Etiquetas: congreso, dignidad, parlamento, senadores » Publicado: 17/04/2012
La dignidad del cargo, por lo tanto, implica saber cuál es el límite de su cargo, hasta dónde llega. Entender en este caso que lo que esperan los ciudadanos es el estudio concienzudo de los proyectos y las materias, y que esperamos que se gasten los fondos en asesores de lujo, expertos, no en oficinas distritales que suplen a las instancias comunales de apoyo social .
El incidente del rey Juan Carlos de España me hace pensar en un concepto que viene adosado a las jerarquías, sobre todo aquellas que tienen responsabilidades públicas: la dignidad del cargo. Tiene que ver con el cuidado de las maneras, con los comportamientos que eviten disonancias cognitivas, con la coherencia entre lo que se supone que debe hacer alguien en un puesto determinado y lo que hace en realidad.
A un rey (y su entorno) se le achaca entre otras cosas que no ha cuidado la “dignidad del cargo”, dado que organizó una escapada junto a una dama que no era su esposa para una actividad (cazar elefantes) que a la que supuestamente se oponía, dada su posición en una ONG ligada a la defensa de la naturaleza.
La labor parlamentaria está revestida de una dignidad que les obliga a la responsabilidad de asistir a las sesiones, a estudiar los proyectos, a presentar iniciativas propias (sin hacer uso del copy paste de internet, por favor), a hacer uso racional de los recursos, a no viajar –ausentándose de su puesto- sin necesidad (pues no tienen función de representación del país, para eso está la Cancillería), a no mostrarse en programas de farándula, a no aparecer en las páginas sociales al mismo tiempo que grandes empresarios que buscan su presencia para favorecer sus intereses, a no usar sus influencias para obtener favores familiares o partidarios. Eso, al menos.
Pues bien, en Chile tenemos un caso parecido, con la autoasignación de 2 millones de pesos al presupuesto mensual de cada senador, para los gastos “operacionales” ligados a su labor en terreno. En finanzas, los gastos operacionales están relacionados con los estipendios directamente vinculados a la operación del negocio. ¿Y cuál es el negocio de los parlamentarios? Producir leyes que favorezcan a los chilenos. Eso es lo que dice la Constitución en cuanto a la misión: concurrir a la formación de leyes. Al ver el Reglamento del Senado tampoco aparece ninguna alusión a estar en terreno, sino que se limita a establecer las normas en las sesiones dentro del Congreso.
Así, no parece ser parte de la labor cotidiana de los parlamentarios las visitas de distritos y circunscripciones (que no son otra cosa que mantener una campaña permanente), en las que es vox populi que su función es más de asistencia social.
La dignidad del cargo, por lo tanto, implica saber cuál es el límite de su cargo, hasta dónde llega. Entender en este caso que lo que esperan los ciudadanos es el estudio concienzudo de los proyectos y las materias, y que esperamos que se gasten los fondos en asesores de lujo, expertos, no en oficinas distritales que suplen a las instancias comunales de apoyo social y que se dedican a repartir camisetas entre clubes de fútbol locales.
La labor parlamentaria está revestida de una dignidad que les obliga a la responsabilidad de asistir a las sesiones, a estudiar los proyectos, a presentar iniciativas propias (sin hacer uso del copy paste de internet, por favor), a hacer uso racional de los recursos, a no viajar –ausentándose de su puesto- sin necesidad (pues no tienen función de representación del país, para eso está la Cancillería), a no mostrarse en programas de farándula, a no aparecer en las páginas sociales al mismo tiempo que grandes empresarios que buscan su presencia para favorecer sus intereses, a no usar sus influencias para obtener favores familiares o partidarios. Eso, al menos. Puede ser una larga lista de prohibiciones, pero para evitar las disonancias es mejor ser precavido.
Etiquetas: congreso, dignidad, parlamento, senadores » Publicado: a las 4:25 pm
Director de Nación.cl
Etiquetas: daniel zamudio, discriminacion, iglesia » Publicado: 04/04/2012
Usted, que quiere una sociedad no discriminadora, ¿qué le va a decir a sus hijos? ¿”mira ese desgraciado, lo que dice, deberían matarlo”? Si le dice eso, también le enseñará a odiar lo que es distinto de sí mismo.
En los últimos días, y especialmente con motivo de la muerte de Daniel Zamudio, la Iglesia Católica de Chile ha estado nuevamente en el banquillo de los acusados. Esta vez, no por la actuación de alguno de sus sacerdotes, sino por una conducta institucional que ha permeado lamentablemente a ciertos sectores de la sociedad y que necesariamente debe revisarse a la luz de la evolución de los comportamientos sociales.
En una declaración oficial, el arzobispo de Santiago, monseñor Ricardo Ezzati, afirmó que la Iglesia Católica había “acompañado” a la familia de Daniel Zamudio mientras el joven agonizaba producto de una golpiza, y que ese acompañamiento se expresó en las visitas que hizo en su nombre el vicario de la Esperanza Joven, además del envío de un ejemplar de la Biblia. Destacó el prelado que dicha presencia fue “sin prensa”.
No puede haber una sociedad inclusiva (es decir, no discriminadora) mientras los fundamentos de sus creencias y su cultura descansen en dogmas, en principios inamovibles que no se pueden cuestionar, en ideas que se escriben en piedra y que se transforman en plataformas desde las cuales algunos se sienten con derecho a pre-juzgar y condenar a los demás.
