Etiquetas: futbol, noticias » Publicado: 02/08/2012
Ya no escucho el noticiero en el largo viaje en auto de ida y menos en los tacos de regreso a casa. Ni la música. El instante y su supremacía valórica, ideológica, espiritual y política, se me ha diluido del todo. A veces temo que sea la edad que ya es bastante o la depresión que he creído derrotada. Otras que sencillamente me liberé.
Primero apagué el televisor. No sé exactamente cuándo. Me cansaron los noticieros falsamente noticiosos y me quedé fuera de los reality y desistí de la farándula. Dejó de entusiasmarme el área dramática y mi equipo de fútbol se dejó caer en la total mediocridad. Abrí una cuenta en twitter y me daba cuenta que había gente que veía televisión y yo podía imaginarla siguiendo de alguna manera sus huellas.
Tuiteé con cierta pasión hasta que de pronto ya no tenía nada que decir fuera del estado del tiempo, la fiebre, el ánimo y cosas personales que dejaron de ser excitantes en ese foro de alta velocidad. Hay un instante en que los diarios dejaron de atraerme. Alguna vez fui de tres periódicos por día y hasta de revistas de esas que ahora prácticamente no hay. En algún desayuno al sol revisé los titulares y me bastó.
El desinterés en las notas infladas para cautivar mi atención se instaló como un gato y junto con los enormes insertos de las grandes tiendas me vi amontonando la mayor parte de las secciones del diario. Las últimas novedades de las librerías, yo que fui un lector (y comprador) compulsivo, me sonaron a refritos, a grandes superficies dedicadas a títulos de alta venta, a reediciones que ya conocía, había leído o no quería leer, los nuevos nombres anunciados con bombos y platillos se me antojaron prematuros y los autores de moda me resultaron planos, torpes, mudos, al final mi endeudamiento hizo el resto.
Sentí la misma brutal decepción frente a la política como frente al fútbol y me quedé sin tema para las reuniones sociales, a no ser que alguien quisiera compartir un paseo por las ciudades, un viaje, la experiencia docente y sus maravillas y desastres o una historia muy personal, mínima e intensa donde lo humano me resultaba maravilloso y lejos de los grandes titulares.
La compra compulsiva fue remplazada por paseos por los rincones de mi enorme biblioteca donde se acumulan los volúmenes en un desorden absoluto y la novedad era permanente. Descubrí que varios libros los había comprado dos o tres veces. Y que gran parte de esa librería propia seguía virgen, intocada. Mi compañera de vida resultó ser crítica cinematográfica y esto me alejó paulatinamente de los cines donde los grandes estrenos dejaron de ser de una quemante urgencia y comencé a esperarlos para su consumo en un lector de alta definición y un televisor que ya no era un televisor sino una pantalla de cine privado donde se volvió más frecuente visitar los clásicos o buscar alguna rareza que seguir el pulso inquietante de la opinión pública, nunca tan impúdicamente pública y nunca menos informada.
Sentí la misma brutal decepción frente a la política como frente al fútbol y me quedé sin tema para las reuniones sociales, a no ser que alguien quisiera compartir un paseo por las ciudades, un viaje, la experiencia docente y sus maravillas y desastres o una historia muy personal, mínima e intensa donde lo humano me resultaba maravilloso y lejos de los grandes titulares.
Ya sin la tele encendida, apenas el rumor de otros televisores en la casa donde alguien pone invariablemente Los Simpson donde repiten temporadas que ya vi y no se si quiero ver de nuevo, y casi sin lectura de diarios me topé con el iPad de mi mujer y se me abrió el mundo de la prensa digital y pasé de mi país al mundo y de la noticia al blog y del titular a la columna y la lectura se hizo azarosa y lo urgente, eso que ha alimentado la prensa y la excitante tentación del zapping del que llegué a vivir por cinco años, fue remplazado por lo importante.
Ya no escucho el noticiero en el largo viaje en auto de ida y menos en los tacos de regreso a casa. Ni la música. El instante y su supremacía valórica, ideológica, espiritual y política, se me ha diluido del todo. A veces temo que sea la edad que ya es bastante o la depresión que he creído derrotada. Otras que sencillamente me liberé. En mi cabeza como en mi corazón flotan cosas pequeñas, mías, muy mías, que apenas puedo poner sobre una página en blanco. En los viajes escucho más el lento oleaje de mi alma que los datos acumulados en desorden y en tropel en los medios periodísticos que se me antojan invasivos y crueles. Leo los titulares. Cuando se toca un tema lo estudio más que lo sintonizo. Todo es más lento. Será que tengo el tiempo contado, será que algo ha perdido su sentido. Tal vez nunca lo tuvo. Tal vez está en otra parte. Mi sensación es de un viajero que encontró un rumbo y no acepta distraerse en un planeta con un déficit atencional de campeonato. Si me perdí, no quiero encontrarme.
Etiquetas: futbol, noticias » Publicado: a las 1:39 pm
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