Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS
Etiquetas: américa latina, argentina, cultura, modernidad, pobreza » Publicado: 19/10/2012
Como suele ocurrir, la riqueza de un país no radica en sus instalaciones ni en su rica arquitectura, el verdadero tesoro de un país es su gente. La gran riqueza de este gran país es su hermoso pueblo.
Sí, hay que decirlo, la ciudad de Buenos Aires tiene “algo” que no es fácil asir y, mucho menos, descifrar. Cada ciudad es un mundo, con sus esquinas, sus bares y cafetines, pero sobre todo, con su gente. La postal de la capital argentina es el Obelisco o la noche iluminada de Corrientes; es la Casa Rosada, Palermo y el barrio de la Boca. Son sus sabrosos lugares de pizza y bife chorizo, es el Fernet amargo que como tantos tangos nos recuerdan que estamos en la París de América.
En esta capital se mezclan los tiempos, hay algo de nostalgia en su atmósfera. El Tortoni ofrece no sólo un buen café sino un pequeño museo de las figuras literarias que alguna vez lo visitaron desde hace ya más de un siglo. Al fondo, un Borges añoso y cabizbajo comparte la mesa con la Storni y, cómo no, Carlitos Gardel, todos muy bien vestidos y sonrientes… Buenos Aires multiplica sus recuerdos en coloridas estatuas que parecen materializar un imaginario que se respira; así, en un balcón de la Boca, Evita y Perón comparten el estrado con el Diego.
Argentina ha querido ser desde siempre el espejo de Europa entre nosotros. En busca de su sueño ha llegado a ser lo que es, Argentina: Fútbol, tango y Borges y Cortázar y Sábato y Piazzolla y Evita y el Diego y Charly (cuento aparte); un país con matices únicos, irrepetibles, originales y queribles. Argentina.
Un poco más al norte, Palermo despliega esa elegancia de estilo europeo que contrasta con el nuevo espíritu neoliberal que se erige insolente en Puerto Madero con sus rascacielos y locales cosmopolitas. Ya en el centro, los teatros dan vida a la calle Corrientes donde un Gasalla nos invita a su último estreno, abajo en la esquina, algo nos parece familiar… es TVcompras (www.llameya.com). Buenos Aires de noche nos encanta con sus luces de colores, aunque en muchas de sus callejuelas no es raro adivinar bultos que duermen entre cartones y basura.
Al alejarnos un poco de la ciudad, el encanto seductor de París va cediendo su lugar a una realidad que nos resulta mucho más conocida. Cientos de edificios habitacionales alejados del centro y de los sueños, entre ellos, la otra ciudad, la Ciudad Oculta, donde los cientos de miles de “villeros” hacen su dura vida y su destino. Una advertencia: “Yuta, si entrás, no salís”. Finalmente, volvemos a sentir que estamos en América Latina y que más allá del sueño parisino de primer mundo, lo cierto es que los pobres abundan y la mayoría son hinchas de Boca Juniors.
Como suele ocurrir, la riqueza de un país no radica en sus instalaciones ni en su rica arquitectura, el verdadero tesoro de un país es su gente. La gran riqueza de este gran país es su hermoso pueblo. Hay que ser argentino para “bancarse” su confusa política, pero basta estar entre ellos para sentir su “actitud”, su buen humor, su amistad. Hay algo que aprender de los argentinos. Argentina ha querido ser desde siempre el espejo de Europa entre nosotros. En busca de su sueño ha llegado a ser lo que es, Argentina: Fútbol, tango y Borges y Cortázar y Sábato y Piazzolla y Evita y el Diego y Charly (cuento aparte); un país con matices únicos, irrepetibles, originales y queribles. Argentina.
Etiquetas: américa latina, argentina, cultura, modernidad, pobreza » Publicado: a las 1:53 pm
Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS
Etiquetas: asamblea, constituyente, democracia, politica » Publicado: 05/10/2012
No es necesario consultar el horóscopo para advertir que las movilizaciones sociales han llegado para quedarse y que el clima político en nuestro país está cambiando drásticamente.
Resulta interesante constatar cómo un tema político, desdeñado hasta hace muy poco como algo irrealizable, ha adquirido carta de ciudadanía en amplios sectores sociales: la Asamblea Constituyente. Cuando un tema de este calibre se instala en la agenda política del país, todos los actores relevantes se sienten obligados a pronunciarse en un sentido u otro, convirtiéndose en una de las cuestiones insoslayables que deberá ser abordada por los próximos candidatos presidenciales de todos los signos.
En esta segunda década del siglo XXI, es claro que aquel orden constitucional concebido para la eternidad ha comenzado a dar muestras de fatiga. El diagnóstico es compartido por distintos sectores de izquierda, centro e, incluso, de derechas: la política en Chile está funcionando mal y ha generado una aversión de gran parte de la población hacia la política y hacia los políticos. El tinglado institucional de nuestro país ha puesto en evidencia su incapacidad para hacer frente a los complejos problemas que comienzan a manifestarse por doquier.
La derrota de la Concertación, finalmente, ha significado el más rotundo fracaso de un régimen de “mediación” que prolongó el diseño político institucional dictatorial y el modelo neoliberal en un marco democrático de muy baja intensidad. La pretensión de reeditar este diseño político, sería una suerte de “remake” con perfume de mujer, cuyo horizonte no puede ser otro que postergar los reclamos democráticos expresados en las calles. En el mediano plazo, una Asamblea Constituyente pareciera una solución viable y necesaria…
Ante los preocupantes síntomas que se advierten, lo sensato es tomar la iniciativa y abrir caminos hacia una asamblea de ciudadanos. Una nueva constitución es la oportunidad para profundizar la democracia, legitimar sus instituciones y abrir cauce a una real modernización en Chile. La actual institucionalidad impuesta por un régimen de facto no es viable en el largo plazo; si bien no resulta del todo evidente para algunos, la única cuestión política inteligente en torno a un cambio constitucional es el “cuándo”.
