Etiquetas: lenguaje, sociedad » Publicado: 27/06/2012
En la medida que las personas ingresan a la adultez, coincidentemente cuando acceden al mundo laboral, van perdiendo la capacidad de ser claros, precisos, concretos y por sobre todo, escuetos, breves; por demás está mencionar, que se nos exige (todos lo exigimos), los máximos niveles de verdad.
Es bastante común, al punto de ser irritante y desagradable, cómo toda conversación por muy trivial que resulte, sea envuelta en el manto de las florituras. En otras palabras, las conversaciones están cargadas de exageraciones, frases grandilocuentes, conceptos complejos de entender y un sin fin de accidentes que dificultan en extremo, el poder llegar a entenderse de una manera simple y sencilla.
Si observamos la forma de comunicación de los niños y adolescentes, apreciamos una sencillez en el uso del concepto del lenguaje de una manera notable. Los niños, por lo general, son muy concretos en el planteamiento de sus ideas; en el mismo sentido, los adolescentes van directo al meollo de cualquier asunto, sin rodeos innecesarios. Igualmente, nos exigen en nuestras respuestas, un alto nivel de exactitud, veracidad, sencillez y brevedad.
Los niños y los adolescentes se aburren de las explicaciones rebuscadas, que por muy oportunas y atingentes que sean a la cuestión planteada, no hacen más que extender y complejizar una conversación.
Y así nos llenamos de florituras en la conversación ordinaria. Ya no decimos “fracasé”; ahora decimos “postergué el éxito”. Ya no se habla de “problemas”, ahora son “oportunidades de mejora”. Existe un exacerbado recelo a ser concretos, a asumir una postura y defenderla con argumentos concretos y comprobables. Ahora todo “depende” del punto de vista, de los intereses en juego y de la habilidad para no comprometerse.
Lo curioso, es que, en la medida que las personas ingresan a la adultez, coincidentemente cuando acceden al mundo laboral, van perdiendo la capacidad de ser claros, precisos, concretos y por sobre todo, escuetos, breves; por demás está mencionar, que se nos exige (todos lo exigimos), los máximos niveles de verdad.
Por otro lado, expertos locales e internacionales, gurús en administración de empresas, recursos humanos y marketing, se esmeran en cambiar el lenguaje empresarial de lo negativo, hacia lo propositivo y, con ello, realizan una migración de conceptos de administración empresarial, al mundo coloquial de la comunicación diaria.
Y así nos llenamos de florituras en la conversación ordinaria. Ya no decimos “fracasé”; ahora decimos “postergué el éxito”. Ya no se habla de “problemas”, ahora son “oportunidades de mejora”. Existe un exacerbado recelo a ser concretos, a asumir una postura y defenderla con argumentos concretos y comprobables. Ahora todo “depende” del punto de vista, de los intereses en juego y de la habilidad para no comprometerse.
La comunicación es uno de los pilares básicos en los que se apoya cualquier tipo de relación humana y social; es provechosa en prácticamente todas las esferas de la actividad humana. Es importante para el bienestar personal, para las relaciones íntimas, nos ayuda a superar situaciones delicadas, resolver conflictos, expresar sentimientos, defender nuestros intereses, evitar malas interpretaciones.
Ha tanto a llegado el hecho de no poder comprender lo que otra persona nos dice, que utilizamos con mayor frecuencia otras vías de comunicación, como por ejemplo, la mirada, la expresión facial, el tono de voz.
Interpretar la realidad y comunicarla es parte de las claves para entender y vivir la complejidad de nuestros días. “Nosotros somos nuestras acciones, son nuestras acciones las que nos justifican, nosotros condenados a ser libres y que tenemos miedo de la libertad”, decía Sartre. El uso correcto del lenguaje, sin adornos innecesarios, con respeto y empatía por el otro, pero claro y preciso, siempre nos dará la oportunidad de ser libres y en esa libertad, ganar el respeto de aquellos que nos rodean.
Etiquetas: lenguaje, sociedad » Publicado: a las 11:41 am
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