Etiquetas: educacion » Publicado: 03/02/2012
La educación auténtica surge de una obligación moral ineludible: la de entender que una persona educada es el deseo de nuestra sociedad de formar hombres y mujeres libres dispuestos a tomar su vida con autonomía y capaces de preocuparse por su entorno teniendo un juicio crítico frente a lo que los rodea. Una persona que se involucra y participa.
Chile debate activamente en el presente sobre la necesidad de introducir cambios al modelo de educación nacional. Y ello por la conciencia del rol esencial que cumple la educación respecto al desarrollo y la mejora auténtica de las condiciones de vida de todas las personas. Pero cada vez que hablamos sobre este asunto, solemos colocar más el acento en los medios que en los auténticos fines educacionales a los que debemos aspirar en el Chile que soñamos, corriendo con ello el riesgo de perder de vista hacia dónde queremos avanzar.
En efecto, se piensa en la desmunicipalización, o en cambios al abusivo sistema del crédito con aval del Estado, o en el aumento de la jornada escolar, o en mayores exigencias en la formación del profesorado y en todos los casos, se asume que vamos en el camino correcto. Cierto, pero cuidado.
Lo esencial que no debe olvidarse es que el fin de la educación es la liberación del ser humano. Es darle alas, abrirlo a las posibilidades de la creación. Es volverlo capaz de aportar cosas nuevas al mundo. Es sacar al hombre de su condición de espectador pasivo y transformarlo en un actor, especialmente ahora que el poder mediático nos llena la vida con farándula, realitys y otros espectáculos que nos distraen y atrapan, haciéndonos hablar de la vida de los personajes que cada uno sigue en la comodidad de su propia casa.
Ninguna de estas cosas garantiza por sí sola que tendremos una sociedad más imaginativa o una sociedad que piense por sí misma y que no se avergüence de tener ideas propias ni menos garantiza una población que haya aprendido a desarrollar un auténtico respeto por el otro y sus preferencias. De hecho, en esta materia la UNESCO ha planteado que el proceso educativo es distinto de la mera recepción de información y sólo puede asegurarse a través de la relación de instituciones sociales tan importantes y complementarias como la familia, la escuela, los medios de comunicación y la sociedad en su conjunto.
No debemos olvidar ni perder de vista entonces cuáles son los fines que se persiguen con la reforma de la educación chilena. Dichos fines no consisten en tener individuos ni más instruidos ni más productivos per se. Tampoco se trata de que todo el mundo sepa inglés para atender mejor al turista o que cada chileno sea un experto en el manejo de las nuevas tecnologías, o bien que mágicamente la educación permita que se eleven los salarios. Lo esencial que no debe olvidarse es que el fin de la educación es la liberación del ser humano. Es darle alas, abrirlo a las posibilidades de la creación. Es volverlo capaz de aportar cosas nuevas al mundo. Es sacar al hombre de su condición de espectador pasivo y transformarlo en un actor, especialmente ahora que el poder mediático nos llena la vida con farándula, realitys y otros espectáculos que nos distraen y atrapan, haciéndonos hablar de la vida de los personajes que cada uno sigue en la comodidad de su propia casa.
La educación auténtica surge de una obligación moral ineludible: la de entender que una persona educada es el deseo de nuestra sociedad de formar hombres y mujeres libres dispuestos a tomar su vida con autonomía y capaces de preocuparse por su entorno teniendo un juicio crítico frente a lo que los rodea. Una persona que se involucra y participa. Que disiente y desconfía.
Así se construye una sociedad verdaderamente desarrollada. Por cierto, si eso nos vuelve también más instruidos y productivos, o más desenvueltos con los turistas y progresamos en el uso de nuevas tecnologías y por último los sueldos mejoran, todo ello vendrá por añadidura.
Etiquetas: educacion » Publicado: a las 4:17 pm
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