El proceso puede ser dilatado por algún tiempo mediante la demagogia y reformas cosméticas, pero no nos engañemos, la historia ya ha señalado una tendencia nítida: Chile reclama otra democracia más inclusiva y más justa. No es necesario consultar el horóscopo para advertir que las movilizaciones sociales han llegado para quedarse y que el clima político en nuestro país está cambiando drásticamente. Es paradojal que haya sido necesario un gobierno de derechas para advertir en toda su magnitud y profundidad la debilidad del reformismo concertacionista.
La derrota de la Concertación, finalmente, ha significado el más rotundo fracaso de un régimen de “mediación” que prolongó el diseño político institucional dictatorial y el modelo neoliberal en un marco democrático de muy baja intensidad. La pretensión de reeditar este diseño político, sería una suerte de “remake” con perfume de mujer, cuyo horizonte no puede ser otro que postergar los reclamos democráticos expresados en las calles. En el mediano plazo, una Asamblea Constituyente pareciera una solución viable y necesaria para cambiar la historia de Chile en el presente siglo.
Etiquetas: asamblea, constituyente, democracia, politica » Publicado: a las 1:08 pm
Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS
Etiquetas: camila vallejo, educacion, movilizaciones, movimiento estudiantil, sociedad » Publicado: 21/08/2012
Como en todas las empresas históricas, y esta lo es qué duda cabe, se mide la estatura política de sus líderes. Saber que detrás de estos dirigentes estudiantiles están las siluetas de miles de niños de familias pobres que esperan mucho más de su país le confiere a las protestas estudiantiles una estatura moral que no hemos visto en el país por varias décadas.
Cuando una nación está gobernada por unos pocos, unas cuantas familias poseedoras de gran parte de la riqueza, se puede hablar con propiedad de una forma política oligárquica. Advirtamos que riqueza no es sinónimo de capital, por tanto ha habido en la historia oligarquías no capitalistas. De hecho, en la historia de Chile durante la segunda mitad del siglo XIX se produce una apropiación y reinvención del imaginario burgués “moderno” que había cristalizado en París, precisamente, por una oligarquía que podríamos calificar de pre-capitalista, dando como resultado un híbrido que se ha llamado “modernidad oligárquica”. Lo interesante de la cuestión es que, aun cuando lo oligárquico es una forma política reconocida desde la antigüedad, es también un imaginario histórico social que atraviesa toda la cultura de una sociedad.
En nuestro país se puede rastrear el “imaginario oligárquico” en la prensa periódica de la época, pero también en la disposición espacial de barrios y en la arquitectura de la capital como una cierta “ecología de clases” que separa un Santiago ilustrado, cristiano y opulento de aquellos arrabales que don Benjamín Vicuña Mackenna calificó como un verdadero “potrero de la muerte”. La ciudad pobre no es concebida sino como un “injerto”, sólo sujeta a medidas de higiene, control policial y al negocio inmobiliario. Fue este imaginario el que adquirió plena vigencia a fines del siglo XIX, tras la derrota de Balmaceda, y hasta las primeras décadas del siglo XX. Entre nosotros, la oligarquía se expresó a través del llamado “mito aristocrático”, una narrativa que limita con el “ocio”, el “buen tono”, el “dinero”, el “linaje”, el “apellido”, la “raza” y una visión muy particular del poder como una extensión natural de sus prerrogativas.
En el Chile de hoy, se puede afirmar que, efectivamente, estamos sumidos en un “neoliberalismo oligárquico”, donde un puñado de familias concentra el poder y la riqueza del país. Los vértices de la narrativa de derechas siguen siendo, en lo fundamental, los mismos; todavía importa entre nosotros el apellido, la raza y, desde luego, el dinero.
El “imaginario oligárquico”, sin embargo, nunca nos ha abandonado del todo, al igual que la pátina en las estatuas de bronce, se adhiere de modo natural a cierto pensamiento conservador hasta nuestros días. De algún modo, la dictadura militar de Pinochet, alimentó e instrumentalizó este imaginario en el seno de una oficialidad, tan arribista como ritualista, para investir la ignominia de un “aura” de imposible decencia. En el Chile de hoy, se puede afirmar que, efectivamente, estamos sumidos en un “neoliberalismo oligárquico”, donde un puñado de familias concentra el poder y la riqueza del país. Los vértices de la narrativa de derechas siguen siendo, en lo fundamental, los mismos; todavía importa entre nosotros el apellido, la raza y, desde luego, el dinero.
La misma “ecología de clases” que detectamos en el paisaje urbano como ordenamiento topológico se advierte en la distribución de los establecimientos educacionales y en lo que podríamos llamar una “ecología educacional de clases”, una historia que está por escribirse. La educación en nuestro país, es, ha sido y sigue siendo un sistema educacional marcadamente clasista, subordinada a un cierto “imaginario oligárquico” que bajo nuevos rostros sigue excluyendo a quienes no se reconocen entre los privilegiados. Esta exclusión opera tanto a nivel de jardines infantiles, colegios básicos, secundarios y universidades. La educación prescribe un trayecto para los oligarcas, un trayecto para sectores medios y otro para pobres. Si bien existen prácticas filantrópicas para tranquilizar las conciencias públicas y privadas, lo cierto es que estamos muy lejos de ser una “sociedad abierta” donde la movilización social sea una realidad. Como en un régimen de “castas”, se estudia para gerente, se estudia para funcionario, se estudia para trabajador en el mejor de los casos.
Una de las paradojas que vive el país bajo un gobierno de derechas es, justamente, la imposibilidad de avanzar hacia el despliegue de todas las fuerzas productivas del capitalismo que, dicho en términos marxistas, significaría una “revolución democrática burguesa”, por sus limitaciones culturales ancladas en la mitología conservadora. El “imaginario oligárquico” no sólo significa la imposición de condiciones miserables hacia los trabajadores y el mantenimiento de formas políticas arcaicas heredadas de una dictadura sino, y muy especialmente, un lastre a la posibilidad misma de dinamizar su propio proyecto tecno económico, y la imposibilidad de avanzar hacia diseños políticos más democráticos. Esta contradicción cultural del “neoliberalismo oligárquico” lo torna políticamente inepto e incapaz de ir más allá de sus propios límites y prejuicios. Esta parálisis congénita de la que adolece la derecha le impide concebir la educación como un derecho de todos los chilenos.
