo, aunque tengo la sensación de que con el tiempo eligió cada vez ir menos. Seguramente la tristeza le afectaba.

Mi madre y una tía política, ambas educadoras, en medio de su lucha en el origen de la AFDD, decidieron inventar un colegio para reunir a los hijos de detenidos, de ejecutados, de prisioneros. Consiguieron la parte posterior de una sede masónica en la comuna de Independencia. Fui el primer alumno inscrito. Ese esfuerzo, que con el tiempo financiaría una iglesia sueca, se llamaba Hueñicito. Ahí la enseñanza estaba en la solidaridad por sobre la competencia y el arraigo en las culturas indígenas. Ahí lo mapuche era símbolo de orgullo. Entre ellos encontré a mi primer ídolo: Lautaro.

Mi infancia fue de familia materna. En esa casa siempre se intentó construir una realidad de calma. A veces se interrumpía con fuerza cuando partíamos a las marchas, cuando acompañaba a mi madre a la Vicaría o a las reuniones con hombres y mujeres que resistían los riesgos de la dictadura. Otras tantas veces esa calma era golpeada por la huelgas de hambre en que se vinculaba Regina, las idas a Villa Grimaldi para que un militar nos mandara irnos con una metralleta bajo el brazo o los actos en las iglesias para reclamar una justicia que en demasiados casos no llegó.

De las historias de Claudio y Fernando estuve enterado siempre. Jamás alguien evitó decirme que eran detenidos desaparecidos. Si hago un ejercicio racional diría que a mis cinco años ya lo sabía. Para esa época la candidata Evelyn Matthei tenía 27 años y el postulante senatorial Iván Moreira sumaba 24; sólo por nombrar a dos personeros que nos dicen que desconocían lo que pasaba en Chile. Seguro tienen razón y yo era un privilegiado al conocer esas noticias. Ese mismo año se instauraba la Constitución del 80, que sobrevivimos hasta hoy. Pero claro, esa es otra linda historia.

En ese tiempo, entre viajes a protestar y buscar información de los nuestros, recuerdo con claridad que Juan Eduardo, mi abuelo materno, me relató el día en que puso en la mesa dos boletos de avión frente a Claudio, para que se llevara a Regina a Buenos Aires e intentaran salvarse de la represión. Me comentó que fue meses antes de que desapareciera. Mi padre le agradeció y le dijo que no podían irse porque había mucho por luchar en Chile. Juan probablemente sintió que los debió obligar a irse. Él y su mujer, Leonor Esperanza, querían en demasía al Condoro, que era como apodaban al Claudio. Hasta el día de hoy me cuentan historias lindas de mi padre.

Cerca de un año después de ese gesto, el 12 de junio de 1975, La Segunda estrenaba su histórico: “Exterminados como ratones”, cuento de ficción creado por la DINA que luego conocimos como Operación Colombo. En esa lista de 119 personas estaban Claudio y Fernando. Mi madre embarazada iba en micro a la universidad cuando vio el titular colgado en un kiosco, durante una detención por un semáforo en rojo. Inmediatamente se bajó, se olvidó de un examen y partió al Comité Pro Paz. Es posible que ese día muchas de esas mujeres comenzaron a entender que a sus hijos, maridos, hermanos, sobrinos, amigos o compañeros jamás los volverían a ver.

En ese ejercicio de inteligencia y terror que duró aproximadamente un mes, también participaron con agrado El Mercurio, La Tercera y Las Últimas Noticias. En medio de esos tensos días decidí nacer un lunes pasadas las tres de la mañana. Lo hice en una clínica del barrio alto. Mi familia materna había decidido no ahorrar dinero alguno y así evitar algún indetectable problema médico en el parto o que luego alguien pudiera llevarse al recién nacido. Eran los locos tiempos de la dictadura.

La primera en conocerme fue mi abuela Esperanza, quien convenció a una enfermera para que me mostrara a través de un vidrio. Era el primer nieto de la familia materna. Luego vendrían cuatro más y mucho después tres bisnietos. Con toda esa linda familia nos vemos de cuando en vez.

Con pocos años, aún niño, y con mi hermana Catarina compartiendo la pieza, por las noches aparecía Regina para cantarnos su adaptación de “Duerme duerme negrito” y leernos las historias del charrúa Quiroga, con preferencias por “El Loro Pelado”, “La Tortuga Gigante“ o “El paso del Yabebirí”. Con la luz ya apagada y casi dormido, en mi cabeza conversaba con Claudio. Le contaba sobre los días y le prometía cosas como cuidarlas a ellas. Un día, no sé por qué, dejé de hacerlo.

Ninguna de todas estas mínimas historias, las contadas y las guardadas, las cambiaría por nada.

En pocos días más se cumplen 40 años de la arremetida violenta en contra de un esfuerzo colectivo que buscaba modificar la historia a favor de las trabajadoras y los trabajadores de nuestro país. Ese mismo día se iniciaba el proceso que dejaría a mi familia cortada en trozos. Con la distancia, el dolor presente y la conciencia sin perder la memoria, en lo único en que no logro dejar de pensar es que llegará el día en que tendré un hijo y que sí o sí se llamará Claudio.

Comentarios del artículo: Ese Golpe y mi familia - Publicado: a las 8:00 am

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