Etiquetas: cárcel » Publicado: 01/02/2012
El ministro de Justicia expresó que no eran “blancas palomas”. Tiene toda razón. No son querubines en las calles de la ciudad. Son delincuentes que la mano blanda de un sistema judicial con falencias los deja libres antes de que den sus datos en la portería de Gendarmería.
Cada vez que sucede algún hecho lamentable protagonizado por reos en cárceles chilenas, con motines y resultado de muerte para integrantes de la población penal, veo a familiares y amigos de las victimas gritando y llorando a raudales, histéricos, acusando a personal de Gendarmería de cuantiosas torturas en contra de los internos. Los familiares en medio del escándalo santifican al reo con máximas aureolas de generosidad, buen vecino, trabajador, hijo ejemplar.
Nada dicen del currículum delictual que han escrito a punta de asaltos, cogoteos, robos con intimidación y otros delitos. La prensa da tribuna para que estos padres, amigos, familiares amenacen e insulten al personal que los custodia y que por el incendio, revuelta e intento de fuga, pasan para la opinión pública de delincuentes a ciudadanos víctimas del hacinamiento y de la “injusta sociedad”.
Observando imágenes del último motín, fue difícil controlar mi indignación, por el descaro de aquellos que ante la muerte de un delincuente, olvidan el peligro para la sociedad que fue la existencia de ese ser. No digo que hay que fusilarlos, pero es necesario que sientan el repudio de la sociedad ante sus actos delictivos.
El delincuente que ingrese a la cárcel debería tener clarísimo que cada vez que se encuentra internado en un recinto carcelario, éste debe ser pagado por él o sus familiares. Nada gratis. Soy católico, acepto y soy partidario de la pena de muerte. Debe aplicarse y no quedar en manos del Presidente de la Republica la facultad de impedir la muerte del delincuente por medio del indulto.
Hoy en chat telefónicos e internet se puede constatar la presencia de delincuentes llamando o contactándose desde la cárcel. Así como se comunican por estos medios, también los usan para seguir delinquiendo.
El ministro de Justicia expresó que no eran “blancas palomas”. Tiene toda razón. No son querubines en las calles de la ciudad. Son delincuentes que la mano blanda de un sistema judicial con falencias los deja libres antes de que den sus datos en la portería de Gendarmería.
Los ciudadanos estamos cansados de vivir rodeados de cámaras. No sirven. Policías que la mayor de las veces llegan tarde a los llamados de socorro de las víctimas. Y más encima saber que nuestros impuestos dan de comer a quienes buscan en la cárcel la residencia de ocio urdidor de nuevos asaltos y atracos en todo tiempo y lugar.
El delincuente que ingrese a la cárcel debería tener clarísimo que cada vez que se encuentra internado en un recinto carcelario, éste debe ser pagado por él o sus familiares. Nada gratis. Soy católico, acepto y soy partidario de la pena de muerte. Debe aplicarse y no quedar en manos del Presidente de la Republica la facultad de impedir la muerte del delincuente por medio del indulto.
Nuestra sociedad debe hacer oídos sordos a los gritos suplicantes de los familiares del monrero poblacional como del delincuente con grado que cumple condena por sus crímenes en contra de población civil. Estos también son delincuentes aun se llamen generales.
Los berrinches quemando colchones y los intentos de fuga, le significan al Estado millones de pesos por la reparación y reposición de lo perdido. Cada una de estas escenas aplaudidas desde el exterior debiera significar fuertes aumento de condenas y multas que alcancen también a familiares.
Hoy las cárceles son espacios de ocio, de más delincuencia. Contenedores donde se vive en su más amplia expresión la naturaleza caída.
Este ambiente repugnante poco a poco va –en no pocos casos- contagiando a jóvenes que sin una fuerte formación valórica buscan la carrera de Gendarmería, pero caen en las redes del dinero y secuela conquistadora de placer fácil.
No basta formar policialmente a los gendarmes, se requiere impregnarlos de ética, espiritualidad, sentido de familia. Un joven provinciano de paso exprés por la escuela de Gendarmería no está preparado sicológicamente para vivir en este submundo.
Corriendo el riesgo de que digan que gusto de la represión hacia los encarcelados, digo que cada uno debe hacerse responsable de sus actos. Nada debe ser perdonado. Así como no transo y firmemente sostengo que los crímenes de Contreras no deben permitirle ningún beneficio y afirmo que su caso daba para aplicarle la pena capital, por sus múltiples actos salvajes donde la muerte, era la salida mejor, ante la tortura y sufrimiento infligido a sus inocentes víctimas.
Los que hemos estado en manos de delincuentes y hemos sentido la ferocidad de sus agresiones, no podemos sino esperar que la justicia aplique leyes que le permitan ser duros con sentencias ejemplarizadoras.
Las palabras de Teodoro Ribera, fuertes y claras, son buena señal. Ante la muerte por motines o intento de fuga, no hay nada que consolar. Los delincuentes murieron en su ley. La familia aunque se retuerza en gritos y desgarros histéricos, debe asumir su responsabilidad en lo construido en ese ser. El infractor es lo que permitimos que fuera.
La democracia se fortalece cuando se ataca con fuerza. La delincuencia busca instalar su reino de terror en esta loca geografía. Una buena forma de empezar es decir con todas sus letras que los muertos en las cárceles, murieron en su ley; son delincuentes y no blancas palomas.
Etiquetas: cárcel » Publicado: a las 4:04 pm
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