Llama la atención que mientras la noción de “clase” ha sido expurgada del imaginario de la masa de consumidores, cualquier especialista en marketing conoce de memoria la categorización de “públicos” ABC 1, C2 etc. Esto significa que subjetivamente no hay una conciencia plena del lugar social que se ocupa, ese lugar ha sido reemplazado por la autoconciencia de tipo narcisista, exaltando el “individualismo”; aunque objetivamente, somos sujetos de estrategias altamente estratificadas de mercadeo. Este fenómeno psicosocial se traduce en la emergencia del llamado “consumidor” que desplaza del espacio público al “ciudadano” De este modo, los nuevos públicos se comportan como “consumidores” en un mercado incluso frente a las elecciones políticas. Por ello, la propaganda política adquiere la fisonomía del “marketing político” en el cual, como se sabe, un candidato es un producto y un partido una marca. La gran masa de “consumidores” sumergidos en el nuevo imaginario y despojados de una conciencia social e histórica del lugar que ocupan, instituyen un clima de aparente de “individualismo igualitario”, el llamado “homo aequalis”
Si todos somos “consumidores”, todos somos iguales. De alguna manera, el espacio público se ha transformado en un gran “supermercado”. Esto posee consecuencias inmediatas en el ámbito político, no solo en relación a los procesos electorales sino en los comportamientos relativos a los reclamos y demandas. Los reclamos de los “consumidores” ya no obedecen a grandes relatos ideológicos y mucho menos a una regimentación partidista, se constata más bien una fragmentación en lo diverso y un flujo laxo que adquiere densidad episódica frente a puntos concretos. Si bien algunos signos de antaño persisten, lo hacen solo como guiño estético contestario; así, el rostro del Ché estampado en una camiseta o cierta música “contestataria rétro” que inunda algunos ambientes.
Ante una realidad como la descrita es fácil confundirse y decretar sin más una desaparición de lo político y el fin de la historia. Nada más alejado de la realidad. Digamos, de partida, que la situación actual es, en primer lugar, un momento histórico que entraña, de suyo, una dimensión política y social. La mejor muestra de ello, lo constituye, precisamente, el desarrollo de las manifestaciones estudiantiles. La cuestión, entonces, es establecer la “singularidad” política y social de este momento. La pregunta adecuada debiera apuntar hacia las nuevas condiciones creadas cuando el capital se hace lenguaje, cuando sus imágenes prescriben y ordenan la nueva subjetividad de los “individuos”, esculpiendo un nuevo “carácter social” en el Chile actual.
Un principio de respuesta a la interrogante planteada la han entregado las movilizaciones estudiantiles. Las nuevas generaciones de estudiantes han irrumpido en el escenario nacional “seduciendo” y “comunicando” sus demandas y con ello “lo político” hoy. Notemos cómo las cualidades inmanentes a los productos del mercado, su condición de “efímeros” o de temporada que exigen el cambio constante, su capacidad de “seducción” y, por último, la “diferenciación marginal” o la cualidad de novedosos, todas están contenidas en las protestas de estudiantes. Las protestas estudiantiles han “invertido” la lógica del “marketing”; las movilizaciones invierten el vector utilitarista y mercantil, “des – automatizando la percepción y la participación política”. Si el mercadeo “domestica” a la muchedumbre, “automatizando” su percepción y regimentando su imaginario, la protesta procede de manera exactamente inversa. Si antaño lo político se manifestaba desde el discurso deliberativo, sintagmático, apelando a la “convicción”, en el presente, la acción y la imagen de la acción es “seducción” Esto nos lleva a la inquietante sospecha de que lo político bien puede cristalizar, ya no como un discurso lógico-argumentativo sino como “experiencia estética radical” “Happening”, nueva forma de percepción y participación política.
Cada vez que en las movilizaciones de estudiantes escuchamos los gritos por una educación pública, gratuita y de calidad, se está impugnando una “ecología educacional de clase” que, en nuestro país, tiene ya más de 2 siglos de existencia. Si establecemos la analogía con el espacio urbano, podríamos decir que existe una ciudad opulenta, cristiana e ilustrada en que un estudiante tiene asegurada una educación de calidad desde el “Kindergarten” hasta alguna prestigiosa universidad europea o norteamericana, en tanto que en el “potrero de la muerte”, la deserción escolar, el embarazo precoz y la drogadicción son el preámbulo de una vida mínima y marginal. Hasta hoy, las diversas medidas en el ámbito educacional no han hecho sino reproducir en cada nueva cohorte las mismas desigualdades, el trágico destino de miles de niñas y niños de este país al que se les ha negado sistemáticamente cualquier otra posibilidad. En el límite, se trata de una decisión política postergada desde siempre y moralmente inaceptable.
La aparición de una figura emblemática como Camila Vallejos ha logrado darle un rostro tan hermoso como lúcido al reclamo estudiantil. Ella junto a sus compañeros tienen todavía un largo camino por recorrer, un camino no exento de riesgos y dificultades. Sin embargo, las movilizaciones estudiantiles constituyen ya un primer paso en la dirección correcta. Como en todas las empresas históricas, y esta lo es qué duda cabe, se mide la estatura política de sus líderes. Saber que detrás de estos dirigentes estudiantiles están las siluetas de miles de niños de familias pobres que esperan mucho más de su país le confiere a las protestas estudiantiles una estatura moral que no hemos visto en el país por varias décadas. Despertar a un pueblo para restituir la justicia social allí donde ha sido pisoteada es una de las cotas más altas a la que puede aspirar un ser humano. Camila yo te amo.
Etiquetas: camila vallejo, educacion, movilizaciones, movimiento estudiantil, sociedad » Publicado: a las 2:14 pm
Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS
Etiquetas: camila vallejo, estudiantes, movilizaciones, movimiento estudiantil » Publicado: 14/08/2012
El movimiento estudiantil ha puesto sobre el tapete la condición esquizofrénica en la que estamos sumidos; por un lado, una clase política que administra un modelo de país por más de dos décadas en un mundo cada vez más distante y ajeno a la realidad cotidiana de la mayoría de la población y, por otro lado, la irrupción de un movimiento social que muchos se resisten a ver.