Pues bien, se ha de aclarar que eso no es un acompañamiento. El intento de brindar un consuelo espiritual a la familia de un moribundo no es acompañamiento. Que alguien se acerque a darme unas palabras de apoyo o a rezar un rosario por mí cuando estoy pasando por un momento de aflicción personal, no significa que me acompañe. Para sentir una compañía en todo el sentido de la palabra se debe manifestar una comunión emocional, empatía, sabe que aquel que se acerca siente lo mismo que yo. Una visita no es acompañamiento.
El acompañamiento esperable de una organización con raigambre y liderazgo espiritual como es la Iglesia Católica era un mensaje potente contra el sentimiento discriminador que persiste en la sociedad chilena, una voz de condena que expresara con claridad que ni en la enseñanza ni en el catecismo católico se apoya este tipo de conductas, de violencia no sólo física sino social hacia aquellos que son distintos.
Y en ese sentido, la Iglesia Católica debe dar un paso reconociendo que gran parte de ese odio hacia lo distinto, lo desconocido, proviene de su propia formación basada en dogmas. No puede haber una sociedad inclusiva (es decir, no discriminadora) mientras los fundamentos de sus creencias y su cultura descansen en dogmas, en principios inamovibles que no se pueden cuestionar, en ideas que se escriben en piedra y que se transforman en plataformas desde las cuales algunos se sienten con derecho a pre-juzgar y condenar a los demás.
Las declaraciones del abogado Jorge Reyes son una derivación de esa enseñanza. No son palabras aisladas de una persona aislada.
Por otra parte, y tomando en cuenta que el odio hacia lo que no está de acuerdo con uno es parte de nuestra sociedad, quienes abogan por un mundo sin discriminación, inclusivo, tolerante, deben ser los primeros en dar el paso hacia ello. Odiar a aquellos que odian lo que uno defiende, es otra cara de la misma moneda. Usted, que quiere una sociedad no discriminadora, ¿qué le va a decir a sus hijos? ¿”mira ese desgraciado, lo que dice, deberían matarlo”? Si le dice eso, también le enseñará a odiar lo que es distinto de sí mismo.
Etiquetas: daniel zamudio, discriminacion, iglesia » Publicado: a las 11:22 am
Director de Nación.cl
Etiquetas: democracia, discriminacion, tolerancia » Publicado: 20/01/2012
No existe manifestación de opinión que sea condenable porque eso atenta contra la libertad de expresión. Me remito a Voltaire, cuando decía que no estaba de acuerdo con las ideas de alguien, pero estaba dispuesto a dar la vida para que ese alguien ejerciera su derecho a expresarlas.
El caso de Inés Pérez, la vecina de Chicureo que fue virtualmente linchada en las redes sociales por haber opinado a través de Chilevisión que era impensable que las nanas y los maestros de la construcción caminaran por las mismas calles que sus hijos, da para una reflexión profunda, especialmente después de la “rehabilitación” que vivió gracias a la filtración de la entrevista completa.
En primer lugar, se puede concluir que nuestra sociedad está enferma. No existe manifestación de opinión que sea condenable porque eso atenta contra la libertad de expresión. Me remito a Voltaire, cuando decía que no estaba de acuerdo con las ideas de alguien, pero estaba dispuesto a dar la vida para que ese alguien ejerciera su derecho a expresarlas. Puede ser reprochable el contenido de lo que se diga, pero no puedo prohibir que se diga ni menos atacar en su dignidad o sus derechos a quien lo diga.
En cada sociedad hay quienes no saben expresarse o lo hacen ofendiendo, pero eso no los hace merecedores del paredón. Cuando más de una querella. El que cree en la democracia (el que cree de verdad), no puede dejar el camino de la tolerancia y eso implica manifestar el rechazo por canales formales e institucionales, no por la violencia física o verbal.
Por más que moleste el clasismo (morigerado en alguna forma de paternalismo, como en el caso descrito en Chicureo), su expresión no puede ser generador de odio. Por lo demás, es tan clasista el que no quiere que sus hijos se mezclen con “rotos”, como el que replica tratando a los demás de “cuicos” (con apellido), como si esa condición fuera maldita y fruto de pura maldad.
El principal síntoma de enfermedad social es que ante cualquier declaración (por más sin sentido que sea) la reacción sea desmedida y virulenta. No defiendo a unos sobre otros. El respeto ha de ser mutuo, pero si alguien rompe la cadena, debe haber otros dispuestos a no continuar con los tratamientos indignos. Lo contrario es permitir espirales de odio y resentimiento. En definitiva, es admitir que en cada sociedad hay quienes no saben expresarse o lo hacen ofendiendo, pero eso no los hace merecedores del paredón. Cuando más de una querella. El que cree en la democracia (el que cree de verdad), no puede dejar el camino de la tolerancia y eso implica manifestar el rechazo por canales formales e institucionales, no por la violencia física o verbal.
Pero hay otro síntoma preocupante y es la actitud de un medio de comunicación que corta la entrevista, sesgando el sentido general de las palabras de la entrevistada. A ver: Inés Pérez dijo lo que dijo y su sentido general puede ser reprochable, pero la edición (un acto intencional de seleccionar una parte del contenido) le dio tal acidez a sus palabras que la convertía en un receptáculo de odios. El medio no puede exponer así a un ciudadano por el simple hecho de manifestar una opinión. Revela prejuicio en la edición y la intención de dañar a una persona.
Es imperativo que se genere un espíritu distinto, en que se entienda que el respeto parte por la tolerancia, y que ese espíritu permee las redes sociales y los medios de comunicación, hoy por hoy, convertidos en una selva verbal.
Etiquetas: democracia, discriminacion, tolerancia » Publicado: a las 5:23 pm
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