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Antonio Leal

Ex presidente de la Cámara de Diputados, director del Magíster en Ciencia Política de la U. Mayor

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Etiquetas: , , » Publicado: 15/02/2012

EL IRREFRENABLE TEMOR A LA DEMOCRACIA CONFLICTUAL

De esta forma, la democracia, sea para el liberalismo democrático avanzado que para el socialismo renovado, es todavía un diseño incumplido en toda su plenitud y el paquete de valores que ella engloba no ha agotado ciertamente, sus grandes potencialidades.

Tal como lo señala el politólogo italiano Piero Barcellona, la democracia es un valor porque realiza el derecho mínimo de cada cual de poder decidir el sentido de la propia historia.  Por ello la democracia no solo es un sistema institucional, es una visión valórica y ética de las relaciones sociales y de poder y, en tanto tal, es esencialmente conflictual, es inseparable del conflicto, es el retorno continuo de las contradicciones y del carácter paradojal de la política moderna.

El conflicto que estructura la democracia contiene, inevitablemente, el valor de la convivencia, ya que ella, de por sí, consiste en la posibilidad de un orden infundado y, por ende, de un orden que se hace cargo de la pluralidad de las razones, de la posibilidad que una venza y otra pierda, sin por ello estar fuera de la ciudad.  La democracia se entrega, a sí misma, la decisión de dejar fuera del conflicto los puntos no negociables, aquellos que pertenecen a la sobrevivencia de las razones plurales.  Por eso mismo, la democracia es también un antídoto a las apariencias de la despolitización tecnológica que parece dominar la fase actual del sistema y el único obstáculo a la teología económica del suceso y del crecimiento ilimitado.

El conflicto, evoca el tema de la elección entre alternativas posibles,  entre opciones diversas y abre la “cuestión democrática” en su punto más alto.  El conflicto expresa la necesidad fundamental de dar valor a las cosas que no son definitivas, reproduce, en la coyuntura histórica, la estructura contradictoria de nuestras necesidades de individualidad, de generalidad y de comunicación.

El tema de la conflictualidad democrática es esencial, sobre todo, cuando asistimos a un redimensionamiento de los espacios de la gran política, producido por la mercantilización absoluta que invade todos los ámbitos de la vida e impone una lógica dominante.

La “sociedad reducida” es una sociedad empobrecida cultural y éticamente.  La ofensiva neoliberal consiste, naturalmente, es el tentativo de neutralizar los conflictos orientando el empuje emotivo de la  población hacia formas regresivas de identificación: el poder fuerte, la sociedad ausente, los enemigos de turno: drogados, pobres, incapaces, emigrantes, etc.

Contraria a esta tendencia, típica del neoliberalismo, es la perspectiva de Dahrendorf, que parte de la base que una sociedad que no desee precipitar en el descompromiso creciente hacia las reglas y las responsabilidades colectivas debe asegurar que todos tengan “una apuesta en el juego de la sociedad”, es decir, que los pobres, los marginados, los desocupados tengan algo que colocar en campo, en cambio de la aceptación de los vínculos sociales.

En esta perspectiva, es necesaria la elaboración de una política de entendimientos fundamentales comunes para todos los ciudadanos, de una ciudadanía común contra los privilegios y los superpoderes.

Dahrendorf se plantea, nada menos, que disolver el matrimonio que liga capitalismo y liberalismo.  Postula una distancia abismante entre el empuje liberal ligado a las definiciones de oportunidades nuevas para todos y la política neoconservadores de reducción de las exigencias sociales y de “proteccionismo”, verdaderamente, para los grupos más fuertes.  El construye una alternativa liberal – radical apoyada en las nuevas chances de vida, exalta la movilidad de los conflictos parciales frente a la omnipresencia que tuvo el conflicto de clases, y enfatiza el rol de las agregaciones provisorias en torno a problemas específicos de la población.

En una línea más ligada a la sociabilidad, Robert Dahl, señala que es  necesaria una auténtica refundación de la teoría política que reestructure las relaciones entre los medios técnicos de los procedimientos y los fines culturales de la democracia.