Los estudiantes chilenos están dando cuenta de profundos cambios culturales en el seno de una “sociedad de consumidores” que, lejos de abolir lo político, más bien transforman su modalidad de expresión cuyas aristas lindan con la performatividad, la visualidad y el espectáculo mediático. Así, la comunicación y el consumo constituyen los elementos centrales de cualquier análisis del presente. Las manifestaciones estudiantiles se han convertido en espacio de expresividad, espacio de lo diverso.
Es interesante tomar nota sobre la escenificación de las protestas de estudiantes. En ella comparece, desde luego, todo el aparato policial dispuesto para ello. Destacamentos uniformados, motorizados, una verdadera tecno burocracia cuya “expertise” no es otra que la represión. De este modo, piquetes especializados, reconocidos como “Fuerzas Especiales” (FFEE) o como “Grupo de Operaciones Policiales Especiales” (GOPE), constituyen las herramientas policiales antidisturbios que despliegan la autoridad ante los estudiantes. Éstos, por su parte, no reconocen ningún “Dress Code” prescrito para la ocasión. La mayoría se inscribe en la lógica del “Jeans” y el “Hoodie”, ambas prendas se encuentran en cualquier escaparate y responden más bien a cierta “moda juvenil” promovida por la publicidad. Sin embargo, el “Hoodie”, un polerón con capucha, ha llegado a convertirse en un símbolo global de la rebeldía y la protesta.
Las protestas estudiantiles han mostrado una clara tendencia hacia la radicalización, alejándose de la tradición partitocrática. Tanto así que el indiscutible liderazgo de Camila Vallejos ha sufrido más de un traspié entre sus pares. No obstante, no todo está dicho y el propio desarrollo político del movimiento estudiantil decantará nuevas tendencias y líderes en el futuro. Lo que resulta claro, y hasta indiscutible, es la estatura de la demanda. Movilizar a más de cien mil jóvenes en pos de una educación pública gratuita y de calidad frente a un estado subsidiario y cautivo de la hegemonía neoliberal es, fuera de discusión, un logro histórico.
El código vestimentario que opone a la policía y los estudiantes pareciera mostrar algo mucho más profundo que una manera de presentación. Al observar estudiantes sin uniforme, se advierte una renuncia a la uniformidad en todos los dominios. En otras palabras, la muchedumbre variopinta da buena cuenta de dos fenómenos concomitantes: una protesta contra la burocratización uniforme de un sistema educacional normalizado y, al mismo tiempo, el reconocimiento tácito de la individualidad como instancia de legitimación.
La renuncia al “uniforme” es, en el caso de los estudiantes un gesto político, mientras que en el aparato policial es, apenas, una astucia cada vez que algún “funcionario de civil” se infiltra entre los estudiantes como parte de su trabajo de inteligencia. Los estudiantes y la policía se yuxtaponen como dos vectores culturales que apuntan en direcciones opuestas. De una parte, “Orden y Patria”, esto es: territorialidad, estado nacional, burocracia verticalista, orden dirigista, fuerza; de la otra, desterritorialización, mundo global, asambleísmo, participación y movimiento estudiantil.
Las instituciones políticas, y las policiales en particular, hablan desde la Declaración que estatuye, impone y defiende un presunto orden o ley. Los estudiantes se instalan en el plano de la Expresión, esto es, aquellas formas que privilegian la subjetividad, el diálogo y la participación. Esta misma oposición se hace extensiva a los diversos partidos políticos que, en tanto instituciones políticas adscriben a la lógica burocrática de la militancia y el carácter declarativo que lo constituye.
Del liceo a las redes
La divergencia entre las instituciones sociales, la “polis”, y una cierta atmósfera cultural o “ethos” pone en evidencia, en primer lugar, la profunda asimetría que se está produciendo en nuestra sociedad entre el dominio cultural y el orden político. La cuestión admite muchas lecturas posibles, sin embargo, se podría argumentar que las instituciones sociales han sido superadas por la dinámica cultural.
En principio, las instituciones existen para ordenar y regular las prácticas sociales en determinados periodos históricos. Sin embargo, durante los últimos años ha emergido un nuevo espacio en que se verifica un nuevo tipo de prácticas y relaciones sociales. Este desplazamiento ha dejado obsoletas a las instituciones y ha instituido “prácticas inéditas” y en el límite, “nuevos modos de socialización” Nos asiste la sospecha de que en una sociedad en que la “Comunicación mediada por computador” (CMC) se va tornando hegemónica, irrumpen nuevas maneras no sólo de comunicarse-relacionarse sino, también, matrices inéditas de organización, participación y movilización social.
Si nuestra hipótesis está en lo correcto, la comunicación centralizada y vertical de antaño, el llamado “modelo comunicacional Broadcast” propio de la Guerra Fría, alimentó una cultura del mismo jaez. En la actualidad, el “modelo comunicacional Podcast” plantea más bien la horizontalidad, la personalización y el diálogo de todos con todos. Esto explicaría, en parte, el hecho de que las movilizaciones estudiantiles no se fraguan ni se coordinan en los vetustos liceos sino en las redes sociales digitalizadas. Podríamos aventurar que las nuevas matrices culturales derivadas de los modos relacionales en red se plasman en nuevas formas de organización juvenil, más proclive al asambleísmo Podcast que a la tradición burocrática de los partidos políticos.
El liceo en Chile y en gran parte de América Latina se inscribe en la tradición napoleónica quien creó en 1802 el “Lycée” con el claro propósito de formar a la élite de la nación. El liceo adquirió pertinencia en nuestro continente como parte del proyecto ilustrado republicano, convirtiéndose en un dispositivo central de la llamada “modernidad oligárquica”. Hasta bien entrado el siglo XX, tales instituciones de enseñanza administraron el sistema educacional secundario, extendiendo lentamente su cobertura desde las familias aristocráticas hacia una creciente clase media.
