Periodista, Magister en Comunicación y Educación de la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Universidad Autónoma de Barcelona.
Etiquetas: 11, 1973, allende, asesinato, carabineros, septiembre, violencia » Publicado: 13/09/2012
La promoción de la intolerancia, el irrespeto y el desprecio, parte con palabras desmedidas, con esa irritación incontinente que esparce furia y fastidio, sin procesamiento cognitivo alguno y continúa con la manifestación física de aquel estado de fiereza que, más temprano que tarde, llega a hechos que, como el mismo 11 de septiembre pasado, significó la muerte de un carabinero.
Un, hasta hace poco, apenas conocido diputado ha adquirido momentánea notoriedad pública a raíz de sus descomedidas expresiones en contra del ex Presidente Salvador Allende, formuladas públicamente en la Cámara, luego que un par pidiera un minuto de silencio por el ex Mandatario y “por todos los caídos el 11 de septiembre de 1973”.
A mayor abundamiento, ha señalado que no se arrepiente de sus dichos, asegurando, además, que su partido lo apoya “por completo”, no obstante que el propio presidente de la colectividad manifestara su descuerdo con los improperios, cuya desmesura no sólo han conmovido las relaciones civilizadas que deberían mantenerse en tan ilustre institución de la República, sino también ofenden gratuitamente a una hija del ex Presidente, quien ocupa un sillón en ese mismo Congreso, aunque en el Senado, y a varios de sus colegas con parientes cercanos que han acometido suicidio.
La foto de El Mercurio en 1972, en la que un muchacho de casco obrero golpeaba a un carabinero, los llamados a “incendiar Chile de norte a sur” y aquel mal trato público y desenfadado entre autoridades de la época fueron los prolegómenos de la crisis social que sobrevino.
Por sobre las calificaciones personales y privadas que cada quien tenga de la persona del ex Mandatario y de las consecuencias que acarreó su primera magistratura, no hay controversia en que la reconstrucción de la democracia en Chile implicó un alto costo para varias generaciones. El 11 de septiembre de 1973, no sólo cayeron miles de chilenos que apoyaban a ese Gobierno, sino también, otros tantos que formaban parte de las instituciones armadas y que el diputado peticionario, en justo trance reconciliatorio, pareció querer relevar dentro de una lógica que, por lo demás, las propias FF.AA. abreviaron con ese “nunca más” formulado hace unos años por un ex Comandante en Jefe del Ejército y que, vistos los resultados de la luctuosa lucha fratricida, nos invitan a todos a reencaminar la vida social y ciudadana por vías de reflexión y sensatez.
Las desafortunadas expresiones del diputado pueden ser interpretadas como las de una persona que sufrió las consecuencias de un Gobierno que, para una parte de los chilenos, fue un mal gobierno. Y desde una dificultosa empatía con la animadversión tan mal expuesta, bien podrían entenderse las opiniones y juicios cáusticos de quienes fueron o se sintieron víctimas de atropellos e indignidades durante esa administración, tal como, por lo demás, hay quienes sus padecimientos y agravios apuntan al gobierno militar. Cada uno de los chilenos tiene ya su juicio sobre ese período y difícilmente aquellos serán modificados. Las generaciones que los vivieron y que han buscado generosamente superar los resentimientos e inquina desatados por la virulencia de aquellos días, han debido tolerar y sobrellevar las diferencias, cuidando modos y formas para reconquistar cierta armonía y amistad cívica –no obstante las ofensas sufridas- mediante una nada fácil y hasta violenta autocontención, que ha permitido construir una sociedad más madura, plural y democrática.
Exabruptos emocionales como el comentado, lanzados en el principal foro democrático de la Republica, afectan gravemente la compostura, sobriedad e indispensable decoro del Congreso, transformándose, además, en una fuente de mal ejemplo que pareciera justificar la triste y pobre imagen de dicha institución y dan pábulo a la consolidación de un modelo de mal trato, grosero, hosco y vulgar, que tantas veces se critica a las nuevas generaciones, pero que se hace cada vez más habitual en el deporte, la farándula, los realities, las calles, los recintos educacionales y, en fin, amplios sectores de nuestra sociedad.
La promoción de la intolerancia, el irrespeto y el desprecio, parte con palabras desmedidas, con esa irritación incontinente que esparce furia y fastidio, sin procesamiento cognitivo alguno y continúa con la manifestación física de aquel estado de fiereza que, más temprano que tarde, llega a hechos que, como el mismo 11 de septiembre pasado, significó la muerte de un carabinero, haciendo realidad consignas rayadas en muros –como aullidos desbordados- instando “a matar un paco”.
La foto de El Mercurio en 1972, en la que un muchacho de casco obrero golpeaba a un carabinero, los llamados a “incendiar Chile de norte a sur” y aquel mal trato público y desenfadado entre autoridades de la época fueron los prolegómenos de la crisis social que sobrevino.
La indispensable templanza de la que debieran ser ejemplo nuestros dirigentes y elites, cuya conducta tendría que constituir modelo de prudencia y de esa “gravitas” romana, tan infaustamente olvidada en la noche de los tiempos pero tan necesaria en medio de la levedad de la “sociedad del espectáculo” en la que vivimos, son virtudes que convocan no sólo a cuidar lo que decimos, sino también, y muy especialmente, como lo hacemos, so pena de tener que revivir pasados que no hay que olvidar, pero que tampoco debiéramos repetir.
Etiquetas: 11, 1973, allende, asesinato, carabineros, septiembre, violencia » Publicado: a las 4:32 pm
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