Dahl se propone superar la vieja oposición entre el liberalismo abstencionista y el socialismo que nacen cuando aún no se ampliaba la parte más relevante del itinerario de la ciudadanía.  El liberalismo cultiva el culto de la propiedad y lo coloca en el centro de toda la estructura de la política.  Locke, lo resume: “la sociedad política fue fundada sólo para conservar, a cada  privado, la propiedad de bienes, y para ningún otro fin”.  El socialismo, en cambio, coloca en cuestión la comunidad  política que tiene, justamente, como fundamento la real e indoblegable desigualdad de posesión y de derechos.  Su consigna fue “expropiar a los expropiadores”, como requisito de una igualdad entre los sujetos.

Dahl afirma que sólo la democracia es capaz de debilitar y colocar límites a la estructura de la constitución de la propiedad privada como valor superlativo.  Los derechos políticos comprenden todos los cuerpos de la  propiedad y ésta deja de ser un “derecho ético fundamental”.

El valor del análisis de Dahl reside en que focaliza el paso de un  régimen que presentaba al Estado como depositario de la “ratio”, a una estructura política “poliárquica” que supone la multiplicidad de los intereses y la realidad y permanencia del conflicto.  Es aquí donde se crea una simbiosis entre “pluralismo y pluralidad de los intereses”, que provoca la marginalización de las dimensiones individuales de la política y la emergencia de partidos y grupos de presión que organizan la solidaridad entre intereses homogéneos.

En esta fase, al puesto del sujeto  individual subentra, el organismo colectivo que controla las redes esenciales  que aseguran la relación de la sociedad con las instituciones.

Aquí se coloca el tema de las partidocracia o, lo que es lo mismo, el arrebato a la sociedad civil de espacios que le son propios y frente a lo cual la sociedad que emerge de la revolución digital de las comunicaciones manifiesta un creciente rechazo.  Los partidos políticos, que originalmente nacieron como instrumentos para accionar –como diría Dahl- “los criterios de igualdad del voto y de la participación efectiva”, han ocupado, en cambio, el espacio principal en torno al cual ha rotado todo el sistema político.

Aquí está el origen de una evidente separación entre los recursos formales que han sido predispuestos por el ordenamiento normativo y los poderes reales diseminados en la sociedad. Es, justamente, esta forma de la política la que hoy entra en crisis.

Dahl sostiene, que aún en la importancia extrema del sufragio universal: “el voto representa sólo un tipo de recurso político.  Desde el  momento que los recursos sociales son distributivos de manera desigual y dado que muchos de ellos, pueden convertirse en recursos políticos, los recursos políticos, diversos del voto, son distribuidos de un modo desigual”. En parte, el discurso de Dahl subvalora la centralidad que ha adquirido la voluntad del sujeto-ciudadano, del consenso y se mueve dentro del “dilema”, entre forma y contenido, sin poder construir una diagnosis alternativa.  Sin embargo, su propuesta es valiosa y es la de intensificar las políticas capaces de asegurar una más completa realización de los ideales democráticos.De esta forma, la democracia, sea para el liberalismo democrático avanzado que para el socialismo renovado, es todavía un diseño incumplido en toda su plenitud y el paquete de valores que ella  engloba no ha agotado ciertamente, sus grandes potencialidades.

Conflictualidad e incumplibilidad como condición para que la democracia no tenga  ninguna zona intransitable, ninguna “reserva” protegida, a las cuales esté prohibido el acceso de sus reglas y la hegemonía de sus valores éticos y políticos.

La conflictualidad es inherente a la democracia, especialmente a aquella que se organiza desde la propia sociedad civil, y hay que superar el temor conservador a todo “lo que se mueva”, el deseo irrefrenable de los neoliberales del modelo de sociedades paralizadas políticamente por el temor o el consumismo, el peligro de que se transformen en enemigos, en “terrorista” a todo aquel que disienta de manera radical o adopte formas de vida distintas a las de las consagradas. La democracia debe ser capaz de escuchar el conflicto y de darle salidas que acentúen los espacios de libertades, derechos e igualdades. Este es parte del desafío que el progresismo debe asumir frente a la nueva estación de ciudadanía que vive Chile y el mundo.