Se trataba de establecimientos públicos y laicos de dependencia estatal que regulaba la tímida movilidad social de aquellos años. Lo que nos interesa destacar es que se trataba de instituciones sociales verticalistas y dirigistas, centralizadas en una rectoría que sustentaba un orden. Durante la primera mitad del siglo XX y en el contexto de lo que se ha llamado un Estado Nacional Democrático Popular, la organización de los estudiantes cristalizaba en los Centros de Alumnos y en una Federación de Estudiantes Secundarios. Hagamos notar que tales formas de organización eran, por lo general, tuteladas por los diversos partidos políticos representados a través de su rama juvenil, al punto de que muchos dirigentes políticos actuales se iniciaron en la FESES.
Si bien en la actualidad subsisten formas de organización estudiantil análogas a las de otrora, no es menos cierto que su quehacer ha sufrido grandes mutaciones. Se constata un debilitamiento de la relación entre la organización estudiantil y los partidos políticos, asimismo se advierte una expansión de expresiones radicales que afirman el carácter performativo del movimiento. Las nuevas formas de relación–participación estudiantil se verifican en el ciberespacio, es allí donde coordinan las acciones y se establecen los nexos que luego se escenifican en el espacio urbano. Las redes sociales constituyen, de hecho, una suerte de “asamblea permanente”, garantizada por la horizontalidad y la conexión constante. De tal manera que la irrupción de nuevas modalidades comunicacionales prefiguran nuevas prácticas sociales y políticas que movilizan a cientos de miles de estudiantes en el espacio público.
No al lucro
La resistencia a militancias duras no significa, en absoluto, que los estudiantes no expresen con meridiana claridad sus puntos de vista políticos. Se advierte una proliferación de movimientos a la izquierda de la izquierda tradicional. Más que una “enfermedad infantil del izquierdismo”, como advirtiera Lenin, más bien estamos ante una modalidad de pensar y hacer política que excede los marcos normativos de un partido más tradicional, una modalidad performativa. Si observamos el énfasis en el despliegue de la subjetividad y el anhelo de acción sin dilaciones ni mediaciones, se entiende por qué las posiciones más radicales de corte anarquista, fundamentadas en una matriz liberal, adquieren inusitada relevancia entre los estudiantes, en clara oposición a las tesis tradicionales de la izquierda ortodoxa.
Las protestas estudiantiles han mostrado una clara tendencia hacia la radicalización, alejándose de la tradición partitocrática. Tanto así que el indiscutible liderazgo de Camila Vallejos ha sufrido más de un traspié entre sus pares. No obstante, no todo está dicho y el propio desarrollo político del movimiento estudiantil decantará nuevas tendencias y líderes en el futuro. Lo que resulta claro, y hasta indiscutible, es la estatura de la demanda. Movilizar a más de cien mil jóvenes en pos de una educación pública gratuita y de calidad frente a un estado subsidiario y cautivo de la hegemonía neoliberal es, fuera de discusión, un logro histórico.
El reclamo estudiantil no puede ser resuelto en el marco judicativo que nos rige actualmente. Es claro que mientras se mantenga vigente la constitución sancionada por la Junta Militar en la década de los años 80 del siglo pasado, no existe posibilidad alguna de modificar sustancialmente el sistema educacional chileno. Esto no es un secreto para nadie, por lo tanto, la demanda estudiantil resulta ser el más radical desafío al orden neoliberal vigente, en cuanto pone en entredicho todo el andamiaje constitucional en que se sostiene el Chile actual. En este sentido, el movimiento estudiantil es visto como una amenaza no solo por el gobierno de derechas sino, también, por el resto de la clase política que se ha constituido a la sombra de la herencia dictatorial.
Se ha pretendido comparar este movimiento estudiantil con aquel de París 1968, se sostiene que alcanzado cierto ingreso per capita surgen demandas de país “desarrollado” como en la Francia de los sesenta. La comparación resulta más que forzada y falaz, pues a diferencia de la Europa de aquellos años en nuestro país vivimos, apenas, una democracia de muy baja intensidad y un sistema económico que excluye a la mayoría de la población. Chile es un país de gente modesta en que más del 60% de su población sobrevive difícilmente. No hay punto de comparación entre el mundo desarrollado y las precarias condiciones en que se desenvuelve la mayoría de los chilenos, incluido el sistema educacional. Contrariamente a lo que se pretende, Chile muestra los signos de una sociedad profundamente desigual e injusta en que un puñado de familias concentra gran parte de la riqueza, una sociedad, a diferencia de la francesa, donde el estado ha abandonado funciones tan relevantes como la salud, la previsión social y, ciertamente la educación. El meollo del malestar de los estudiantes, y así lo han proclamado, es entender un derecho fundamental como un “bien de consumo”, esto es, la consagración del lucro y la mercantilización de los derechos básicos de un pueblo.
El movimiento estudiantil chileno no es un plagio ni ha nacido de “torpedos”, es una experiencia histórica nueva que nace de un contexto histórico muy concreto, la perpetuación de un orden injusto creado por una dictadura que se prolonga con la complicidad de sus herederos. De allí la tremenda importancia del reclamo juvenil, pues, en definitiva, es la más clara demanda política planteada estos últimos años y que supera con creces el clima de corrupción y demagogia que caracteriza a nuestra clase política: No al lucro
Examen final
No es tiempo de apresurar conclusiones, los movimientos sociales no se despliegan ni se desarrollan de manera mecánica. Por ahora, contentémonos con caracterizar sus singularidades y celebrar la justicia y estatura de sus demandas. Las protestas estudiantiles convocan a un país entero, la cuestión planteada es sobre la educación, según hemos señalado, nos lleva a la pregunta de fondo sobre qué país queremos vivir en el porvenir.
El movimiento estudiantil ha puesto sobre el tapete la condición esquizofrénica en la que estamos sumidos; por un lado, una clase política que administra un modelo de país por más de dos décadas en un mundo cada vez más distante y ajeno a la realidad cotidiana de la mayoría de la población y, por otro lado, la irrupción de un movimiento social que muchos se resisten a ver. Dos visualidades en competencia, un país oficial construido por los medios ad nauseam, imágenes idílicas de consumo exentas de cualquier contenido político donde un estudiante es sinónimo de delincuente… Un país no oficial, el país de las nuevas generaciones, hastiadas ya de tanta demagogia.
