Etiquetas: blanca vicuña, muerte, niños » Publicado: 10/09/2012
Sólo el que vivió la muerte de un hijo puede ponerse en el lugar de aquel que lo vive. Los demás no queremos vivirlo por cerca que hayamos estado.
Es un escándalo. Estalla como una bomba. Rompe el cotidiano instalando la duda donde no debería estar. La muerte de un niño quiebra el vector de la vida, invierte el mundo, pone todo patas arriba.
Nadie nunca está ni estará preparado para la conformidad y la resignación. El dolor será un cuchillo en la espalda, hundido hasta el corazón. Vendrá cargado de recuerdos frescos, retorcerá la inocencia de cada día, la ingenuidad con que vivimos, sólo conocerá el refugio del escepticismo, del silencio de los dioses, de la nulidad de las oraciones.
Como nunca, veremos trazar en el cielo los renglones torcidos de la vida, Dios o como quieran ponerle. Será destino y será fatal. Lo es. A los padres que les toca abrazar ese cuerpo fallecido les toca entrar en el infierno. Nadie quiere estar en su lugar. Dios nos libre, decimos. Alguna vez investigué sobre niños muertos, versos, canciones para los niños muertos de Mahler. Indagué en hospitales y me comentaron que los niños, hoy, mueren poco. No es como la Morgue o los hospitales de adultos donde muertos habían a diario para fotografiar, pensar, imaginar. A los niños había que esperarlos, pacientes.
Sabemos que sus padres están en el averno, en plena llaga. Podemos abrazarlos, hasta llorar con ellos. Pero su dolor es inalcanzable, tremebundo, una catástrofe. Dicen que el olvido cura todo. Dicen también que el duelo por la pérdida de un niño no se resuelve jamás. Eran el futuro, íbamos a morir antes que ellos. ¿Por qué se invierte el orden natural de los factores? ¿Por qué este escándalo?
El enfermero a cargo de la unidad de Anatomía Patológica era un verdadero ángel, luminoso, dulce, cuidadoso. Restauraba el cuerpo de esos niños, para entregarlos a padres y padrinos quienes lo vestían con sus ropitas blancas y le quitaban los clavos a los zapatos. “Nada de metal para que pueda volar al cielo” me dijeron. Una sola instrucción de este ángel enfermero: no conocer a los niños primero. No encariñarse ni un poco. Tratarlos con todo el amor del mundo, pero sólo cuando hayan cruzado el deslinde entre la vida y la noche eterna.
Una sola vez le había fallado y le costó el corazón roto. No se tolera la muerte de un niño. En tiempos más antiguos, cuando la mortalidad infantil era tremenda, aun así el niño muerto era un escándalo. En México, durante años, la ceremonia de fotografiarse ataviados con sus mejores galas con la niña muerta, era un ritual ineludible. Vi muchas de esas fotos. Familias engalanadas alrededor del cuerpo vestido como una novia, una pequeña novia casada con la muerte, un ángel en la tierra. La niña muerta se llama el volumen dedicado a estas fotografías.
Sólo el que vivió la muerte de un hijo puede ponerse en el lugar de aquel que lo vive. Los demás no queremos vivirlo por cerca que hayamos estado. No, nunca, nada.
Sabemos que sus padres están en el averno, en plena llaga. Podemos abrazarlos, hasta llorar con ellos. Pero su dolor es inalcanzable, tremebundo, una catástrofe. Dicen que el olvido cura todo. Dicen también que el duelo por la pérdida de un niño no se resuelve jamás.
Eran el futuro, íbamos a morir antes que ellos. ¿Por qué se invierte el orden natural de los factores? ¿Por qué este escándalo? ¿Este grito que rompe la noche en dos? ¿Qué descascara la primavera? ¿Qué hace trizas el amanecer? ¿Qué descabeza los crepúsculos? Dios, si hay, los ampare. Dios, si hay, nos libre. Y perdón por el gesto de egoísmo. La niña muerta es la propia muerte. Muertos caminando. Démosle la mano.
Sostengámosla para siempre. Luz, más luz. Y se niega.
Etiquetas: blanca vicuña, muerte, niños » Publicado: a las 12:01 pm
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