Etiquetas: , , » Publicado: a las 5:31 pm

COMENTARIOS »
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  • Luis Hernan Myrik Rodriguez

    parece que el columnista desea que sus correligionarios lo llamen “intelectual”por esta interesante copia

  • Rms412

    Creo que hay formas mas sencillas para decir lo mismo que este artículo. Pero eso requiere de capacidad e intención, algo que personalmente no veo.

  • Carlos F Garcia Bustos

    NUEVAS IDEAS… podrían ser éstas, pero se observan efectos colaterales que llevan a lo mismo de siempre. O sea remozar al establecimiento.
    La democracia inventada por los atenienses, es decir la original tuvo la ventaja de ser directa por una población reducida donde se pudo participar con obligaciones y derechos sin representaciones de representaciones y así (Atenas estuvo muy por debajo del medio millón de habitantes).
    A partir de la revolución norteamericana y francesa se pasa a la obligación funcional de la representación indirecta (lo señaló Tom Paine en su oportunidad), no era posible juntar a todos los ciudadanos en un foro.
    Con la explosión demográfica en el siglo pasado y cuando se pensaba que el socialismo multitudinario podía fructificar como alternativa casi no pudo con el cacareado “pluralismo y pluralidad de intereses” de Dahl y varios actuales (un caballo de troya que atomiza la lucha social de los más que buscan igualdad… Por lo tanto la ventaja la lleva el poder apoderado por las buenas o las malas de unos pocos de esta pérfida denominada democracia).
    Estas ideas tan “nuevas” de Dahrendorf y Dahl que trae el articulista son tan recientes como las de Of Mandino y bastante distractoras según como se las empleen. Tienden a eclipsar las sólidas ideas socialistas que no han perdido su rigor científico… (algunas personas tienden a clasificarlas erróneamente como “viejas” cuando son defendidas por los jóvenes estudiantes, pero la Historia dice que parten desde 1848 con el Manifiesto Comunista).
    La burguesía denigra de los partidos a causa de sus fracasos en constituirlos ideológicamente con fundamentos y señala despectivamente que los problemas actuales se deben a la partidocracia que hoy ya no les conviene por cuanto su superviviencia le podría traer sorpresas. Por eso prefieren pequeñas revueltas populares que no conducen a cambios notables.
    En conclusión al bien instruído articulista le faltó mostrar su orientación: ya sea la propia o la que recomienda aprender a sus lectores. Lo neutral es siempre falso y podría señalarse que pretende contrabandear una posición política, pero tampoco ha planteado esto como polémica.

  • Pedro, El Retiro-Quilpué

    También creo que hay formas más claras y directas de plantearse sobre el tema, pero me parece una discusión muy necesaria como sociedad, sobre como resolver los conflictos de manera pacífica y poder superar estas formas tan viciadas de relacionarnos como sociedad civil frente al estado y las estructuras de poder. Para mi la respuesta de esas capacidades o recursos están presentes en las comunidades, en los barrios y en las nuevas formas para articular las demandas o conflictos surgidos ahí, en el territorio, tal vez de esas experiencias tan despreciadas en el manifiesto, los socialismos utópicos, pero que hoy pueden notarse con mayor visiblidad en los nodos de trueque o en las ecoaldeas.
    Concuerdo con Carlos que esto no puede ser neutro, que requieren de una estructura organizativa distinta, más circular, que es acotada, pero que sin duda pueden ir escalando como lógica de relaciones hacia lo más alto de la sociedad, no obstante son decidiamente (tal vez sin pretenderlo) un verdadero intento de sobreranía popular desde la base de la sociedad: las relaciones entre iguales en el territorio

    • Juna

      En francés de diría “Langue de bois” hablar o escribir para no decir nada…bla, bla, bla…y pensar que lo conocí como dirigente de la FEC en la Universidad de Concepción, los de entonces ya no somos los mismos.

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