Etiquetas: camila vallejo, estudiantes, movilizaciones, movimiento estudiantil » Publicado: a las 4:30 pm
Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS
Etiquetas: Bachelet, concertacion, elecciones, politica, presidenciales » Publicado: 08/08/2012
Después de las movilizaciones sociales del año pasado, se puede afirmar que algo ha cambiado en el ánimo y las expectativas políticas de los chilenos. Aquellas candidaturas que logren mayor empatía con las demandas de cambio expresadas en las calles serán, muy probablemente, las más favorecidas.
La figura de Bachelet sigue siendo la incógnita de una ecuación política que sigue pendiente. La incertidumbre no se puede resolver hasta que la ex Mandataria se pronuncie de manera abierta sobre su intención de participar en las próximas elecciones presidenciales. Sin embargo, se pueden hacer algunas consideraciones ante tal eventualidad que bien debieran ser tenidas en cuenta por sus seguidores y por sus detractores.
Pareciera indispensable que el nombre Bachelet debiera ser sancionado por elecciones primarias al interior mismo de la Concertación. Con ello se disiparía la sensación de que todo se trata de un arreglo cupular sin el consentimiento explícito de las bases. Una segunda cuestión tiene relación con el emplazamiento de la ex Presidenta en el actual panorama político chileno. Las encuestas indican que el desprestigio del actual gobierno de derechas no significa, de buenas a primeras, un fortalecimiento de la oposición.
Es claro que la Concertación de Partidos por la Democracia aparece hoy como un conglomerado dividido, debilitado y de baja convocatoria. En síntesis, la actual Concertación no es, precisamente, una agrupación que dé garantías de gobernabilidad democrática.
Desde otro punto de vista, hay dos claras tensiones en la eventual candidatura de la señora Bachelet. La primera puede enunciarse como la dicotomía Bachelet–Concertación. En efecto, la actual funcionaria de la ONU aparece con un apoyo del 42% en los últimos sondeos, pero es claro que la Concertación de Partidos por la Democracia aparece hoy como un conglomerado dividido, debilitado y de baja convocatoria. En síntesis, la actual Concertación no es, precisamente, una agrupación que dé garantías de gobernabilidad democrática.
La segunda tensión se relaciona con el carácter “retro” de la gestión concertacionista. De hecho, se puede alegar que muchas de las demandas expresadas por los movimientos sociales hoy no son sino el resultado de aquello que no hizo la Concertación durante 20 años en el gobierno. De este modo, el nombre Bachelet deberá superar la idea de un “retorno al pasado”, con toda su carga de malas prácticas. Este punto es clave si consideramos que en las próximas elecciones se suman varios millones de nuevos electores al padrón electoral.
Después de las movilizaciones sociales del año pasado, se puede afirmar que algo ha cambiado en el ánimo y las expectativas políticas de los chilenos. Aquellas candidaturas que logren mayor empatía con las demandas de cambio expresadas en las calles serán, muy probablemente, las más favorecidas. Si bien las encuestas se focalizan en las figuras de algunos personajes, quizás haya llegado el momento de introducir el primer cambio y volver a los “programas de gobierno”. Finalmente, los temas en discusión, reformas constitucionales de fondo en los dominios de la educación, la tributación, la salud y la regionalización, entre tantos, no se resuelven, por lo menos no del todo, con la sonrisa maternal de una candidata.
Etiquetas: Bachelet, concertacion, elecciones, politica, presidenciales » Publicado: a las 2:24 pm
Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS
Etiquetas: astronomía, cultura, venus » Publicado: 02/08/2012
En nuestra retina hay “un punto ciego” del cual no somos conscientes. Del mismo modo, en el fondo de nuestro pensamiento existe un punto oscuro que al igual que el planeta Venus se nos aparece, a veces, eclipsando la altiva razón.
La magia de las nuevas tecnologías ha hecho posible observar un fenómeno celeste en “vivo y en directo”. Hemos visto transitar el planeta Venus frente al sol, alineado con la Tierra el 5 de junio de este año. Apenas un punto negro recortándose contra la luz enceguecedora del sol. No es necesario ser astrónomo para saber que no somos nada distinto. Nuestro planeta entero es, también, observado desde Marte, un punto oscuro que atraviesa nuestra estrella.
Hay un extraño sentimiento, no exento de secreto pavor, saberse el habitante de un punto suspendido en el vacío, vagando alrededor de la luz. Rara vez pensamos estas cosas, sumidos como estamos en el despertador, las cuentas por pagar o aquella reunión tan importante que nos reclama a primera hora. La curiosidad y el deslumbramiento extático lo hemos relegado a nuestros primeros años. Es en la infancia cuando asistimos embobados al espectáculo del mundo y nos hacemos esas preguntas fundamentales, la mayoría de las cuales solo tienen como respuesta un signo de interrogación.
Observo aquel lejano planeta que nos recuerda nuestro lugar en este universo y vuelvo, sabiendo que una parte de mí se quedó en otra parte y que ya no volveré a ser el mismo, sí, vuelvo a mis tareas cotidianas…
Es en la infancia, empero, cuando cristaliza en nosotros la conjunción de un pensar-ver, pensar-imaginar, pensar-sentir… Es la niñez la que nos regala las preciosas horas en que el pensamiento nos lleva al límite y nos muestra con nitidez el prodigio de prodigios, la capacidad humana de instalarse, precisamente, “allí”. Esta “experiencia fundamental” será más tarde pervertida por la cultura en la que nos toca nacer, convirtiendo en mero discurso ese universo vasto que avizoramos un día. Así, todo dogma encarcela el precioso tesoro que late en cada uno de nosotros. Sin embargo, detrás de tanto discurso pseudo espiritual, en rigor, discurso político, se esconde una verdad sublime.
