Etiquetas: 11, 1973, septiembre » Publicado: 11/09/2012
El punto inamovible sobre el cual se debe levantar y reposa la existencia de nosotros como sociedad y el futuro de la nación chilena debe ser el respeto irrestricto a la persona humana; sobre esa base, debemos fundamentar una democracia sólida y el reencuentro entre chilenos y chilenas.
Esta semana arribamos a un nuevo aniversario desde el quiebre institucional del 11 de septiembre del año 73, son 39 años, estamos prácticamente a cuatro décadas desde aquella situación que conmocionó profundamente a chilenos y chilenas, y que rompió y quebró nuestro sistema democrático, desplomándolo en mil pedazos.
Considero que esta semana debiese ser vivida por chilenos y chilenas como una semana del “nunca más”, vivida con un momento de reflexión en que todos afirmamos nuestra convicción democrática que no existe ninguna consideración ni de sistema económico, ni de régimen político ni creencia religiosa que pueda estar por encima del valor de la persona humana.
Debiésemos tener la firme convicción que nunca más podemos llevar la polarización política al extremo y que ello signifique el derrumbe de la democracia, desatándose una tragedia como la que vivió el país hace casi 40 años. Son muchas las tareas que tenemos como nación y las podemos enfrentar sobre la base de un sistema democrático y de un régimen político, en que la persona esté en el centro, y que por tanto toda la preocupación de la sociedad, del Estado, cultura y de las instituciones, esté concentrada en que el hombre sea capaz de ser hermano del hombre y no sea su adversario o enemigo.
Después que se desplomó la democracia, se inició una etapa de las más duras y violentas violaciones a los derechos humanos que hayan ocurrido en nuestra historia; el terrorismo de Estado se desató y en particular nuestro país vivió el drama de los detenidos desaparecidos.
Las secuelas y consecuencias de ello perduran hasta hoy y, en consecuencia, lo que las generaciones actuales debiesen reafirmar como un compromiso inalterable es que por encima de cualquier circunstancia, está la persona humana; si no actuamos de esa manera podemos fácilmente incurrir en los errores que vienen del pasado, porque siempre habrá un motivo para considerar que un credo religioso puede reclamar más verdad que el otro y esas son las semillas de la intolerancia; podría ocurrir que alguien fundamente que su idea económica tiene más valor que la de su interlocutor o que sus convicciones políticas son por cierto mejores que la de sus oponentes. En consecuencia, del punto de vista de la razón humana, todos estos temas son opinables y nadie puede pretender contar con la verdad absoluta.
El punto inamovible sobre el cual se debe levantar y reposa la existencia de nosotros como sociedad y el futuro de la nación chilena debe ser el respeto irrestricto a la persona humana; sobre esa base, debemos fundamentar una democracia sólida y el reencuentro entre chilenos y chilenas.
Por eso, debiésemos tener la firme convicción que nunca más podemos llevar la polarización política al extremo y que ello signifique el derrumbe de la democracia, desatándose una tragedia como la que vivió el país hace casi 40 años.
Son muchas las tareas que tenemos como nación y las podemos enfrentar sobre la base de un sistema democrático y de un régimen político, en que la persona esté en el centro, y que por tanto toda la preocupación de la sociedad, del Estado, cultura y de las instituciones, esté concentrada en que el hombre sea capaz de ser hermano del hombre y no sea su adversario o enemigo.
Ojalá que las lecciones del 11 de septiembre del 73 maduren en la conciencia de todos y todas, nosotros, chilenos y chilenas.
Etiquetas: 11, 1973, septiembre » Publicado: a las 3:47 pm
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