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Christian Seymour

Periodista. www.facebook.com/seymourcore2014. Twitter @seymourcore2014.

Etiquetas: , , » Publicado: 28/10/2013

¿Y qué carajo hace un core?

Poca información tenemos sobre cuáles son las tareas de los futuros consejeros regionales. En la página del gobierno metropolitano dedican un párrafo breve a describir sus funciones y no ha existido una campaña seria del Ejecutivo para promover su conocimiento.

El consejero regional forma parte del consejo regional, órgano encargado de dirimir los dineros del gobierno metropolitano. Se manejan grandes sumas de dinero destinadas a infraestructura, pero también a planes en los más diversos ámbitos: educación, salud y medio ambiente, por dar algunos ejemplos.  Además, representan a provincias que cuentan con mayor superficie y muchos más electores que los distritos para las diputaciones.

A pesar de esto, cuando uno se pregunta por un CORE, la respuesta (sumamente válida por lo demás) es: ¿Y qué carajo hace un CORE?

Y aquí es donde debemos ponernos ingeniosos, porque la verdad, a pesar de que sabíamos lo que hacía un CORE electo a puertas cerradas por los concejales de la provincia, no sabemos bien qué es lo que hará un CORE electo por la ciudadanía.

El cargo es el mismo, las oficinas son las mismas, no manejan un presupuesto muy distinto a los otros años y la organización del consejo se mantiene. Pero hace una gran diferencia el hecho de que ahora sean electos, siempre y cuando sepamos ocuparlo a nuestro favor como ciudadanos.

Como figura, distan del Poder Legislativo y su “lejano” trabajo. A pocos nos importa la mayoría de las materias que se discuten en el Congreso, y nos preocupamos por aquellas más emblemáticas o que nos afectan directamente, en cambio es muy posible que en el barrio en que vivimos o en sus inmediaciones cercanas, se ejecute algún proyecto que conciernen a los CORES.

En este sentido, las acciones de los CORES van hacia donde “nosotros estamos” y son sumamente reales. Un hospital nuevo puede ser construido con platas del gobierno regional o la mejora de la pavimentación puede pasar por la aprobación del Consejo. Por esto, suelen ser obras que -a diferencia de lo etéreo de las leyes- nos incumben de manera directa.

El punto es que la relación política que tendrá el futuro consejero con sus electores no está clara, y eso abre un espacio para incentivar la manera en que queremos que la política interactúe con su medio. Porque a pesar que en el papel el CORE mantiene idénticas atribuciones, debemos exigirle más, asegurándonos que haga la tan olvidada “voluntad del pueblo”.

Y aquí es donde entra nuestra concepción de participación ciudadana. No hay candidato que no se llene la boca con el concepto, pero si analizamos la ley de bases de administración del Estado en Chile –modificada por la ley 20.500-  que reconoce la participación ciudadana en la gestión pública como un derecho activo exigible, son pocos los espacios para influir de verdad en la agenda pública y pasar de una democracia representativa a una (un poco más que sea) democracia participativa. Sumado a esto, existen varios signos de preocupación por la elitización de la ya escasa participación política.

La relación política que tendrá el futuro consejero con sus electores no está clara, y eso abre un espacio para incentivar la manera en que queremos que la política interactúe con su medio. Porque a pesar que en el papel el CORE mantiene idénticas atribuciones, debemos exigirle más, asegurándonos que haga la tan olvidada “voluntad del pueblo”.

Sólo a modo de síntesis, conocido  es el hecho de que con voto voluntario, aquellos que más votan son los que tienen un mayor capital cultural, y en este país tan segregado ellos son precisamente las clases altas. Los plebiscitos comunales han sido realizados en sólo 4 comunas de Chile (Las Condes en 1994, Zapallar 2003, Vitacura 2009 y Peñalolén en 2011), que pertenecen a los sectores elitizados de Chile. La razón es simple: los plebiscitos comunales son caros. Por último, lamentablemente también está demostrado que son los jóvenes de las elites los que se interesan más por participar en política.

Frente a este fenómeno debemos dar un giro y aprovechar la elección de los CORES, para que éstos sean un nexo constante con la ciudadanía, entregando poder real a las comunidades organizadas para decidir sobre el futuro de ellas. Relacionarse con los CORES a través de juntas de vecinos o espacios de organización territorial que permitan articular un entramado de demandas y también ponerse de acuerdo entre las comunidades sobre qué y donde es mejor invertir, porque a pesar de que se manejan sumas importantes de dinero, éstas por supuesto nunca alcanzan para cubrir todas las necesidades.

Un ejercicio de participación también implica un ejercicio de generación de redes entre los barrios y comunas que permitan a los vecinos ponerse de acuerdo, comprendiendo que no necesariamente mi opinión sobre dónde deben ser invertidos los fondos públicos es importante, sino que es “nuestra opinión” la que importa, relegando el interés personal al interés de la mayoría.

Esta debiera ser precisamente la premisa número de uno de la política, pero mientras nuestro sistema se encuentre guiado hacia la concentración del poder y no hacia el traspaso del mismo, difícilmente podremos avanzar hacia una democracia de peso donde sea la mayoría la que decida.

Los CORES nos entregan la posibilidad de exigir y decidir qué queremos hacer con la inversión pública. De una vez por todas aprovechémosla.

Comentarios del artículo: ¿Y qué carajo hace un core? - Publicado: a las 11:03 am

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