Cada ser esta provisto de la capacidad para arribar a un ámbito superior de existencia y percepción, cada ser puede acceder a la experiencia de “lo fino y espiritual”. Venus nos muestra la danza de los astros en un universo sin tiempo y sin límites, una imagen que conjuga extrañamente la dimensión estética y ética de lo que somos en este diminuto planeta. Hay algo muy difícil de comunicar que está “allí” y que se nos entrega como un dulce caramelo para nuestra fruición. Cuando el tiempo desaparece, irrumpe la presciencia de lo otro.
En nuestra retina hay “un punto ciego” del cual no somos conscientes. Del mismo modo, en el fondo de nuestro pensamiento existe un punto oscuro que al igual que el planeta Venus se nos aparece, a veces, eclipsando la altiva razón. Ese punto es lo “No Humano” que abre las puertas al Mundo de Alicia, donde conejos y relojes, sobre todo relojes…
Observo aquel lejano planeta que nos recuerda nuestro lugar en este universo y vuelvo, sabiendo que una parte de mí se quedó en otra parte y que ya no volveré a ser el mismo, sí, vuelvo a mis tareas cotidianas: Encender la pipa y escuchar a Vivaldi que lo repite por enésima vez, como en una feria, Gloria in excelsis Deo. Vuelvo a hojear distraídamente ese delicioso libro de Aforismos de Georg Lichtenberg: “ Un reloj que, al dar un cuarto, dijera siempre a su propietario: tú…, al dar la media: tú eres…,los tres cuartos: tú eres un…, y al dar la hora: tú eres un hombre”.
Etiquetas: astronomía, cultura, venus » Publicado: a las 1:00 pm
Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS
Etiquetas: francia, internacional, mundo » Publicado: 17/07/2012
Detrás de esa plebeya “sociedad de consumidores” que es la Francia actual, late agazapado más de un tesoro que a esta altura debiera ser considerado “patrimonio de la humanidad” y que no debe ser confundido con mera “décadence”: Siglos de pensamiento, arte y cultura.
Se ha dicho que si España es la “Madre Patria” de nuestro continente Indo-Afro-Hispanoamericano, no es menos cierto que Francia ha sido una suerte de “Tía Abuela”. Como se sabe, París constituyó la Ville Lumière, verdadera capital de la prehistoria moderna y modelo obligado de las incipientes burguesías latinoamericanas. La segunda mitad del siglo XIX testimonia la proximidad de la cultura francesa en nuestra arquitectura, en nuestras letras, en las ideas e instituciones republicanas, en fin, en el imaginario histórico y social que constituyó nuestros países.
Las grandes ideas de la cultura burguesa gala encontraron tierra fértil entre nosotros. Nociones tan centrales como la idea misma del “bourgeois”, en el orden tecno-económico, o el “citoyen” como sujeto político, e incluso la concepción misma de individuo (Moi). La cultura francesa fue el original que ha sido traducido como “modernidad oligárquica” en tierras americanas. Una cultura y una institucionalidad que se encuentra mixturada todavía como impronta de nuestras culturas y de nuestras instituciones.
Francia se ha convertido en una carta postal asediada por una grave crisis económica de la Eurozona que pierde presencia internacional ante la arremetida económica y tecnológica de países del lejano oriente. Hasta la francofonía va cediendo el lugar que alguna vez ocupó frente al inglés como nuevo “trade language” de un mundo global.
En el presente, Francia y su lengua aparece más bien como una referencia nostálgica o un esnobismo, algo que circula entre intelectuales, cine arte, nombre de perfumes, acaso como exótico nombre de algún motel o cabaret. América Latina, hoy, está inmersa en la “zona dólar” y habla “spanglish”. Las nuevas burguesías de nuestro continente ya no peregrinan a París ni se educan en la Sorbona. En la actualidad viajan a Chicago –la ciudad de Al Capone– y se convierten en fríos “Businessman”. La llamada “mass culture”, delimita hoy los contornos del imaginario latinoamericano. Las nuevas “élites” políticas han olvidado hace mucho aquellas viejas palabras que inspiraron a sus ancestros: “Liberté” “Fraternité” “Égalité”.
La misma Francia se ha convertido en una carta postal asediada por una grave crisis económica de la Eurozona que pierde presencia internacional ante la arremetida económica y tecnológica de países del lejano oriente. Hasta la francofonía va cediendo el lugar que alguna vez ocupó frente al inglés como nuevo “trade language” de un mundo global.
Y sin embargo, detrás de esa plebeya “sociedad de consumidores” que es la Francia actual, late agazapado más de un tesoro que a esta altura debiera ser considerado “patrimonio de la humanidad” y que no debe ser confundido con mera “décadence”: Siglos de pensamiento, arte y cultura. La mundialización hace extemporánea, desde luego, cualquier idea euro centrista. No obstante, es conveniente saludar –cada 14 Juillet- a los parientes. Especialmente cuando se trata de una glamorosa tía abuela a la que hemos olvidado por tanto tiempo: Noblesse oblige.
Etiquetas: francia, internacional, mundo » Publicado: a las 12:43 pm
Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS
Etiquetas: aylwin, democracia cristiana, politica » Publicado: 06/06/2012
El ex Presidente Patricio Aylwin ha encarnado, finalmente, lo que Chile es y no lo que debiera ser. Desde esta perspectiva, “Aylwin, el político” no ha sido mejor ni cívicamente superior de lo que ha sido la actividad política este último medio siglo entre nosotros.
Una distinguida caricaturista polaca llamada Pawla Kuczynskiego (1976), ha alcanzado premios y reconocimiento internacional por sus lúcidas sátiras del mundo actual. Su estilo nos trae reminiscencias de Magritte, mas su mirada crítica es muy contemporánea. Entre sus muchas obras, está aquella que retrata al político de un modo tan nítido como elocuente. Una imagen que entre nosotros los chilenos ha adquirido una especial significación desde el llamado “retorno a la democracia” hace ya más de dos décadas.
Las recientes declaraciones del ex Presidente, señor Patricio Aylwin, y su anunciado libro de memorias no hacen sino actualizar lo que es y ha sido la clase política desde hace muchos años en nuestro país. No es casual que la actividad política en la actualidad se encuentre tan degradada y desprestigiada. En este sentido, la equívoca figura del ex mandatario, no podría ser más apropiada como retrato del típico político del Chile republicano de la segunda mitad del siglo XX.
Un acérrimo opositor al gobierno de la Unidad Popular encabezado por Salvador Allende que llevó a su partido, la Democracia Cristiana, como aliado en el CODE a apoyar el golpe de Estado de 1973. El mismo, sin embargo, que encabezó el primer gobierno democrático “en la medida de lo posible”, tras la dictadura del general Augusto Pinochet.
Como muchos de sus coevos, este personaje posee la impronta del dios Jano, y al igual que éste tiene –a lo menos– una doble faz. Un acérrimo opositor al gobierno de la Unidad Popular encabezado por Salvador Allende que llevó a su partido, la Democracia Cristiana, como aliado en el CODE a apoyar el golpe de Estado de 1973. El mismo, sin embargo, que encabezó el primer gobierno democrático “en la medida de lo posible”, tras la dictadura del general Augusto Pinochet.
Para hacerle justicia a este actor de la política chilena habría que decir que no ha sido ni el primero ni el último. Comparte con su generación todas las ambigüedades y debilidades de la clase política. Es más, pareciera que son sus defectos y no sus virtudes el legado principal a sus herederos dentro de su partido y fuera de él. Para expresarlo con claridad: en la política actual sigue imperando una debilidad moral que mezcla los buenos negocios con el oportunismo, la demagogia, la corrupción y la bajeza.
El ex Presidente Patricio Aylwin ha encarnado, finalmente, lo que Chile es y no lo que debiera ser. Desde esta perspectiva, “Aylwin, el político” no ha sido mejor ni cívicamente superior de lo que ha sido la actividad política este último medio siglo entre nosotros. Esto no lo exculpa de ninguna responsabilidad en este ámbito. No obstante, hay una expresión de “Aylwin, el ciudadano” que bien merece una reflexión aparte: “El dolor enseña”. Si es verdad que ciertas figuras encarnan las miserias y grandezas de sus pueblos en ciertos momentos históricos, sería importante que esta enseñanza estuviese a la orden del día entre los políticos de hoy.
Etiquetas: aylwin, democracia cristiana, politica » Publicado: a las 4:40 pm
Investigador y docente de la Escuela Latinoamericana de Postgrados. ELAP. Universidad ARCIS
Etiquetas: democracia, partidos, politica » Publicado: 05/04/2012
La cuestión de fondo en el Chile actual es cómo canalizar políticamente estas demandas sociales: una tarea pendiente para los partidos políticos.
Entre los muchos gritos que se escuchan en diversas manifestaciones en el país, llama la atención aquel que reza: “El pueblo unido avanza sin partido”. Si bien la primera parte de la frase nos resulta más que familiar, conviene detenerse en la segunda parte. Es claro que hay un divorcio entre los emergentes movimientos sociales y los partidos tradicionales de todo el espectro político. Dicho con toda franqueza, los partidos no están de moda o, peor aún, han perdido toda su “aura” como instituciones portadoras de grandes valores. Esto resultaba impensable en nuestro país hace algunas décadas donde lo político era administrado, precisamente, por los diferentes partidos. Esta suerte de partitocracia desplazó del imaginario chileno, con escasas excepciones, los movimientos autónomos.
Con todo, sería precipitado decretar el ocaso del partidismo en nuestra sociedad. Lo que sí podemos afirmar es que la relación entre los partidos políticos y los diversos movimientos se ha tornado mucho más laxa y de baja intensidad. Las causas de este fenómeno son variadas y se pueden encontrar en los nuevos contextos locales y globales en que se inscriben los partidos y los movimientos sociales en la actualidad. El mundo de hoy es muy otro respecto de aquel orden republicano e ilustrado que presidió lo político en nuestro país durante buena parte del siglo pasado.
En el presente, los partidos políticos se ven constreñidos a entidades administrativas portadoras de una “marca” o, en el mejor de los casos, de una “memoria” que no siempre capaz de “seducir” a las nuevas generaciones. Un mundo de consumidores que tiende a abolir la “convicción” en favor de la “seducción” es, en principio, adverso a militancias estrictas. Un mundo, en fin, que va dejando atrás la masificación “broadcast” en favor de la personalización “podcast”, no es un mundo propicio a grandes partidos políticos sino, más bien, a extensas “redes sociales” virtualizadas.
En el caso específico de nuestro país, es indudable que el bombardeo e incendio de la Moneda –macabra metáfora de una tragedia- marca un antes y un después para los partidos políticos. Recordemos que la dictadura militar se ocupó, muy especialmente, de reprimir y desarticular tanto los movimientos sociales como los partidos políticos opositores, utilizando el asesinato y el terror. Este hecho traumático pone fin a un orden económico y político, pero al mismo tiempo inaugura un tiempo alterno que permanece obstinado en el orden institucional plasmado en una constitución apenas maquillada.
En el presente, los partidos políticos se ven constreñidos a entidades administrativas portadoras de una “marca” o, en el mejor de los casos, de una “memoria” que no siempre capaz de “seducir” a las nuevas generaciones. Un mundo de consumidores que tiende a abolir la “convicción” en favor de la “seducción” es, en principio, adverso a militancias estrictas. Un mundo, en fin, que va dejando atrás la masificación “broadcast” en favor de la personalización “podcast”, no es un mundo propicio a grandes partidos políticos sino, más bien, a extensas “redes sociales” virtualizadas.
Lo interesante del momento actual es que los anhelos y demandas de las mayorías siguen siendo, en gran medida, las mismas de antaño. Amplios sectores de trabajadores han visto acentuada la precariedad en sus empleos, los bajos salarios y la privación de sus derechos. Los estudiantes sienten en carne propia los costos que significa para ellos y sus familias una educación mercantilizada. Por último, cualquier ciudadano sabe que el actual estado de cosas no garantiza en absoluto el acceso a la salud o la previsión social. En suma, la cuestión de fondo en el Chile actual es cómo canalizar políticamente estas demandas sociales: una tarea pendiente para los partidos políticos.
Etiquetas: democracia, partidos, politica » Publicado: a las 3:30 pm
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